domingo, 2 de mayo de 2010

A propósito de una calzada en el desasosiego


-Miguel Márquez-


Calzadilla ha optado más bien
por enajenarse (en el sentido literal
del término): ser lo otro, ser en el otro,
ser esa otredad que llamamos ciudad

Antonio López Ortega

Juan Calzadilla es un caso difícil. Digo dificultad no por lo poco tratable, que lo es en mucho, sino por el trabajo que exige, por la laboriosa, paradójica y concisa interpelación que su lectura pone en marcha. Me gustaría, por ejemplo, escribir lo que sobre su poesía digo con una sucesión cercenada de puntos, de caídas repentinas en las frases, de ruegos y ruidos entrecortados. El puñal, en su escritura, no es un invitado metafórico más. Agarra cancha, se acomoda en el diván luminoso del margen, en la extravagancia sugestiva de los difuntos, de los infinitos ecos del subsuelo, en esa incómoda franja de la inteligencia que pule y hiere, que no le deja a la tranquilidad un noble recuerdo entre los álamos, entre los poemas. Quiero decir: su poesía me cuesta y me seduce. Costo por lo que tiene de anti, de contra, de negativa, de batracio. Me vuelvo a explicar: no quiero para mí, para la manera en que me relaciono con los versos, lo que él entiende, ni lo que concentran sus palabras en la noche del espíritu. Pero sus palabras, con su argumentación incisiva, irónica, y lacerante, resultan, como los diálogos indispensables, compañeras resonantes en el descenso al infierno real, el de la conciencia. Una exaltada sacudida interior me descubre con sus libros en la mano como un ajuste de cuentas con aquello que no queremos ver pero que forma parte de nosotros, a manera de sombra inevitable, de sobra en el legado abundantoso que queremos regalar y ahora resulta penoso, de desperdicio insistente en la aureola, sí, la aureola todavía y pese a todo, de los poemas.
Digo, pienso, escribo: estos garabatos de un sobreviviente poco agradecido me dan rabia porque muerden en la creída consistencia de un mundo que parecía, al menos para nosotros, tan líricos y encantados y como encantadores, de piedra. Su poesía cala en la desintegración, jamás en la coordinación anatómica de la vida vivida como razón emblemática de la sabiduría, de la poderosa constitución de un cuerpo, de una manera asumida, integralmente, con lo alto y con lo bajo. En su poesía el relativismo es perverso, goza de la desposesión y, miríada de mariposas impedidas, de la ausencia y del concentrado énfasis. Su descreimiento es progresión de multitudes sin cordón umbilical, variopinta dispersión de morbosidades. Morboso, por lo que tiene de obstinado, de insistente latido, de arruinada fiesta. Hace reír y lamentar. No sabemos jamás dónde está. Una mirada que nos mira y se mira y se repite infatigable y angustiantemente, para quien lo lee, ante los espejos que lo imantan y donde se siente al parecer, su poesía, tan bien.
Añicos y pulsaciones, restos e intensidad, polvo pensante que se reparte en diminutas porosidades, en trozos, en pedazos, en pólipos. Cada vez, cada voz, cada palabra, hunde su miseria y su distancia como por arte refinado de la herida, como burla. Esta poesía, esta jauría, nacida desde la violencia, a la que encarna, a la que es devota, a la que cabal y psíquicamente expresa, sabe más y sabe menos de lo que se propone, pero está allí, con su extraviada precipitación de los vocablos, con la dislocada paciencia para desarmar el rompecabezas, para minuciosamente construir un festín residual, emborronado y preciso.
Es consistente el poeta; le encanta la interrogación que hace con su presencia una figura filosa, aguda, punzante. Y además, revólver en mano, sonríe. Arma su lanceolado laboratorio frente a los ojos enfebrecidos; ante la densa oscuridad, él, sus páginas, para oponerse a la atención memoriosa e ingenua, y acabar de un trancazo con la seguidilla de la inspirada confianza, de la retahíla bienhechora, a la que creíamos tan nuestra.
Escepticismo, pienso, distancia. No cree en nada, al parecer, pero sentencia desde la observación escatológica (de éskhatos, último, relativo a los muertos), desde una mirada estrábica, siempre con un ojo en el submundo, y hace del tiempo una metáfora muda y ensordecedora. Su contención abruma, carcome, pero es intenso su pliego, su despliegue de refractantes identidades que traman su razonado abismo.
Callo y leo, me demoro en los ángeles rasgados y regados por el piso de mis más queridas anunciaciones, en los ángeles rotos, de brutal cerámica, de bruto escalofrío. Creo que pocos, como él, han logrado a la ciudad como sujeto, como parlamento esquizofrénico. Al leerlo entramos en conciencia del sol ciego, del epitafio proyectado, de la impureza perfecta de las palabras y de la muchas veces complicada y tan poco atractiva condición de los poetas. Aquí la vanidad se ve, escudriñada y sacudida, por un ojo implacable. Aquí el grito, el disparo, la parábola; razones para boquear y no sentir orgullo, sino una propia, sustantiva confianza en la desesperación ascética, en la rebelión exacta.
Esta última y prolongada estación de Calzadilla sobre, en y desde, la ciudad infame, y vuelta deslegitimación radical del poema, crueldad sin asidero, aforismo preciso, me parece uno de los homicidios o suicidios -no lo sé- más significativos de la poesía actual venezolana. Una poesía que invalida lo que a su paso encuentra como entendido y resabido corazón, y crea, desde la insomne sospecha y la duda como Ariadna rigurosa, una como anónima, plural y concentrada meditación que nos aguza con argumentos puntuales, con sarcasmos, con humor negrísimo. Sus poemas dan fe de la ausencia ontológica, y muestran, tripas de par en par del desasosiego, esa falta de sujeto y de crítica de la razón poética que en el jardín de nuestras letras, donde hay tanta rosa jactanciosa, poco, y aquí de manera magnífica, prolifera.
Esta actualidad de su registro ha sido recibida y celebrada, leída en países como Colombia y Argentina, donde goza de una audiencia de buenos lectores cada vez mayor, cuestión que nos lleva a especular que en los contextos donde la violencia y la dureza de la vida cotidiana son tan contundentes, sus palabras pudieran leerse a modo de una respuesta que dialoga de tú a tú con esas poderosas fuerzas. En todo caso, lo cierto es que esta edición de Notario al garete (Universidad de Carabobo, 2000) confirma la vigencia y la validez de una obra que trasciende el mapa geográfico de la pequeña Venecia, y consolida, asimismo, la lectura que hacemos en el país de uno de nuestros vates que insiste en no dejar liso y quieto el muro de cristal de las buenas maneras.


Extraído de la revista La tuna de oro
Valencia, mayo-junio de 2001/ Número 38/pág 21
Universidad de Carabobo

Juan Calzadilla




-Álvaro Marín-

Es la de Calzadilla una metafísica en sentido inverso, el oído puesto en la piedra que emite el ruido de la voz humana, y la de perro que también está en el mismo plano intranscendente del hombre : “ suele ser el asunto el que gira alrededor de tu almohada, como si tu fueras el objeto de tus cavilaciones, y no lo contrario”; es ésta la mirada original que tiene Calzadilla sobre la dimensión del hombre y su intervención ilusoria en la realidad: “todo pasa sin que te des cuenta ¡ y todavía el coraje de creerte dueño del jardín”.

Buena parte de la más reciente poesía latinoamericana denota cierta vacilación al enfrentar sus temas, algunas poéticas aparecen atrapadas en los recursos que utilizan sin trascenderlos. La sutileza de Calzadilla está en verter los elementos sobre si mismos, de llevarlos a la permanente metamorfosis de la contradicción. En términos más rigurosos diríamos que por el recurso de afirmar negando, y por sus logos antiaxiomático, es su método una surreal patafísica. En todo caso Juan Calzadilla es uno de esos poetas que prefieren el riesgo en la escritura cuya expresión enriquece con su temperamento crítico, pues Calzadilla es crítico hasta la blasfemia; bien sabe que la blasfemia es la más sincera autocrítica de la especie humana.

Los rasgos de su poesía, sus agudas pinceladas están trazados por una sensibilidad crítica y reflexiva y no podríamos hacer con ella la consabida osteología académica, pues su poética es honrosamente soslayada.

El segundo colmillo de su blasfemia es su pesimismo que asume de una manera altiva y activa: el humor rasgo del que ha hecho uso para exorcizar sus repulsas a una realidad adversaria.

Calzadilla da cuenta del éxodo del hombre en las ciudades: un éxodo hacia ninguna parte, pues las ciudades no son otra cosa que el museo universal de la vida humana, nada habla con mayor acierto de la complejidad de la vida que la indiferencia del hombre ante ella, y el poeta venezolano ha escrito su poesía como un agudo epitafio sobre l túmulo de esta banalidad.

La tercera agudeza de su tridente blasfematorio es la de ironizar el trascendentalismo en poesía utilizando un lenguaje sin pretensiones y sin embargo se nos muestra trascendental, hondamente reflexiva.

Con una sencillez que repele todo acento retórico, Calzadilla nos lleva a los vacíos, a la oscura niebla del hombre, pues la poesía es ante todo una pregunta; la pregunta humana por el sentido de su propia existencia.

La poesía de Calzadilla exige un lector activo, entrando al poema como a una gran sala concurrida por viejos conocidos: el tiempo y su sombra.

Un poema de Calzadilla se lee una vez, pues al tratar de recomenzarlo ya es otro; es una escritura cinética, que refleja los visos de una realidad nómada en el tiempo, como las palabras, siempre cambiando de hora y lugar, aún más, de personajes, pues tampoco el lector es el mismo al recomenzar la lectura.

Para Juan Calzadilla el tiempo no es una memoria, “es una pared donde el ciego escribe sin comprender”. No se escribe sobre la hoja en blanco, se escribe sobre la esquiva y huidiza niebla del tiempo; todo lo que hace el escritor es trazar los rasgos de su autorretrato en la niebla, deseando que esta niebla tome una consistencia pétrea en la carne de limo del poema, en donde están grabadas las huellas que dejan las esquirlas del tiempo en la resquebrajada noche del hombre. Resuena en esta noche la voz de Calzadilla desde el fondo de sus grietas de esa piedra mítica que es la poesía; su voz nos suena extraña puesto que busca el silencio y a ella respondemos con el balbuceo y el asombro extrañado, con los aplausos y aullidos, con el mal oído de esta fiera amotinada que somos su auditorio.



Extraído de la revista Actual (Mérida) (31) : 272-274
Abril – Septiembre 95

La poética de la fragmentación del ser en la obra de Juan Calzadilla

-Carmen Virginia Carrillo-
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Juan Calzadilla: un artista integral



-Franklin Fernández-


Soy un artista integral, y hacia allá apunta el artista del futuro quien no va a realizar una distinción entre los lenguajes y que va a moverse entre cualquier campo de la creación.Juan Calzadilla

La trayectoria artistica y poética de Juan Calzadilla (1931), es amplia y de una reconocida trayectoria. El aún tardío Premio Nacional de Literatura en su nombre, no ha influido en uno de los pensamientos más lúcidos de la literatura venezolana de vanguardia; que en las últimas décadas a desarrollado una obra crítica plástico-literaria, que le ha valido por su parte el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1996 y, de un destacado reconocimiento internacional como poeta. Investigador, critico de arte, y sobre todo, poeta hasta la terquedad, Juan Calzadilla a conjugado instintivamente su oficio de escritor con la del artista plástico, siguiendo los pasos provenientes de las vanguardias latinoamericanas y europeas. Una designación nada envidiable como “artista integral”; como el mismo se define, o poeta visual, como tradicionalmente se le conoce, Juan Calzadilla es, sin más ni más, un artista completo: un poeta plástico.

A sus 72 años, Juan Calzadilla opaca por completo el verdadero perfil del hombre urbano contemporáneo. Su presencia iluminada, es casi mística. Timidez y humildad resaltan en él como burbujas recién nacidas del alma. Transparente como la lluvia, delgado como el mimbre, de una alargada y sencilla contextura color sepia como el pasto. Cabellos, cejas y bigotes blanquecinos y grises como el casabe. Silencioso y profundo como una cueva. De voz rústica y hermética, pero sensiblemente armónica como un soneto. De mirada infantil; Juan es como un niño que parece un anciano y, a la vez, un anciano que parece un niño. La imagen juvenil de un artista que no parece un artista, un poeta que no parece un poeta, un hombre que no parece un hombre. Como toda perfección surrealista, Juan sencillamente no existe. Es una voz totalmente pura, sensible, invisible: “Soy invisible. Lo que ustedes están viendo es mi voz”.

Sin embargo, las palabras de Arturo Gutiérrez Plaza, nos sirven hoy para conocer y comprender al hombre que se parece, en cierto modo, a un invento de Warhol, un autorretrato de Rembrant, o una imagen simbólica de Dalí: “Juan, poeta citadino y posmoderno, habitante de un tiempo donde algunos han expedido ya el certificado de defunción de la literatura, no se cansa de permanecer al margen. Sabemos que frecuenta talleres literarios desde hace mucho, donde se reúne con otros jóvenes para exhumar cadáveres exquisitos y ejercitar la libertad como único requisito genuino del poema. Tiene el vicio de publicar, sin atender el prestigio del sello editorial, ni el posible destino de sus libros. Tenemos noticias, también, de que en otras latitudes se le reconoce y estima más que en su propio vecindario... De generosidad extrema y abusiva sencillez Calzadilla ha impregnado su vida. Como pocos, que es decir mucho, quizás ciertamente como ninguno de su generación ha mantenido diálogo permanente con el tiempo presente y la voz del porvenir. De allí que su paso por cenáculos acartonados y academias sea, cuando ha sido, virtual accidente. Este ex-ballenero, más bien Jonás impenitente, nos recuerda a cada instante que la vida es lo que cuenta sin trazos ni metas, sin programas ni apuros...”

El dibujo como escritura poética, ha sido una de las constantes en la obra plástica de Juan Calzadilla. No en vano, podríamos hablar también, de una escritura que busca su transmutación en el dibujo, optando por el grafismo. El sentido ético y poético de la obra Calzadillana, es un diálogo permanente que se da a través de la naturaleza humana y sensible del hombre. Una experiencia alejada de los poderes propios de la razón.

De gran versatilidad creativa, Calzadilla ha desarrollado una dibujística experimental (o una poesía experimental), que constituye el núcleo de su creación más reciente. Con gran transparencia y coherencia, con un sentido enteramente lúdico, humorístico, sarcástico e irónico, se funde su obra con la crítica social, fiel a la tradición dadaísta y surreal.

Sus dibujos crean visualmente gestos verbales. “Formas escritas a mano”, son textos sin palabras. Libros sin portadas ni contraportadas. Poemas sin contenido. Estos dibujos pasan a ser asociaciones de trazos, líneas, sombras, cuerpos compactos en miniatura. A la vez, estos trazos, sombras y líneas, se transfiguran en signos que van más allá de la escritura, de las letras, de las palabras, de la grafía: formas humanas y signos caligráficos que armonizan, conviven entre sí. Son cuerpos figurativos, vagos personajes, imágenes minimalistas que conforman una comunidad de seres imperceptibles. Una comunidad que busca su organización en figuras y desfiguras que flotan en un ambiente sustentado por el verbo. Formas que crecen y disminuyen, se expanden y contraen, gestualizan el espacio corpóreo, y se transforman en una pulsión caligráfica que nos revelan la transformación de un dibujo, en algo que está más allá del dibujo. Elsa Flores ha dicho: “Varios de los dibujos de Juan Calzadilla se instalan en este mítico y común nacimiento del ser y la palabra”. Su poesía y su arte, han abierto las puertas para que una palabra pueda ser dos cosas al mismo tiempo. El mismo Juan dice al respecto: “Para algunos artistas plásticos, como en mi caso, la obra dibujística que realizan está estrechamente asociada a la escritura. De cierto modo se dibuja de manera muy parecida a cómo se escribe a mano. Al punto de que pienso en el dibujo como si se tratara de una escritura visual, compuesta por imágenes significantes y en la cual, plásticamente hablando, signo y sentido son lo mismo”. [1] ¿Quién puede discutir tal afirmación?. ¿Quién puede desvincular de la obra plástica de Juan Calzadilla, su soporte y sentido esencialmente poético? Sus dibujos están asociados a la escritura manual y a la caligrafía. Y sus poemas están vinculados al dibujo. Creo que nadie. Ni el mismo: “Dibujo porque me parece que reproduzco el arte de escribir”.

Para Juan Calzadilla, la poesía visual puede ser como la poesía escrita o la poesía de la palabra. En general, lo verbal y lo dibujístico convergen en un arte sincrético que da preferencia al carácter plástico, peculiaridad acertada de la grafía como arte, es decir, como imagen visual del lenguaje escrito.

El arte plástico-literario ya tiene sus antecedentes en la antigüedad, con Simias de Rodas y Teócrito de Siracusa hacia el 300 de nuestra era. En la actualidad, los antecedentes más cercanos provienen del letrismo y el concretismo brasileño y las propuestas provenientes de las vanguardias europeas. En Venezuela son muy pocos los artistas y poetas que han intentado tal consolidación: Dámaso Ogaz, Andrés Athilano, Ramón Ordaz y otros tantos, develan el juego existente entre imagen y palabra, experimentando continuamente con lo que podría resultar entre estas diferentes disciplinas.

Más de 20 libros conforman la obra poética de Calzadilla, entre la que destacan: Primeros poemas (1954), La torre de los pájaros (1955), Dictado por la jauría (1962), Oh Smog (1977), Diario para una poesía mínima (1986), Minimales (1993), Principios de urbanidad (1997), y los dos últimos, Corpolario y Diario sin sujeto.

De su actividad artística-poética y de su manera de enfrentar la realidad, habla con un tono razonablemente iluminado: “La gente siempre quiere verte en una actividad. Pareciera existir una predisposición contra el desarrollo del doble oficio y no entienden que la misma facultad que tienes para expresarte escribiendo, puedes tenerla para dibujar. El medio, se acostumbró a verme como crítico de arte y yo no he tenido la menor intención de pasar por ello”. [2] Además afirma: “Hay varias maneras de encarar las relaciones entre escritura y arte. Una es cuando el artista reflexiona, hace crítica o teoriza empleando el lenguaje literario. La otra resulta de cuando es el escritor el que incursiona en el lenguaje de los artistas plásticos (Como W. Bourroughs o Sábato). Hay un tercero que utiliza la escritura para expresarse físicamente con ella”. [3]

Calzadilla, artista total. Ensayista esencial. Poeta y artista hasta en la sopa. Hace juegos de palabras que es tanto como decir de ingenios: “Piensa en una poesía qué, aún estando escrita, no necesitara de palabras./ Y en la cual el sentido y no lo que se ha escrito sea lo que dé la cara por el poema”. Esta es su manera de entender las posibilidades de la aventura poética y artística. A veces, conocimiento por experiencia. Otras, experiencias por vivencias instantáneas: “Creo que la sensibilidad es una sola. El mismo impulso, o lo que llaman inspiración, que lleva a dibujar o a pintar automáticamente, cuando ese impulso se orienta a la producción de imágenes o ideas. Es mi caso y el de otros, como Jean Arp, que escribía y pintaba. En todo caso, no hago un problema de eso, ni una separación de lo plástico y lo literario. Intento integrarlo con la producción de pensamientos. Pienso que estoy bastante cerca de un pensamiento teórico en poesía y constantemente escribo reflexiones sobre el hecho poético, y es una reflexión metafórica que se dirige precisamente a fundir diversos lenguajes”. [4]

Sobre él y su obra ha escrito la traductora y poeta Ana María Del Re: “Como toda auténtica poesía, la de Calzadilla conduce hacia la búsqueda de lo esencial. Esencialidad del lenguaje, del sentido, de la creación misma, en la cual se evidencia una constante actitud reflexiva volcada sobre nuestro propio yo, nuestro estar en el mundo, nuestra identidad humana y expresiva. Es el lenguaje, en la palabra y aun en el dibujo como escritura poética donde se concentra una de las experiencias creadoras más importantes de Calzadilla. Así lo manifiesta reiteradamente en sus textos y en Corpolario precisa: “he tratado de que el poema conjugue en si mismo una forma visual, válida como manifestación de una simbiosis de signo y palabra, y no como expresión de un mero acercamiento, recíprocamente ilustrativo, de dos lenguajes”. En las líneas finales de un breve texto contenido en Diario sin sujeto, uno de sus libros mayores añade esa afirmación: “Hay que hacer del lenguaje algo mas transparente. /Que se pueda mirar a través de su opacidad/ como a través de un cuerpo”. La palabra se convierte en cuerpo y objeto del poema, en forma y contenido; a la vez, es el instrumento privilegiado por el poeta para lograr una exploración profunda donde tiempo y espacio, realidad y metáfora se integran en una totalidad de sentido que se busca a si mismo”. [5]

Por su parte, Fernando Báez ha dicho: “...de la poesía de Juan Calzadilla: encontramos una situación, en el sesgo de su duración original, en su contexto irónico, creada como una atmósfera cotidiana, que sufre condicionamiento de un matiz, acaso un atisbo simultáneo, y se torna, en el giro inesperado, francamente humorística”. [6]

Reflexionando incansablemente sobre lo cotidiano y lo tradicional, Juan Calzadilla sigue arremetiendo contra la ciudad sin remordimiento alguno. En honor a la verdad. En honor al arte y la poesía.

Juan, poeta social hasta en la cédula, convoca al libre pensamiento y, testimonia, una vez más, el interés de lo poético llevado con buen pulso a los límites de la creación. Allí va, llevando la palabra hacia otra posibilidad escenográfica. Todo un personaje.


Tomado de la siguiente dirección:

La torre de los pájaros



-José Ramón Medina-


Entre las infinitas posibilidades que la expresión alcanza en el campo de la poesía contemporánea, una de las que más atrae nuestro interés y sólida simpatía quizás sea aquélla por medio de la cual el verso, sin perder los valores de su verdad tradicional, de su esencia perdurable, penetra en el ámbito de una límpida tonalidad de misterio y sugestiones singulares en el que, sin transponer los cerrados límites totales del hermetismo o del puro juego simbólico, el poeta da rienda suelta a un amplio registro de voces ocultas que, cual un persistente río de plásticas imágenes vivenciales, se suceden fílmicamente, afirmándose una tras otra, en una especie de sugerente fábula expresiva que da valor de atmósfera total al canto.

Verso en función de magia, diríamos, donde la misma claridad de la palabra se percibe como una fresca enunciación de agua en rumor, libre de ataduras formales, sólo atenta a aquel interno impulso de historia generosa que fluye limpiamente lográndose en su propia distancia poética, como un cumplimiento natural de germen que progresivamente se desarrolla dando vueltas sobre sí mismo, hasta completar su propio, intransferible, ciclo lírico.

Son poemas los de esta clase donde, a la par que el necesario respaldo técnico -quizás más exigente en la vasta formulación que los distingue-, se justifica un poderoso juego de intuitivas vibraciones, recogidas en elástico acecho para redondo acierto del verso o de la imagen, y en el cual el plano onírico muchas veces -cantera profunda y fecunda- sustituye en perspectiva a la real y objetiva persistencia de los elementos del mundo, que, sin embargo - y sin paradoja alguna- sustentan el esfuerzo que tienta más allá de lo real mismo, con desprendida vivencia subjetiva.

Es aquí donde creo yo que se da más vivo, más palpitante, ese goce de la comunicación lírica que llega por otro conducto distinto al del simple entendimiento o comprensión al uso, y que sólo está reservada a ese ámbito de especialísimas sugerencias en que centra su eficacia verdadera el poema nuevo.

Todas estas consideraciones surgen espontáneas y dentro de su propia medida de análisis hacia afuera, al leer los poemas que Juan Calzadilla, reciente voz de la poesía venezolana, encierra en su hermoso cuaderno La torre de los pájaros, editado en los Cuadernos Cabriales del Ateneo de Valencia.

Juan Calzadilla se nos muestra dueño de un amplio registro temático, destacando fuertemente su acercamiento elemental a las fuerzas telúricas que, en mi sentir, dominan su lenguaje con extraordinaria vitalidad:

"¡Oh la tierra otra vez, a donde vuelve mi pequeño corazón bullicioso! Aquí, bajo la noche que palpita como un inmenso seno maternal, los campesinos en rueda triste, y las cosas rodeadas de un misterio triste en el sitio iluminado por la música..."

El verso, de abierto tono, de espntánea andadura, no requirido por otra limitación que la de la propia consigna que le imponen las exigencias del mismo canto sugiere - como apuntamos al comienzo- un discurso de progresiva sustentación en la sustancia de una historia que se inventa a sí misma, partiendo casi siempre, de un origen mágico intuitivo. ¡Sin embargo, cuánta sensación de cercanía humana, de ambivalencia de hombre-tierra, de afirmación esencial del "ser" de las cosas que rodean la experiencia del mundo y del tiempo!:

"Ahora las tierras sembrados de sombras espigadas, mi sangre va a regarlos tendiendo surcos de alma fluyente, ¡vida palpitante, sangre, savia de amor, desde este entusiasmo húmedo, sin límites"

El lenguaje es despierta vibración, a pesar de un cierto matiz de exigente castigo, que es previo al desarrollo temático. Pero el lenguaje, además, funciona como un valor antirretórico evidente, tal es su sustancioso impulso, su recia vitalidad oral, que alcanza, en determinados momentos de hermosa significación la altura de una meditada plegaria:

Al cielo alcé mis manos por atrapar el sueño que como una granada
de nervios maduró mi desvelo, y sólo palpé el silencio edificado.
¡El cielo no tenía más música que la de mi corazón escondido!
!Oh aire que estás llenando de amistad las cajas de caudales de los
pobres, ¿qué te cuesta ser humano, dime, sino el sacrificio del aliento
hacia una vida de dolor más largo vivos sobre el pecho del mendigo?

La torre de los pájaros- uno de los primeros conjuntos de poemas escritos por Calzadilla inéditos hasta ahora- asegura su disposición lírica con relieves verdaderamente fuera de lo común.



Tomado de la Revista Nacional de Cultura número 335
Marzo 2007

sábado, 1 de mayo de 2010

Prólogo



-Edmundo Aray-


Que vivir, que escribir, que defecar como cabeza opuesta al sueño, como cueva de occiso, ¡terrible empresa para el pánico! No entender que el tiempo es oro (el tiempo una enorme empresa), que la cantidad contiene, que la cantidad supera, que el muro prevalece ante su sombra, y la materia es extraña, un simple accesorio, y extraño es el hombre a lo que funge de categoría o permanece en cuanto es repuesto que se ajusta a la conciencia como el chasis de un caro. Aceptar las leyes, las escritas, las orales, las no orales ni escritas. Prolongar la vida respirando las cosas inertes. Y entender que el poeta o el guachimán, es lo mismo, ha sido convertido en ave de rapiña, arrojado de todas partes, arrojado del sueño, sentado como jonás en un barril de pólvora, reconociendo la producción de cadáveres exageradamente grandes. Hombre tendido para venta pública, con riguroso valor de cambio, hombre vaciado como un ojo bajo una impostura, pues el mercado lo exige así, mientras alrededor, a través de infinitas bocas, el mundo se despelleja, se desgasta, sellado increíblemente con toda suerte de obstáculos y maquinaria pesada. Espectador a quien el muro endurece para siempre, espectador en la selva urbana, espectador con su alegría cifrada por despojos de miseria, funcionario privado del sueño, ¡arma peligrosa!, a quien se le obliga a permanecer amarrado de una bala, envilecido sin ninguna razón, envilecido por nada: los volúmenes de historia, las cartas de derechos humanos, las carnicerías, las asambleas de accionistas, las reuniones de policías internacionales, el orden público, los perros de presa, los señores presidentes. Hombre suplantado, un muñón miserable ha tomado mi sitio, una ráfaga interminable de amnesia, un polodígito en el Debe, y las distancias son demasiado largas para la esperanza. Además, debo ejecutar a diario un número de magia para un público enfermo, un público formado exclusivamente de fieras. Hombre alienado, pregunto :¿Soy la presa o el verdugo? Debería escoger ahora mismo. Reconozco. Mas, definitivamente, no puedo elegir. Y si me denuncio en el salto, la cadena me suspende y me acerca más y más al poste, pues las cosas opinan de otro modo.

Pero Juan, el poeta, que no dice Jimmy Porter, hombre abatido, no dice simplemente ¡Aleluya! ¡Estoy vivo! Poeta que no tiene acuerdos, poeta que no pacta, que no busca lo humano por ser infructuoso, que acepta su condición de espectador, de mercancia o de número, asume también su violencia y aúlla:

mas valdría gacer algo, te digo
dispararlos, remover los escombros para buscar una salida
olvidar todo propósito inconcebible y constituir la felicidad
a cualquier precio y del modo más inmediato
con tablas de toda ley de todo naufragio, de toda ferocidad
para tener sobre qué morir el día venidero
y adaptar esa muerte a un fin necesario
hecho a su propia medida
reducir la dicha a términos humanos como mueble
que entra por casa de pobre
y crearla en nombre de todos
por todos los medios que estén a la vista, por los medios lícitos
e ilícitos por medio del bien y por medio del mal
utilizando todos los métodos,
los métodos pacíficos y los métodos bélicos
por los métodos más violentos incluyendo el suicidio

Aúlla para restablecer al desnudo la materia viviente, exige desde la ventana de su último piso el definitivo desbordamiento, las realidades activas, el definitivo oficio que barra todos los despojos, incluyendo la muerte.
Prólogo del libro Dictado por la jauría,
segunda edición de La Liebre Libre
Maracay, Venezuela, 1994
Páginas: 5-7

Reo de putrefacción. Viaje cenestésico



-Carlos Contramaestre-


Para leer Reo de putrefacción se necesita destruir esa falsa moral vestida con toga y brassieres. Pues se ofrece al lector una poesía que es como la digestión pesada de un rumiante -en plena erección- que nadie puede interrumpir y que en el fondo es casi un proyecto sanguinario. ¡Hasta cuándo la poesía es un modelo de continencia! ¡Hasta cuándo es una dama empolvada de virtud ambigua! No nos asustemos de que aparezca hinchada, cubierta de llagas, tumefacta. No nos asustemos de que los perros merodeen cerca de sus intestinos: ellos obtendrán la peor parte.

Si pretendemos ahondar, en ese ovillo purulento que es la poesía cenestésica de Juan Calzadilla, tendremos que empezar por equipar a nuestra vengativa Ballena con aparatos de alta precisión, que a su vez nos permitirá registrar sus más íntimas y variadas reacciones poético-víscero-vegetativas. Sin lugar a dudas, requerimos de aparatos de una sensibilidad superior a los utilizados por los cosmonautas, para la verificación de nuestro osado experimento. Si queremos asegurar, aún más, el éxito de nuestra investigación en el conocimiento profundo de Reo de putrefacción, será necesaria la aplicación de un método que estará dirigido a estimular en forma segmentaria, mediante un sadismo sistemático, las gónadas purificadas de la Ballena. De este modo estaremos excluyendo, deliberadamente, a los sentidos, y en general al conocido sistema de "vida de relación". Lo cenestésico no traduce aquí un sentido eufórico, deportivo de la existencia. Y mucho menos en Juan Calzadilla, atado en carne viva y salmuera a la siniestra y dramática aventura de la Ballena, quien rechaza a través de su poesía ese bienestar dulzón, esa cenestesia del burgués que alivia su conciencia cuando defeca.

Esta poesía es una invitación a viajar hacia dentro; es una invitación, sin regreso, a conocer a Jonás. Reclama para su mejor conocimiento que se arroje la costra cotidiana sensitiva, que el hombre enseñe sus tripas. Ella por sí sola pretende reducir a polvo cromosómico (naciente o muriente) a la oscuridad, en espera de la señal luminosa que será un grito como de órgano despedazado. Será entonces cuando se pondrá pie en un espacio mucoso que temblará como una bandera rebelde. Una claridad coloidal insólita bañará sus costas y los arponeros recorrerán sus bosques gelatinosos, sus paseos purulentos y la sangre del cetáseo. Reo de putrefacción, adornará su cielo.

Esto será el comienzo y diremos con T.W. Adorno: "la casa, tiene un tumor, de El techo florece una excrecencia carnosa". Y putrefacta.


Tomado de "El techo de la ballena - 1961 ANTOLOGÍA 1969-"
Octubre 2008
Páginas: 307-308