domingo, 2 de mayo de 2010

Juan Calzadilla: un artista integral



-Franklin Fernández-


Soy un artista integral, y hacia allá apunta el artista del futuro quien no va a realizar una distinción entre los lenguajes y que va a moverse entre cualquier campo de la creación.
Juan Calzadilla

La trayectoria artistica y poética de Juan Calzadilla (1931), es amplia y de una reconocida trayectoria. El aún tardío Premio Nacional de Literatura en su nombre, no ha influido en uno de los pensamientos más lúcidos de la literatura venezolana de vanguardia; que en las últimas décadas a desarrollado una obra crítica plástico-literaria, que le ha valido por su parte el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1996 y, de un destacado reconocimiento internacional como poeta. Investigador, critico de arte, y sobre todo, poeta hasta la terquedad, Juan Calzadilla a conjugado instintivamente su oficio de escritor con la del artista plástico, siguiendo los pasos provenientes de las vanguardias latinoamericanas y europeas. Una designación nada envidiable como “artista integral”; como el mismo se define, o poeta visual, como tradicionalmente se le conoce, Juan Calzadilla es, sin más ni más, un artista completo: un poeta plástico.
A sus 72 años, Juan Calzadilla opaca por completo el verdadero perfil del hombre urbano contemporáneo. Su presencia iluminada, es casi mística. Timidez y humildad resaltan en él como burbujas recién nacidas del alma. Transparente como la lluvia, delgado como el mimbre, de una alargada y sencilla contextura color sepia como el pasto. Cabellos, cejas y bigotes blanquecinos y grises como el casabe. Silencioso y profundo como una cueva. De voz rústica y hermética, pero sensiblemente armónica como un soneto. De mirada infantil; Juan es como un niño que parece un anciano y, a la vez, un anciano que parece un niño. La imagen juvenil de un artista que no parece un artista, un poeta que no parece un poeta, un hombre que no parece un hombre. Como toda perfección surrealista, Juan sencillamente no existe. Es una voz totalmente pura, sensible, invisible: “Soy invisible. Lo que ustedes están viendo es mi voz”.
Sin embargo, las palabras de Arturo Gutiérrez Plaza, nos sirven hoy para conocer y comprender al hombre que se parece, en cierto modo, a un invento de Warhol, un autorretrato de Rembrant, o una imagen simbólica de Dalí: “Juan, poeta citadino y posmoderno, habitante de un tiempo donde algunos han expedido ya el certificado de defunción de la literatura, no se cansa de permanecer al margen. Sabemos que frecuenta talleres literarios desde hace mucho, donde se reúne con otros jóvenes para exhumar cadáveres exquisitos y ejercitar la libertad como único requisito genuino del poema. Tiene el vicio de publicar, sin atender el prestigio del sello editorial, ni el posible destino de sus libros. Tenemos noticias, también, de que en otras latitudes se le reconoce y estima más que en su propio vecindario... De generosidad extrema y abusiva sencillez Calzadilla ha impregnado su vida. Como pocos, que es decir mucho, quizás ciertamente como ninguno de su generación ha mantenido diálogo permanente con el tiempo presente y la voz del porvenir. De allí que su paso por cenáculos acartonados y academias sea, cuando ha sido, virtual accidente. Este ex-ballenero, más bien Jonás impenitente, nos recuerda a cada instante que la vida es lo que cuenta sin trazos ni metas, sin programas ni apuros...”
El dibujo como escritura poética, ha sido una de las constantes en la obra plástica de Juan Calzadilla. No en vano, podríamos hablar también, de una escritura que busca su transmutación en el dibujo, optando por el grafismo. El sentido ético y poético de la obra Calzadillana, es un diálogo permanente que se da a través de la naturaleza humana y sensible del hombre. Una experiencia alejada de los poderes propios de la razón.
De gran versatilidad creativa, Calzadilla ha desarrollado una dibujística experimental (o una poesía experimental), que constituye el núcleo de su creación más reciente. Con gran transparencia y coherencia, con un sentido enteramente lúdico, humorístico, sarcástico e irónico, se funde su obra con la crítica social, fiel a la tradición dadaísta y surreal.
Sus dibujos crean visualmente gestos verbales. “Formas escritas a mano”, son textos sin palabras. Libros sin portadas ni contraportadas. Poemas sin contenido. Estos dibujos pasan a ser asociaciones de trazos, líneas, sombras, cuerpos compactos en miniatura. A la vez, estos trazos, sombras y líneas, se transfiguran en signos que van más allá de la escritura, de las letras, de las palabras, de la grafía: formas humanas y signos caligráficos que armonizan, conviven entre sí. Son cuerpos figurativos, vagos personajes, imágenes minimalistas que conforman una comunidad de seres imperceptibles. Una comunidad que busca su organización en figuras y desfiguras que flotan en un ambiente sustentado por el verbo. Formas que crecen y disminuyen, se expanden y contraen, gestualizan el espacio corpóreo, y se transforman en una pulsión caligráfica que nos revelan la transformación de un dibujo, en algo que está más allá del dibujo. Elsa Flores ha dicho: “Varios de los dibujos de Juan Calzadilla se instalan en este mítico y común nacimiento del ser y la palabra”. Su poesía y su arte, han abierto las puertas para que una palabra pueda ser dos cosas al mismo tiempo. El mismo Juan dice al respecto: “Para algunos artistas plásticos, como en mi caso, la obra dibujística que realizan está estrechamente asociada a la escritura. De cierto modo se dibuja de manera muy parecida a cómo se escribe a mano. Al punto de que pienso en el dibujo como si se tratara de una escritura visual, compuesta por imágenes significantes y en la cual, plásticamente hablando, signo y sentido son lo mismo”. [1] ¿Quién puede discutir tal afirmación?. ¿Quién puede desvincular de la obra plástica de Juan Calzadilla, su soporte y sentido esencialmente poético? Sus dibujos están asociados a la escritura manual y a la caligrafía. Y sus poemas están vinculados al dibujo. Creo que nadie. Ni el mismo: “Dibujo porque me parece que reproduzco el arte de escribir”.
Para Juan Calzadilla, la poesía visual puede ser como la poesía escrita o la poesía de la palabra. En general, lo verbal y lo dibujístico convergen en un arte sincrético que da preferencia al carácter plástico, peculiaridad acertada de la grafía como arte, es decir, como imagen visual del lenguaje escrito.
El arte plástico-literario ya tiene sus antecedentes en la antigüedad, con Simias de Rodas y Teócrito de Siracusa hacia el 300 de nuestra era. En la actualidad, los antecedentes más cercanos provienen del letrismo y el concretismo brasileño y las propuestas provenientes de las vanguardias europeas. En Venezuela son muy pocos los artistas y poetas que han intentado tal consolidación: Dámaso Ogaz, Andrés Athilano, Ramón Ordaz y otros tantos, develan el juego existente entre imagen y palabra, experimentando continuamente con lo que podría resultar entre estas diferentes disciplinas.
Más de 20 libros conforman la obra poética de Calzadilla, entre la que destacan: Primeros poemas (1954), La torre de los pájaros (1955), Dictado por la jauría (1962), Oh Smog (1977), Diario para una poesía mínima (1986), Minimales (1993), Principios de urbanidad (1997), y los dos últimos, Corpolario y Diario sin sujeto.
De su actividad artística-poética y de su manera de enfrentar la realidad, habla con un tono razonablemente iluminado: “La gente siempre quiere verte en una actividad. Pareciera existir una predisposición contra el desarrollo del doble oficio y no entienden que la misma facultad que tienes para expresarte escribiendo, puedes tenerla para dibujar. El medio, se acostumbró a verme como crítico de arte y yo no he tenido la menor intención de pasar por ello”. [2] Además afirma: “Hay varias maneras de encarar las relaciones entre escritura y arte. Una es cuando el artista reflexiona, hace crítica o teoriza empleando el lenguaje literario. La otra resulta de cuando es el escritor el que incursiona en el lenguaje de los artistas plásticos (Como W. Bourroughs o Sábato). Hay un tercero que utiliza la escritura para expresarse físicamente con ella”. [3]
Calzadilla, artista total. Ensayista esencial. Poeta y artista hasta en la sopa. Hace juegos de palabras que es tanto como decir de ingenios: “Piensa en una poesía qué, aún estando escrita, no necesitara de palabras./ Y en la cual el sentido y no lo que se ha escrito sea lo que dé la cara por el poema”. Esta es su manera de entender las posibilidades de la aventura poética y artística. A veces, conocimiento por experiencia. Otras, experiencias por vivencias instantáneas: “Creo que la sensibilidad es una sola. El mismo impulso, o lo que llaman inspiración, que lleva a dibujar o a pintar automáticamente, cuando ese impulso se orienta a la producción de imágenes o ideas. Es mi caso y el de otros, como Jean Arp, que escribía y pintaba. En todo caso, no hago un problema de eso, ni una separación de lo plástico y lo literario. Intento integrarlo con la producción de pensamientos. Pienso que estoy bastante cerca de un pensamiento teórico en poesía y constantemente escribo reflexiones sobre el hecho poético, y es una reflexión metafórica que se dirige precisamente a fundir diversos lenguajes”. [4]
Sobre él y su obra ha escrito la traductora y poeta Ana María Del Re: “Como toda auténtica poesía, la de Calzadilla conduce hacia la búsqueda de lo esencial. Esencialidad del lenguaje, del sentido, de la creación misma, en la cual se evidencia una constante actitud reflexiva volcada sobre nuestro propio yo, nuestro estar en el mundo, nuestra identidad humana y expresiva. Es el lenguaje, en la palabra y aun en el dibujo como escritura poética donde se concentra una de las experiencias creadoras más importantes de Calzadilla. Así lo manifiesta reiteradamente en sus textos y en Corpolario precisa: “he tratado de que el poema conjugue en si mismo una forma visual, válida como manifestación de una simbiosis de signo y palabra, y no como expresión de un mero acercamiento, recíprocamente ilustrativo, de dos lenguajes”. En las líneas finales de un breve texto contenido en Diario sin sujeto, uno de sus libros mayores añade esa afirmación: “Hay que hacer del lenguaje algo mas transparente. /Que se pueda mirar a través de su opacidad/ como a través de un cuerpo”. La palabra se convierte en cuerpo y objeto del poema, en forma y contenido; a la vez, es el instrumento privilegiado por el poeta para lograr una exploración profunda donde tiempo y espacio, realidad y metáfora se integran en una totalidad de sentido que se busca a si mismo”. [5]
Por su parte, Fernando Báez ha dicho: “...de la poesía de Juan Calzadilla: encontramos una situación, en el sesgo de su duración original, en su contexto irónico, creada como una atmósfera cotidiana, que sufre condicionamiento de un matiz, acaso un atisbo simultáneo, y se torna, en el giro inesperado, francamente humorística”. [6]
Reflexionando incansablemente sobre lo cotidiano y lo tradicional, Juan Calzadilla sigue arremetiendo contra la ciudad sin remordimiento alguno. En honor a la verdad. En honor al arte y la poesía.
Juan, poeta social hasta en la cédula, convoca al libre pensamiento y, testimonia, una vez más, el interés de lo poético llevado con buen pulso a los límites de la creación. Allí va, llevando la palabra hacia otra posibilidad escenográfica. Todo un personaje.


Tomado de la siguiente dirección:

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