jueves, 27 de mayo de 2010

Vela de armas, para navegar en el viento

- Luis Alberto Crespo-

Nadie que haya leído la poesía de Juan Calzadilla (más de treinta títulos lo confirman, entre obras nuevas y antologías) observa el mundo de igual manera. Quiero decir que tras abrevar en ella, la realidad y la apariencia con que pretendemos aprehender nuestra idea de ser y de las cosas, nunca serán en adelante las mismas. Pareciera que el poeta más urbano del género entre nosotros quisiera desuadirnos de cierta creencia sobre la captación sensorial o mental que tenemos de nuestra visualización y transfiguración de nuestros vínculos con la tierra. Desde sus orígenes, dicha obra se ha orientado hacia esa determinación: convencernos de que somos unos ilusos en nuestro afán por atribuirle a las formas y a sus sombras, a lo visible y lo impalpable, a la vida misma y su traspatio metafísico, una propiedad personal que no nos merecemos y que, lo que es peor, usurpamos. He aquí, entonces, todo un ars poético, una praxis de la escritura obsesivamente orientada a comprobar tal confusión y semejante engaño. Para evidenciarlo, Calzadilla se vale de la ironía y del humor, sus dos armas más recurrentes. No hay libro suyo que lo distraiga de su propósito. Hoy, después de una existencia consagrada a su muy particular e inimitable labor, admiramos su coherencia.

Maestro de la poesía así entendida y así asumida, compórtase como un artesano de la palabra, a la que trabaja rehaciéndola siempre, retomando bocetos y acabados para recostruirlos de nuevos, sin por ello desbaratar la horma que los hace posibles.

Quienes solemos frecuentar su imaginario vivimos atentos a la aparición de una nueva producción suya porque sabemos que una sorpresiva confidencia nos ha de deparar su lectura, ora en prosa, ora en imágenes, o bien mediante la reflexión o mediante aforismos.

Así ocurre con su libro Vela de armas, publicado en el año 2005 y recientemente relanzado por la colección "Alfabeto del mundo" del sello El Árbol Editores, de la Dirección de Cultura del estado Táchira.

No más abrimos al azar sus páginas, la voz de Calzadilla nos amista con su ya conocida motivación escéptica. Un poema en prosa nos advierte una vez más que debemos desconfiar con lo que ocurre allá afuera o en nosotros. Mantengamos ojo avizor respecto a cierta lógica de la engañosa vividura moral. La escritura llámase"Paradojas". Escuchémosla:

Deberías haber salido antes de partir. Esto te hubiera evitado hacer el trayecto. Y te´habría permitido llegar sin moverte del sitio de partida, justo en el momento en que partías y sin pérdida de tiempo.
No diré pues que yo estaba en mi lugar porque a lo mejor era el lugar el que estaba en mí. Tampoco diré que yo estaba fuera de lugar porque a lo mejor era el lugar el que estaba fuera de mí.

Lector y seguidor de Michaux, asiduo frecuentador de la poesía moderna, de la que es figura descollante, Calzadilla ha sabido apartarse de las influencias logrando la originalidad de un lenguaje que consustancial con su comportamiendo existencial e intelectual.

Vela de armas acaso ilustre mejor que no pocos de los muchos títulos que conforman su obra poética ese lenguaje y esa ética que ha hecho tan propia y, como ya se ha dicho, tan irrepetible. Poesía del descreído, poesía del desconfiado, suerte de antilírica, a la que la lírica debe, paradójicamente, su savia nutricia y su materia, a la cual descarna y reordena con la punza y el escoplo de la desmitificación. De desacralizador lo acusarían los cultores de lo primoroso y el encantamiento. Es esa su autenticidad y es esa su ética. Yo diría que es un lírico por defecto, si por lírico entendemos la representación de lo real mediante su transformación en belleza pura, en orfebrería -en este caso- de la imagen como representación de la realidad real, o la que consideremos tal.

Versátil, o la misma y distinta, en todo caso siempre inventiva, la escritura poética de Calzadilla es por ello impostergable. Vela de armas confirma esa cualidad. A vuelta de página nos reserva un poema inesperado que se aparta de su habitual rumbo al espacio urbano y elige una dirección más bien telúrica, o con rasgos de rusticidad, aunque sin alejarse de la huella que constituye su norte franco. Dice así y es glosa de una frase prestada a Femando Pessoa.

Como hierba crecí y no me arrancaron y no era monte.
-¿Cómo confirmar la nada
si no es entregándosele?
Así he ardido en mi pais.
-¿Como lirio?
-No. Como monte.

La editorial tachirense, de la que es vigía y timón el poeta Ernesto Román, tuvo buen tino en ofrecernos esta nueva lectura de uno de los libros más emblemáticos de Juan Calzadilla. En él hallamos la síntesis de sus motivaciones y su estilo, sus apostasías poéticas. Nunca nos fue tan necesaria, nunca ha sido tan próxima a estos tiempos.


Tomado del libro "La lectura común" de Luis Alberto Crespo
Fundación Editorial El Perro y La Rana
Caracas 2010
Páginas: 173-176


sábado, 22 de mayo de 2010

JUAN CALZADILLA: papel y lienzo

-Daniela Saidman-

Como un lienzo en blanco su voz se hace trazo que va tomando forma y sonido en la medida en que el mundo estalla el papel en blanco. La palabra se vuelve un amasijo de color y de texturas, de tiempos y de fragmentos. Poesía que sabe del lienzo en blanco, de la mañana y de la sombra, de la vida en fin y de todas sus aristas, así es la poética de Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931).

Epigrama y otras irreverencias, publicado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, en 2009, es una antología que da cuenta de los sentipensares de este poeta venezolano de hondo y arraigado imaginario, en el que los ecos y los sueños se funden y se nutren de los días.

“Yo no tengo un delta entero para mí / ni tampoco torres de petróleo. / Sin embargo a eso lo llamaban mi país. / Tuve en cambio deseos de no tenerlos / y sólo esta voz”.
(Dónde explico por qué no llevo a mi país conmigo)

El país con sus bemoles, con sus derrumbes, con sus pequeños y diarios naufragios, y sus largas y profundas esperanzas, nace de la voz y la tinta de este poeta hombre, de este hombre comprometido con lo más humano que nos habita. Cada poema parece un pequeño cuadro, un dibujo trazado y tranzado de tinta china y de grietas, donde está la calle, el cielo, el eco, el grito y el suave pasar de las nubes y las alas. Calzadilla encontró en el papel la dimensión exacta del fuego y del agua, del asfalto y el recuerdo, donde la ciudad se hace y nos deshace en el humor gris de las contradicciones.

“Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras. / Entonces comienzo a descubrir las cosas, / veo esto y aquello con asombro de neófito / en una ventana. O quizás no veo ni descubro / nada nuevo y asombroso sino que nombro y nombro. / Fue por eso bueno traer conmigo a las palabras. / Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte / de mi mente para comprobar que todo lo que descubro se reduce a ellas”.
(Nombro, no descubro)

En Calzadilla la cotidianidad es verso y es poema, trazo e imagen. Sus palabras le dan forma a un todo que él hace posible, un lugar que es palabra y a la vez encuentro, un espacio, una tregua… una página donde mirar y mirarse, las dudas y los miedos.

“Desde la terraza del aeropuerto / veo a este avión enorme rodar hacia / la cabecera de la pista. Su lenta y pesada marcha / de gran insecto que con dificultad / arrastra sus gigantescas alas / y su trepidante tabaco que inclinado / sobre los testículos de sus dos ruedas traseras / semeja un miembro en erección / listo para abrir la herida del infinito”.
(Cabecera de pista)

Los versos de Calzadilla se construyen y se erigen como líneas, que en su silencio también dicen y en su disposición también callan e interrogan. Es poeta y es artista, por eso sus poemas tienen algo de imagen infinita. Él, poeta, mago de la palabra, es pintor de los nomeolvides y de las calles y de la historia, la de ahora, la que hay que pronunciar para que no se convierta en desmemoria.

“Si quieres ver, tienes / que quitarte los ojos de encima, / tapártelos e, incluso, / prescindir de ellos / como de un error / para que no estén siempre en el medio / entre tú y las cosas / viéndote mirar / sin otro efecto / que verte a ti mismo mirar. / Piensa que sin ellos / quizás puedas llegar a sentir / que lo que percibes es posible / (Y hasta posiblemente real) / Pero sobre todo Piensa”.
(Pintor)

En sus lecturas andamos pues, extraviados, divinamente humanos. Secretando garabatos y enarbolando dioses y adioses, como quien se va de viaje o llega para quedarse hasta la próxima despedida.

martes, 18 de mayo de 2010

Los poetas de "El Techo de la Ballena"

-Elena Vera-
[...]

Juan Calzadilla, miembro del grupo Sardio y fundador de El Techo de la Ballena, además de poeta es dibujante y crítico de arte. Inicia con su libro Dictado por la jauría (1962), una corriente poética que tenía como norma el desprecio por el lirismo cultista loado en nuestro país en la década anterior. Se impuso como temas: la realidad misma y la alienación del hombre. Su estilo es el monólogo interior en primera persona, lo cual le permitió expresar con mayor propiedad la dolorosa relación del hombre con la ciudad. La frase se constituye en apretada síntesis, la elección de las palabras es rigurosa al igual que la sintaxis:

"Las costumbres han hecho de mí
un ser abominable
impaciente, aguardo todo el día como un funcionario
privado del sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado
eternamente a su silla
el empresario ha cubierto el cielo con un paraguas ha hecho
del mundo
un lugar apto para el crimen..."

De: Dictado por la jauría

Calzadilla canta al hombre común alienado por las costumbres, al hombre solitario y perdido en la gran ciudad. En el plano de la realidad le tocó vivir la transformación de Caracas de amable ciudad en caótica urbe. Es el mismo tema que Adriano González León aborda en Asfalto-Infierno y Salvador Garmendia en sus primeras novelas: Los pequeños seres y Los habitantes.

Poesía de la mirada que pasa y repasa sobre los objetos y la gente. Poesía de la realidad vista con el ojo crítico del dibujante, es decir, historia cotidiana recogida para siempre desde Dictado por la jauría hasta Oh, smog (1977).

[...]

Fragmento extraído del libro "Flor y Canto 25 años de poesía venezolana (1958-1983)"
Autora: Elena Vera
Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia
Caracas/1985
Páginas: 63-64

martes, 11 de mayo de 2010

Escribir con espejos


-Miguel Ángel Hernández-

Para volver sobre una constante de su Ciudadano sin fin (1970), Juan Calzadilla escribe: "Tiemblo de pensar que tengo un doble cuya importancia excede a mi propia estimación" (p.73). La voz del poema se ve acechada por una alteración/alteridad, muchas veces difíciles de discriminar. En este caso particular, se trata de una característica fundamental que recorre toda la obra poética de Calzadilla y que muestra desde sus primeros poemarios, como lo evidencia esta antología. El tratamiento de la voz guía en el poema, además de ser tema, anécdota, es el resultado de una particular conciencia del lenguaje que viene dada por la escritura misma. Podría decirse que es la propia palabra la que tiende al desdoblamiento. Después de todo, el lenguaje no puede aspirar a más de ser metáfora, es decir, ausencia. El conflicto -necesario- surge precisamente cuando esta conciencia de ausencia, por lo mismo, hace presencia del lenguaje, yendo la palabra sobre sí misma. Así, además de signo, de elemento mediador, ésta pasa a ser sujeto, agente; entonces el habla apunta al poema. Luego, en este juego especular en que deviene el objeto literario, es inevitable que los personajes del poema estén en un constante proceso que culmina muchas veces en el desdoblamientos de éstos, cuando no en una alteración, en una metamorfosis.
En el poema "Contradicciones", por ejemplo, leemos: "Cuando tomo la pluma los labios no quieren callarse/ Cuando empiezo a hablar la mano no guarda silencio, / se altera y oscila en otra dirección/ [...] / Cuando camino una mitad del cuerpo avanza conmigo / La otra mitad espera, como muerta, fija en los postes / La sombra aproxima, el deseo aleja/ Mi propio frente me da la espalda/ Son contradicciones" (p.77). Cada verso va dando cuenta de un desdoblamiento del personaje del poema o, al menos, de varias voluntades residentes en aquel. Pero al mismo tiempo reproduce en su estructura las contradicciones que va describiendo: pluma/labios, hablar/silencio, avanzar/esperar, hasta dar con ese verso que desborda el sentido: "Mi propio frente me da la espalda". Así, pues, el texto está elaborado de manera que también él tenga mitades divergentes, mitades que van en sentidos contrarios, simétricos. Siendo así, el texto logra actuar, hace en su propio tejido la contradicción: la crea.
Pero esta escritura de espejos está determinada, en última instancia, por esa temática clave- señalada en más de una ocasión- de la ciudad terrible, que engulle, que moldea al ciudadano sin fin, sin razón de ser, que deambula en la poética de Calzadilla.

Tomado de la revista de poesía venezolana "El Salmón"
Número 6/septiembre-diciembre 2009
Caracas
Página 60

sábado, 8 de mayo de 2010

Notario al garete

-Carlos Etxeba-

NOTARIO AL GARETE es un libro de versos que se asemeja mucho a una pistola o a una metralleta. Los versos se utilizan para disparar, no precisamente balas, sino conceptos, que son más eficaces que las balas.

Al poeta no le interesa integrarse en el statu quo de la poesía académica. Lo que realmente le interesa es sacar a la luz del día todos los trapos sucios en los que se fundamenta, que son todos los conceptos teóricos de la misma, ya que en el fondo todo es convencional y lo mejor es que nos lo demuestra.

"La peor de las tentaciones en contra de la
poesía se cumple cuando es el poeta
mismo el que defecciona..."

Por eso en poesía es segregacionista de hipótesis, iconoclasta de teorías e independentista de apreciaciones en el sentido purista del lenguaje. Nos convence con su singular fuerza expresiva y al final de la lectura de sus poemas, uno acaba sugestionado.

"El problema no es crear una lámpara en el poema,
sino cómo, una vez creada, encenderla..."
"la rosa no es rosa hasta que la mirada la entinta.
Es color el que decide. No la palabra."

Ya conocemos su posición. La expresión en la poesía no tiene significado:

"El poeta es un estorbo, ya lo sé.
Lo mejor que llega a expresar de sí no da pie
para que se le considere un ciudadano de provecho..."

Recibe el eco de Platón y lo vuelve a lanzar con gran vehemencia por los senderos del mundo con su propia voz.

Platón dijo que al poeta había que escucharlo, pero que después había que expulsarlo de la ciudad. Parece que tenía el mismo criterio que Juan Calzadilla. ¿Tan peligrosa puede ser la poesía?

Sólo le consuela la existencia de las palabras, no la preceptiva que las enmaraña:

"...por eso fue bueno traer conmigo a las palabras,
fue útil tenerlas a mano, conmigo,
en alguna parte
de mi mente para combrobar
que todo lo que descubro se reduce a ellas."

Se diferencia de Shakespeare en que el dramaturgo las considera en Hamlet como algo negativo y sin sentido, como una falsa solución a los problemas de la vida ("palabras palabras, palabras"), mientras que Juan Calzadilla las considera como algo positivo, vivo y útil, último sustrato de la realidad.

"No sé si las palabras...viven en su fuero interno
a merced de lo que se espera de ellas,
prestas a confiarnos, cuando lo solicitemos
el poema..."

Propone nuevas ideas para pulir el lenguaje y la actitud vanidosa de los poetas ("El hombre tiene que lucirse", "Gema del sentido") y nos aconseja utilizar el escalpelo para mirar a través de su opacidad, como una norma de trato social.

En CONSEJOS A LOS JÓVENES POETAS no duda en oponer ácidamente los contrarios para resaltar más sus afirmaciones, alcanzando cotas elevadas de expresividad poética.

"Utiliza todo: la tapa de la alcantarilla,
la luna en el agua del retrete, mirándose a solas..."
"...dando manotazos tus desafueros, tus penas
y las coces de este graffiti que blasfema."

En la mayoría de los poemas del libro utiliza el verso libre, ajustándose a las normas de la cadencia y ritmo interno de los versos. En los poemas EL MORIBUNDO y TODO VOLVERÁ A SU SITIO, deja a un lado este estilo y se lanza a una versificación en prosa (mas no prosaica), despreciando toda diferenciación entre ambas formas.

En LAS DOS VENTANAS y en EL MANIQUÍ establece la imposibilidad de comunicación entre el poeta y el mundo que le rodea. La consecuencia lógica sería la falta de deducciones y de conclusiones en el lenguaje, al no poder llegar a ninguna decisión. Se sumerge en una especie de existencialismo poético que le impide contactar con la realidad en todo el libro, aunque esto sea, al parecer, un mero ejercicio estilístico, porque las conclusiones de incomunicación las establece firmemente y está completamente seguro de lo que dice.

Esta incomunicación alcanza su patetismo más agudo cuando exclama:

"...vivo solo, encerrado en mi cuerpo..."
"Ahora sólo trato de oírme a mí mismo
ayudado por una máscara
Y el perverso espejo de la memoria2

El lirismo de Juan Calzadilla es un lirismo artificialmente escéptico, se habla a sí mismo para que le oiga el lector y se establezca una comunicación con él. A pesar de la afirmación de una completa incomunicación, él sabe que el lector queda agradablemente comunicado y agradecido por el grado de exaltación de su expresión poética:

"Estoy jodido, cuando me cruzo de brazos
y paralizado en la horma de mis zapatos
vigilo, sin atreverme a cruzar la calle
para tomar caminos que me dispersen
o que, ay, no me conduzcan a nada..."


Tomado de la revista "Poesía" número 131
Departamento de Literatura
Universidad de Carabobo
Páginas: 96-98
Valencia, 2001

jueves, 6 de mayo de 2010

Prefacio



-Gabriel Giménez Emán-


Desde hace muchos años, la figura de Juan Calzadilla está firmemente arraigada al desenvolviminiento del arte y de la poesía en Venezuela. Siendo él la mente más perspicaz para observar a artistas nuestros de cualquier tiempo, y de divulgar sin cesar a artistas de todas las tendencias, estilos y épocas, es también un artista, un dibujante dotado de una cualidad distinta en el momento de ejercer la poesía: no lo hace como un lírico consagrado o como un elevado bardo, sino que asume roles distintos, como el de meditar, a través de versos punsantes, acerca de la condición humana, el de reflexionar sobre la paradoja del existir cotidiano en su dimensiín más cruda, en un contexto emimentemente urbano, donde el hombre (la mujer, la humanidad) se ve a diario enfrentado a sus paradojas, a la enorme contradicción que implica saberse vivo y trascendente, y al mismo tiempo nimio e insignificante.

Sus textos nos enfrentan sensiblemente a estos dilemas, a tales retos ontológicos y a dudas existenciales, merced a un juego donde la filosofía va de la mano del humor: así podemos abrirnos paso en un laberinto de frases y aseveraciones que no poseen intención alguna de funcionar como aforismos o apotegmas; más bien se deslizan entre los intersticios del lenguaje para fundar una escritura que se ha venido depurando en el tiempo de cosas superfluas, presente desde sus libros tempranos (atesoro en mi biblioteca sus primeros poemas de los años 50) como Dictado por la jauría, Las contradicciones sobrenaturales, de los años 60, hasta Manual de extraños y Oh smog en los 70, hasta Diario para una poesía mínima en los 80, y luego en los 90 Malos modales y Diario sin sujeto, para arribar eb este siglo al libro que el lector tiene en sus manos: Epigramas y otras irreverencias, el cual contiene una buena dosis de algunos de aquéllos, selección con la que el Ministerio del Poder Popular para la Cultura quiere homenajearle en este VI Festival Mundial de Poesía, muy acertadamente.

En todos estos libros se observa un cuestionamiento del "arte poética", de la función de la poesía y del papel del poeta no sólo como observador del mundo, sino como observador de sí mismo, sometido a la inspección de la otredad, del fantasma que la expía cada vez que ejecuta el acto de escribir, sentir o pensar. Su escritura ha devenido entonces eb una suerte de hermenéutica, de ejercicio del logos y ha ido concentrando sus medios expresivos para indicarnos momentos de una crispación ontológica considerable, o bien se apunta hacia los métodos del silogismo para llevar a cabo una crítica implacable de cuanto aborda, al poner en tela de juicio fenómenos, sucesos o circunstancias, pero tambipen conceptos, nociones y percepciones, sacándoles brillos de inteligencia en la medida en que más los contrasta. Pudiera decirse que Calzadilla juega con la idea que habita en cada palabra para componer un texto cerrado sobre sí mismo, el cual gira sobre su eje para luego dejar el campo abierto a una reflexión que parodia actitudes y comportamientos humanos, sometiéndolos a un intenso análisis semántico, como si deseara arrebatarle a los vocablos jirones de sentido que se hallan perdidos en el lenguaje, -muy distintos a las metáforas o símiles de la poesía tradicional- para llevar a cabo una apuesta en escena de pequeños dramas o tragedias mínimas. Algo de ello experimento al leer la poesía de Calzadilla, la cual viene describiendo una de las líneas de desarrollo más congruentes con un lenguaje y un mundo interior de que tengamos noticia en América Latina.

Conocí a Juan en los añoa 70 en Mérida, cuando enseñaba y animaba trifulcas experimentales y editoriales en los talleres literarios de la Universidad de los Andes, en una Escuela de Letras asediada por convencionalismos académicos y políticos. Desde entonces le consideré un maestro, un hombre lúcido y generoso, que siempre ha tenido un aspecto juvenil y una sonrisa contagiosa. Y además, con una cara de despistado que, justamente cuando parece estar mirando distraído hacia otro lado, o no escucha bien o se está haciendo el sordo, es precisamente cuando está extrayéndole a la realidad los signos poéticos más insospechados.

San Felipe, mayo 2009


Prefacio del libro "Epigramas y otras irreverencias"
de Juan Calzadilla
Casa Nacional de las Letras Andrés Bello
2009/ Caracas
Páginas: 7-11

miércoles, 5 de mayo de 2010

Calzadilla en Tres Instancias

-Rafael Arráiz Lucca-

I) Diario para una poesía mínima.

Juan Calzadilla publica su poemario número once. Desde el lenguaje desbordado de Dictado por la jauría pasando por el contenido Oh Smog, hasta este último, el autor ha sido fiel a sus temas. Diario para una poesía mínima no se aleja de la ciudad, el absurdo, la paradoja, el humor y la condición inútil de los ciudadanos. Por el contrario, uno de los valores del libro está en la muy cuidada escritura con que el poeta insiste sobre sus fantasmas. La brevedad se ha apoderado lentamente de la poesía de Calzadilla al punto que, hoy día, sería inusual un poema largo como cualquiera de sus primeros libros. Una suerte de destellos, rayados con nervio, crecieron en las páginas en blanco.

Los epigramas del libro presentan toda la inteligencia paradojal que el autor posee y un camino recorrido donde, sin gratuidad, el poeta ha ido desvistiéndose de metáforas, símbolos y giros líricos para llegar a una escritura descarnada que, aún llena de humor, es angustiante, desesperada. Además, este último trabajo contiene un buen número de textos donde Juan Calzadilla se esfuerza en delinear una poética:

"El trato con los demás
es como el ladrido del perro,
Hagas lo que hagas para
entenderlo, te es ajeno".

La inexistencia de la comunicación o la futilidad de intentarla es una de las claves de toda su poesía. Así como que todo anda por su lado, inevitablemente:

"Todo pasa sin que te enteres. Y tienes
todavía el coraje de creerte dueño del jardín"

La conceptualidad de los textos recientes le da cuerpo, coherencia a su poética (una poesía, construída cerebralmente, que apela siempre al ingenio). De allí la aridez que en ella, a veces, se respira, de allí el control de quien escribe sobre la palabra, y también, el tono y la forma de sonreída moraleja que se desprende de algunos de sus textos:

"y que, tras decidir el cambio,
uno comprende luego
que tampoco tiene sentido
ir a venir a una gran ciudad
si sabe que para dar ese paso
antes tendría que mudarse de sí mismo".

Diario para una poesía mínima resume las obsesiones centrales del trabajo de Calzadilla y no sería aventurado decir que en él se hallan algunos de sus mejores textos y el más equilibrado, por lo dosificado, de sus libros.

II) La turbamulta de estos años

Entre la escritura automática de la estética surrealista (Dictado por la jauría) y el aforismo escueto y contundente de sus más recientes libros (Diario para una poesía mínima y Agendario) median más de veinte años. La ciudad que maltrataba a Juan Calzadilla en aquellos míticos años sesenta es otra finalizando los ochenta. Si la realidad urbana de esos años iniciales fue asimilada por el poeta como una afrenta que sólo propiciaba el enfrentamiento rabioso, la urbe de hoy provoca el finísimo humor, la plácida ironía o simplemente, la sabiduría con que Calzadilla mira pasar la turbamulta de esos años. Ambos cambiaron (el autor y la ciudad), pero el trayecto no fue el mismo. La capital fue extendiéndose por los cerros aledaños como una metástasis y Juan fue, por el contrario, depurándose. Quien acuda a las páginas de sus primeros libros después de haber leído los últimos constatará, felizmente, como un autor es capaz de sustancializarse, reducirse al nudo de su discurso.

Con el título y el diseño del libro (textos y dibujos sobre unas hojas de agenda ejecutiva) el poeta subraya dos creencias: la poesía es asunto de todos los días (adiós a las torres de marfil, adiós a las iluminaciones esporádicas) y la poesía puede convivir con el dibujo sin estorbarse. De la primera, muy bien; de la segunda, surgen dudas. Cuando inicié la aventura de Agendario, intenté mirar los dibujos de cada página justo después de concluída la lectura del texto: no resultó, ni uno ni otro resonaban firmemente. Resolví leer todo el libro y luego mirar los dibujos. ¿Pueden convivir sin divorciarse los poemas y los dibujos? Muchos han sido los intentos y ninguno termina por convercerme totalmente. Hay un escenario que el poema crea en la imaginación que la elocuencia del dibujo interviene. Sin embargo, tanto los dibujos como los poemas, haciendo abstracción de que cohabitan en el papel, voven bien individualmente considerados.

La lectura de los textos de Calzadilla nos lleva hacia terrenos que el poeta ha abonado bien: el contrasentido de algunos propósitos ciudadanos, el absurdo de muchos intentos de diálogo y la facultad, muy mimada por el autor, de mirar detrás de las cortinas. La versión que crece en Agendario de los hechos del mundo es siempre una versión inusitada. Esta quizás sea, entre otras, la riqueza que entrega la lectura de este libro. Cualquier lector medianamente alerta celebra la lejanía del lugar común y la escritura correcta. ¿Quién no agradece que los textos se ciñan a un propósito? ¿Quién no agradece el hecho de publicar sólo cuando las piezas han sido suficientemente pulidas? De los muchachos que comenzaron a publicar a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta muchos dirigieron sus destinos hacia otros territorios, algunos han insistido no sin repetirse y pocos, muy pocos, siguen viajando con atención, dudando, renovándose. Entre estos viajeros se encuentra Juan Calzadilla.

III) La ciudad no importa

Cuando en las observaciones de dos conocedores de la poesía de Juan Calzadilla puede leerse: "es sin duda, uno de los poetas más representativos de la llamada generación del 58" (Antonio López Ortega) y "Ningún poeta venezolano ha sido más obstinadamente fiel a la Caracas de los últimos 30 años" (Julio Miranda) estamos, en pocas palabras, ante dos precisiones básicas.

Olvidamos de los tres poemarios publicados por el autor en la década de los cincuenta (Primeros poemas, La torre de los pájaros y Los herbarios rojos), no cabe la menor duda que ha sido la ciudad su escenario. Desde Dictado por la jauría (1962) hasta el reciente Agendario (1988), lo opinado por los críticos citados se confirma. Si algo se distingue en el tremendal de la poesía venezolana de los sesenta es su vocación por darle vida a las imágenes de la urbe o, también, en distinguir desde la ciudad el campo de la infancia, del pasado.

Así como Manuel Cabré hizo del Ávila el motivo de su pintura, Juan Calzadilla ha hecho de Caracas el centro de su poesía. Pero Cabré no logró agotar su objeto y Calzadilla tampoco lo logrará. No es posible hacerlo cuando la relación entre el autor y su objeto se torna obsesiva. Pasa a ser algo que trasciende al cerro o a la alcantarilla. Auque es probable encontrar algo parecido a la repetición en un lienzo del pintor o en un texto del poeta, lo que privilegia sus creaciones viene dado por las veces en que el ojo pudo detener una imagen que por su humor, su atmósfera y su tratamiento superó la simpleza propia del objeto.

La enfermedad más difundida entre quienes enfocan insistentemente un punto es la hipnosis, la fatuidad, la fórmula. Si la ciudad es sólo la ciudad y no el poeta (su vida, sus contradicciones, sus perplejidades) en intimidad con ella, es factible que viva un esteriotipo. Cuántos de nuestros creadores, luego de prolongadas indagaciones, llegan a una faceta que consideran definitiva y en ella permanecen acríticamente, devaluándose. No es fácil para un autor distinguir entre la creación de un estilo (continuidad, coherencia) y la mueca de la repetición.

La ciudad de Calzadilla, como el cerro de Cabré, no ha sido siempre la misma. El joven entusiasmado por el surrealismo que se expresaba adolorido y absurdo no es el mismo ciudadano vapuleado (como todos los ciudadanos) que observa irónico el cadáver de un perro en el hombrillo de una autopista. Como unos compañeros de celda que entre el suicidio y el asesinato optan por la convivencia, es el diálogo entre el poeta y su ciudad. En definitiva, es el diálogo de un hombre con las circunstancias de su tiempo. Es la observación del enamorado que luego de un largo viaje (decepciones, indiferencias, desplantes) llega hasta la falda deseada y descubre que no era ese el objeto, sino el trayecto. A Calzadilla la ciudad le importa un comino.

1987

Tomado de "El avión y la Nube"
(Observaciones sobre poesía venezolana)
Colección Medio Siglo de la Contraloría General de la República
Serie Letra Viva
Páginas: 59-62
s/f

martes, 4 de mayo de 2010

Dictado por la jauría

Poemas de Juan Calzadilla

-Alberto Hernández-
1.

Prohijado por los olores del dadaísmo y el surrealismo, el grupo cultural El techo de la ballena aglutinó todo el magma que el país había escondido en los basureros. Emergen, entonces, los reconocimientos al espíritu burgués nacional a través de las propuestas donde la plástica y la literatura subvirtieron el orden mal establecido: Homenaje a la cursilería (1961) y Homenaje a la necrofilia (1962).

En ese lugar, Caracas, donde la coexistencia pacífica dede interpretarse estríctamente como un acto mortuorio, Juan Calzadilla escribió, entre moles de concreto, Dictado por la jauría (1962), en edición de El techo de la ballena.

De esa posibilidad fulminante de escribir con violencia en respuesta a la violencia, queda muy poco. Libros, fragmentos de vida y anécdotas que conforman el historial de un movimiento artístico que tiene en este libro de Calzadilla uno de sus más resaltantes sobrevivientes.

2.

Entrampado, casi liquidado por el caos y los alaridos de la ciudad, Calzadilla se adentra en los animales que lo acosan, en esa pesadumbre hecha vidriera, reflejo de rostros carcomidos por el eco próximo de mingitorios y balas perdidas.

Dictado por la jauría vigoriza el testimonio de la decadencia, la misma rabia irónica que Allen Ginsberg propusiera en su Howl, en la raya visible de una década que entregó tantas víctimas y silencios.

Una bestia regurgita en medio de la calle. Las paredes renuevan las costras, estos muros de fiesta propicios para toda confesión/ estos muros que se enroscan mudando de corteza como una serpiente. Ciudad bestiario, lucubración de buitre.

Para mirarse, inventado por la urbe. El poeta que es Calzadilla toma carta de identidad, desde los buenos y malos modales de una selva de asfalto y arteria infladas por el ruido, el smog y la derrota. Se reconoce en la infancia y en la muerte. En los gusanos que vierten música fúnebre en los oídos de los desaprensivos, en la carne oscura de las avenidas, en las claraboyas por donde no puede reconocer el rostro de quienes lo tienen en la mira. Máscaras, ciudad córnea y salamandra furiosa.

3.

Calzadilla mira desde su hábito de monje urbano. Destaja sus músculos rellenos de métodos bélicos, porque para sobrevivir a la guerra de la palabra no es el manoseo o la esquila enviada pacientemente. Las costumbres han hecho de mí / un ser abominable, mientras la costra de la realidad lo convierte en su simple funcionario/ privado de sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado / eternamente a su silla.

Otro habita obligadamente la ropa raída de quien alcanzó el paisaje de la desnudez. Otro es el que dice, el que se niega muchas veces desde el crimen cometido. El poeta, el hombre que ha sido urbanizado por la vulgaridad y el humo de los vehículos, es una sonrisa de idiota. La jauría se lanza al abismo. La ciudad se traga la masa informe que grita y muerde. El paraíso ha sido corrado de las colinas. Los disparos y la sangre agreden las páginas en blanco. Para escribir, no son necesarios los buenos modales. Sin embargo, bastaría un trago para chillar aquí abajo/ ebrio de felicidad...

La guerra -ese perro macilento y huérfano- continúa allá afuera, mojada por la lluvia, lista para secar la pólvora en una plaza pública invadida de escorpiones. La jauría aún espera el dictado para que la voz deje la silla y derrame las vísceras.


Tomado del libro "Notas a la liebre" de Alberto Hernández
Editorial La Liebre Libre
Maracay, 1999
páginas: 75-76

domingo, 2 de mayo de 2010

A propósito de una calzada en el desasosiego


-Miguel Márquez-


Calzadilla ha optado más bien
por enajenarse (en el sentido literal
del término): ser lo otro, ser en el otro,
ser esa otredad que llamamos ciudad

Antonio López Ortega

Juan Calzadilla es un caso difícil. Digo dificultad no por lo poco tratable, que lo es en mucho, sino por el trabajo que exige, por la laboriosa, paradójica y concisa interpelación que su lectura pone en marcha. Me gustaría, por ejemplo, escribir lo que sobre su poesía digo con una sucesión cercenada de puntos, de caídas repentinas en las frases, de ruegos y ruidos entrecortados. El puñal, en su escritura, no es un invitado metafórico más. Agarra cancha, se acomoda en el diván luminoso del margen, en la extravagancia sugestiva de los difuntos, de los infinitos ecos del subsuelo, en esa incómoda franja de la inteligencia que pule y hiere, que no le deja a la tranquilidad un noble recuerdo entre los álamos, entre los poemas. Quiero decir: su poesía me cuesta y me seduce. Costo por lo que tiene de anti, de contra, de negativa, de batracio. Me vuelvo a explicar: no quiero para mí, para la manera en que me relaciono con los versos, lo que él entiende, ni lo que concentran sus palabras en la noche del espíritu. Pero sus palabras, con su argumentación incisiva, irónica, y lacerante, resultan, como los diálogos indispensables, compañeras resonantes en el descenso al infierno real, el de la conciencia. Una exaltada sacudida interior me descubre con sus libros en la mano como un ajuste de cuentas con aquello que no queremos ver pero que forma parte de nosotros, a manera de sombra inevitable, de sobra en el legado abundantoso que queremos regalar y ahora resulta penoso, de desperdicio insistente en la aureola, sí, la aureola todavía y pese a todo, de los poemas.
Digo, pienso, escribo: estos garabatos de un sobreviviente poco agradecido me dan rabia porque muerden en la creída consistencia de un mundo que parecía, al menos para nosotros, tan líricos y encantados y como encantadores, de piedra. Su poesía cala en la desintegración, jamás en la coordinación anatómica de la vida vivida como razón emblemática de la sabiduría, de la poderosa constitución de un cuerpo, de una manera asumida, integralmente, con lo alto y con lo bajo. En su poesía el relativismo es perverso, goza de la desposesión y, miríada de mariposas impedidas, de la ausencia y del concentrado énfasis. Su descreimiento es progresión de multitudes sin cordón umbilical, variopinta dispersión de morbosidades. Morboso, por lo que tiene de obstinado, de insistente latido, de arruinada fiesta. Hace reír y lamentar. No sabemos jamás dónde está. Una mirada que nos mira y se mira y se repite infatigable y angustiantemente, para quien lo lee, ante los espejos que lo imantan y donde se siente al parecer, su poesía, tan bien.
Añicos y pulsaciones, restos e intensidad, polvo pensante que se reparte en diminutas porosidades, en trozos, en pedazos, en pólipos. Cada vez, cada voz, cada palabra, hunde su miseria y su distancia como por arte refinado de la herida, como burla. Esta poesía, esta jauría, nacida desde la violencia, a la que encarna, a la que es devota, a la que cabal y psíquicamente expresa, sabe más y sabe menos de lo que se propone, pero está allí, con su extraviada precipitación de los vocablos, con la dislocada paciencia para desarmar el rompecabezas, para minuciosamente construir un festín residual, emborronado y preciso.
Es consistente el poeta; le encanta la interrogación que hace con su presencia una figura filosa, aguda, punzante. Y además, revólver en mano, sonríe. Arma su lanceolado laboratorio frente a los ojos enfebrecidos; ante la densa oscuridad, él, sus páginas, para oponerse a la atención memoriosa e ingenua, y acabar de un trancazo con la seguidilla de la inspirada confianza, de la retahíla bienhechora, a la que creíamos tan nuestra.
Escepticismo, pienso, distancia. No cree en nada, al parecer, pero sentencia desde la observación escatológica (de éskhatos, último, relativo a los muertos), desde una mirada estrábica, siempre con un ojo en el submundo, y hace del tiempo una metáfora muda y ensordecedora. Su contención abruma, carcome, pero es intenso su pliego, su despliegue de refractantes identidades que traman su razonado abismo.
Callo y leo, me demoro en los ángeles rasgados y regados por el piso de mis más queridas anunciaciones, en los ángeles rotos, de brutal cerámica, de bruto escalofrío. Creo que pocos, como él, han logrado a la ciudad como sujeto, como parlamento esquizofrénico. Al leerlo entramos en conciencia del sol ciego, del epitafio proyectado, de la impureza perfecta de las palabras y de la muchas veces complicada y tan poco atractiva condición de los poetas. Aquí la vanidad se ve, escudriñada y sacudida, por un ojo implacable. Aquí el grito, el disparo, la parábola; razones para boquear y no sentir orgullo, sino una propia, sustantiva confianza en la desesperación ascética, en la rebelión exacta.
Esta última y prolongada estación de Calzadilla sobre, en y desde, la ciudad infame, y vuelta deslegitimación radical del poema, crueldad sin asidero, aforismo preciso, me parece uno de los homicidios o suicidios -no lo sé- más significativos de la poesía actual venezolana. Una poesía que invalida lo que a su paso encuentra como entendido y resabido corazón, y crea, desde la insomne sospecha y la duda como Ariadna rigurosa, una como anónima, plural y concentrada meditación que nos aguza con argumentos puntuales, con sarcasmos, con humor negrísimo. Sus poemas dan fe de la ausencia ontológica, y muestran, tripas de par en par del desasosiego, esa falta de sujeto y de crítica de la razón poética que en el jardín de nuestras letras, donde hay tanta rosa jactanciosa, poco, y aquí de manera magnífica, prolifera.
Esta actualidad de su registro ha sido recibida y celebrada, leída en países como Colombia y Argentina, donde goza de una audiencia de buenos lectores cada vez mayor, cuestión que nos lleva a especular que en los contextos donde la violencia y la dureza de la vida cotidiana son tan contundentes, sus palabras pudieran leerse a modo de una respuesta que dialoga de tú a tú con esas poderosas fuerzas. En todo caso, lo cierto es que esta edición de Notario al garete (Universidad de Carabobo, 2000) confirma la vigencia y la validez de una obra que trasciende el mapa geográfico de la pequeña Venecia, y consolida, asimismo, la lectura que hacemos en el país de uno de nuestros vates que insiste en no dejar liso y quieto el muro de cristal de las buenas maneras.


Extraído de la revista La tuna de oro
Valencia, mayo-junio de 2001/ Número 38/pág 21
Universidad de Carabobo

Juan Calzadilla


-Álvaro Marín-

Es la de Calzadilla una metafísica en sentido inverso, el oído puesto en la piedra que emite el ruido de la voz humana, y la de perro que también está en el mismo plano intranscendente del hombre : “ suele ser el asunto el que gira alrededor de tu almohada, como si tu fueras el objeto de tus cavilaciones, y no lo contrario”; es ésta la mirada original que tiene Calzadilla sobre la dimensión del hombre y su intervención ilusoria en la realidad: “todo pasa sin que te des cuenta ¡ y todavía el coraje de creerte dueño del jardín”.

Buena parte de la más reciente poesía latinoamericana denota cierta vacilación al enfrentar sus temas, algunas poéticas aparecen atrapadas en los recursos que utilizan sin trascenderlos. La sutileza de Calzadilla está en verter los elementos sobre si mismos, de llevarlos a la permanente metamorfosis de la contradicción. En términos más rigurosos diríamos que por el recurso de afirmar negando, y por sus logos antiaxiomático, es su método una surreal patafísica. En todo caso Juan Calzadilla es uno de esos poetas que prefieren el riesgo en la escritura cuya expresión enriquece con su temperamento crítico, pues Calzadilla es crítico hasta la blasfemia; bien sabe que la blasfemia es la más sincera autocrítica de la especie humana.

Los rasgos de su poesía, sus agudas pinceladas están trazados por una sensibilidad crítica y reflexiva y no podríamos hacer con ella la consabida osteología académica, pues su poética es honrosamente soslayada.

El segundo colmillo de su blasfemia es su pesimismo que asume de una manera altiva y activa: el humor rasgo del que ha hecho uso para exorcizar sus repulsas a una realidad adversaria.

Calzadilla da cuenta del éxodo del hombre en las ciudades: un éxodo hacia ninguna parte, pues las ciudades no son otra cosa que el museo universal de la vida humana, nada habla con mayor acierto de la complejidad de la vida que la indiferencia del hombre ante ella, y el poeta venezolano ha escrito su poesía como un agudo epitafio sobre l túmulo de esta banalidad.

La tercera agudeza de su tridente blasfematorio es la de ironizar el trascendentalismo en poesía utilizando un lenguaje sin pretensiones y sin embargo se nos muestra trascendental, hondamente reflexiva.

Con una sencillez que repele todo acento retórico, Calzadilla nos lleva a los vacíos, a la oscura niebla del hombre, pues la poesía es ante todo una pregunta; la pregunta humana por el sentido de su propia existencia.

La poesía de Calzadilla exige un lector activo, entrando al poema como a una gran sala concurrida por viejos conocidos: el tiempo y su sombra.

Un poema de Calzadilla se lee una vez, pues al tratar de recomenzarlo ya es otro; es una escritura cinética, que refleja los visos de una realidad nómada en el tiempo, como las palabras, siempre cambiando de hora y lugar, aún más, de personajes, pues tampoco el lector es el mismo al recomenzar la lectura.

Para Juan Calzadilla el tiempo no es una memoria, “es una pared donde el ciego escribe sin comprender”. No se escribe sobre la hoja en blanco, se escribe sobre la esquiva y huidiza niebla del tiempo; todo lo que hace el escritor es trazar los rasgos de su autorretrato en la niebla, deseando que esta niebla tome una consistencia pétrea en la carne de limo del poema, en donde están grabadas las huellas que dejan las esquirlas del tiempo en la resquebrajada noche del hombre. Resuena en esta noche la voz de Calzadilla desde el fondo de sus grietas de esa piedra mítica que es la poesía; su voz nos suena extraña puesto que busca el silencio y a ella respondemos con el balbuceo y el asombro extrañado, con los aplausos y aullidos, con el mal oído de esta fiera amotinada que somos su auditorio.



Extraído de la revista Actual (Mérida) (31) : 272-274
Abril – Septiembre 95

La poética de la fragmentación del ser en la obra de Juan Calzadilla

-Carmen Virginia Carrillo-
Lea este trabajo en formato PDF:

Juan Calzadilla: un artista integral



-Franklin Fernández-


Soy un artista integral, y hacia allá apunta el artista del futuro quien no va a realizar una distinción entre los lenguajes y que va a moverse entre cualquier campo de la creación.
Juan Calzadilla

La trayectoria artistica y poética de Juan Calzadilla (1931), es amplia y de una reconocida trayectoria. El aún tardío Premio Nacional de Literatura en su nombre, no ha influido en uno de los pensamientos más lúcidos de la literatura venezolana de vanguardia; que en las últimas décadas a desarrollado una obra crítica plástico-literaria, que le ha valido por su parte el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1996 y, de un destacado reconocimiento internacional como poeta. Investigador, critico de arte, y sobre todo, poeta hasta la terquedad, Juan Calzadilla a conjugado instintivamente su oficio de escritor con la del artista plástico, siguiendo los pasos provenientes de las vanguardias latinoamericanas y europeas. Una designación nada envidiable como “artista integral”; como el mismo se define, o poeta visual, como tradicionalmente se le conoce, Juan Calzadilla es, sin más ni más, un artista completo: un poeta plástico.
A sus 72 años, Juan Calzadilla opaca por completo el verdadero perfil del hombre urbano contemporáneo. Su presencia iluminada, es casi mística. Timidez y humildad resaltan en él como burbujas recién nacidas del alma. Transparente como la lluvia, delgado como el mimbre, de una alargada y sencilla contextura color sepia como el pasto. Cabellos, cejas y bigotes blanquecinos y grises como el casabe. Silencioso y profundo como una cueva. De voz rústica y hermética, pero sensiblemente armónica como un soneto. De mirada infantil; Juan es como un niño que parece un anciano y, a la vez, un anciano que parece un niño. La imagen juvenil de un artista que no parece un artista, un poeta que no parece un poeta, un hombre que no parece un hombre. Como toda perfección surrealista, Juan sencillamente no existe. Es una voz totalmente pura, sensible, invisible: “Soy invisible. Lo que ustedes están viendo es mi voz”.
Sin embargo, las palabras de Arturo Gutiérrez Plaza, nos sirven hoy para conocer y comprender al hombre que se parece, en cierto modo, a un invento de Warhol, un autorretrato de Rembrant, o una imagen simbólica de Dalí: “Juan, poeta citadino y posmoderno, habitante de un tiempo donde algunos han expedido ya el certificado de defunción de la literatura, no se cansa de permanecer al margen. Sabemos que frecuenta talleres literarios desde hace mucho, donde se reúne con otros jóvenes para exhumar cadáveres exquisitos y ejercitar la libertad como único requisito genuino del poema. Tiene el vicio de publicar, sin atender el prestigio del sello editorial, ni el posible destino de sus libros. Tenemos noticias, también, de que en otras latitudes se le reconoce y estima más que en su propio vecindario... De generosidad extrema y abusiva sencillez Calzadilla ha impregnado su vida. Como pocos, que es decir mucho, quizás ciertamente como ninguno de su generación ha mantenido diálogo permanente con el tiempo presente y la voz del porvenir. De allí que su paso por cenáculos acartonados y academias sea, cuando ha sido, virtual accidente. Este ex-ballenero, más bien Jonás impenitente, nos recuerda a cada instante que la vida es lo que cuenta sin trazos ni metas, sin programas ni apuros...”
El dibujo como escritura poética, ha sido una de las constantes en la obra plástica de Juan Calzadilla. No en vano, podríamos hablar también, de una escritura que busca su transmutación en el dibujo, optando por el grafismo. El sentido ético y poético de la obra Calzadillana, es un diálogo permanente que se da a través de la naturaleza humana y sensible del hombre. Una experiencia alejada de los poderes propios de la razón.
De gran versatilidad creativa, Calzadilla ha desarrollado una dibujística experimental (o una poesía experimental), que constituye el núcleo de su creación más reciente. Con gran transparencia y coherencia, con un sentido enteramente lúdico, humorístico, sarcástico e irónico, se funde su obra con la crítica social, fiel a la tradición dadaísta y surreal.
Sus dibujos crean visualmente gestos verbales. “Formas escritas a mano”, son textos sin palabras. Libros sin portadas ni contraportadas. Poemas sin contenido. Estos dibujos pasan a ser asociaciones de trazos, líneas, sombras, cuerpos compactos en miniatura. A la vez, estos trazos, sombras y líneas, se transfiguran en signos que van más allá de la escritura, de las letras, de las palabras, de la grafía: formas humanas y signos caligráficos que armonizan, conviven entre sí. Son cuerpos figurativos, vagos personajes, imágenes minimalistas que conforman una comunidad de seres imperceptibles. Una comunidad que busca su organización en figuras y desfiguras que flotan en un ambiente sustentado por el verbo. Formas que crecen y disminuyen, se expanden y contraen, gestualizan el espacio corpóreo, y se transforman en una pulsión caligráfica que nos revelan la transformación de un dibujo, en algo que está más allá del dibujo. Elsa Flores ha dicho: “Varios de los dibujos de Juan Calzadilla se instalan en este mítico y común nacimiento del ser y la palabra”. Su poesía y su arte, han abierto las puertas para que una palabra pueda ser dos cosas al mismo tiempo. El mismo Juan dice al respecto: “Para algunos artistas plásticos, como en mi caso, la obra dibujística que realizan está estrechamente asociada a la escritura. De cierto modo se dibuja de manera muy parecida a cómo se escribe a mano. Al punto de que pienso en el dibujo como si se tratara de una escritura visual, compuesta por imágenes significantes y en la cual, plásticamente hablando, signo y sentido son lo mismo”. [1] ¿Quién puede discutir tal afirmación?. ¿Quién puede desvincular de la obra plástica de Juan Calzadilla, su soporte y sentido esencialmente poético? Sus dibujos están asociados a la escritura manual y a la caligrafía. Y sus poemas están vinculados al dibujo. Creo que nadie. Ni el mismo: “Dibujo porque me parece que reproduzco el arte de escribir”.
Para Juan Calzadilla, la poesía visual puede ser como la poesía escrita o la poesía de la palabra. En general, lo verbal y lo dibujístico convergen en un arte sincrético que da preferencia al carácter plástico, peculiaridad acertada de la grafía como arte, es decir, como imagen visual del lenguaje escrito.
El arte plástico-literario ya tiene sus antecedentes en la antigüedad, con Simias de Rodas y Teócrito de Siracusa hacia el 300 de nuestra era. En la actualidad, los antecedentes más cercanos provienen del letrismo y el concretismo brasileño y las propuestas provenientes de las vanguardias europeas. En Venezuela son muy pocos los artistas y poetas que han intentado tal consolidación: Dámaso Ogaz, Andrés Athilano, Ramón Ordaz y otros tantos, develan el juego existente entre imagen y palabra, experimentando continuamente con lo que podría resultar entre estas diferentes disciplinas.
Más de 20 libros conforman la obra poética de Calzadilla, entre la que destacan: Primeros poemas (1954), La torre de los pájaros (1955), Dictado por la jauría (1962), Oh Smog (1977), Diario para una poesía mínima (1986), Minimales (1993), Principios de urbanidad (1997), y los dos últimos, Corpolario y Diario sin sujeto.
De su actividad artística-poética y de su manera de enfrentar la realidad, habla con un tono razonablemente iluminado: “La gente siempre quiere verte en una actividad. Pareciera existir una predisposición contra el desarrollo del doble oficio y no entienden que la misma facultad que tienes para expresarte escribiendo, puedes tenerla para dibujar. El medio, se acostumbró a verme como crítico de arte y yo no he tenido la menor intención de pasar por ello”. [2] Además afirma: “Hay varias maneras de encarar las relaciones entre escritura y arte. Una es cuando el artista reflexiona, hace crítica o teoriza empleando el lenguaje literario. La otra resulta de cuando es el escritor el que incursiona en el lenguaje de los artistas plásticos (Como W. Bourroughs o Sábato). Hay un tercero que utiliza la escritura para expresarse físicamente con ella”. [3]
Calzadilla, artista total. Ensayista esencial. Poeta y artista hasta en la sopa. Hace juegos de palabras que es tanto como decir de ingenios: “Piensa en una poesía qué, aún estando escrita, no necesitara de palabras./ Y en la cual el sentido y no lo que se ha escrito sea lo que dé la cara por el poema”. Esta es su manera de entender las posibilidades de la aventura poética y artística. A veces, conocimiento por experiencia. Otras, experiencias por vivencias instantáneas: “Creo que la sensibilidad es una sola. El mismo impulso, o lo que llaman inspiración, que lleva a dibujar o a pintar automáticamente, cuando ese impulso se orienta a la producción de imágenes o ideas. Es mi caso y el de otros, como Jean Arp, que escribía y pintaba. En todo caso, no hago un problema de eso, ni una separación de lo plástico y lo literario. Intento integrarlo con la producción de pensamientos. Pienso que estoy bastante cerca de un pensamiento teórico en poesía y constantemente escribo reflexiones sobre el hecho poético, y es una reflexión metafórica que se dirige precisamente a fundir diversos lenguajes”. [4]
Sobre él y su obra ha escrito la traductora y poeta Ana María Del Re: “Como toda auténtica poesía, la de Calzadilla conduce hacia la búsqueda de lo esencial. Esencialidad del lenguaje, del sentido, de la creación misma, en la cual se evidencia una constante actitud reflexiva volcada sobre nuestro propio yo, nuestro estar en el mundo, nuestra identidad humana y expresiva. Es el lenguaje, en la palabra y aun en el dibujo como escritura poética donde se concentra una de las experiencias creadoras más importantes de Calzadilla. Así lo manifiesta reiteradamente en sus textos y en Corpolario precisa: “he tratado de que el poema conjugue en si mismo una forma visual, válida como manifestación de una simbiosis de signo y palabra, y no como expresión de un mero acercamiento, recíprocamente ilustrativo, de dos lenguajes”. En las líneas finales de un breve texto contenido en Diario sin sujeto, uno de sus libros mayores añade esa afirmación: “Hay que hacer del lenguaje algo mas transparente. /Que se pueda mirar a través de su opacidad/ como a través de un cuerpo”. La palabra se convierte en cuerpo y objeto del poema, en forma y contenido; a la vez, es el instrumento privilegiado por el poeta para lograr una exploración profunda donde tiempo y espacio, realidad y metáfora se integran en una totalidad de sentido que se busca a si mismo”. [5]
Por su parte, Fernando Báez ha dicho: “...de la poesía de Juan Calzadilla: encontramos una situación, en el sesgo de su duración original, en su contexto irónico, creada como una atmósfera cotidiana, que sufre condicionamiento de un matiz, acaso un atisbo simultáneo, y se torna, en el giro inesperado, francamente humorística”. [6]
Reflexionando incansablemente sobre lo cotidiano y lo tradicional, Juan Calzadilla sigue arremetiendo contra la ciudad sin remordimiento alguno. En honor a la verdad. En honor al arte y la poesía.
Juan, poeta social hasta en la cédula, convoca al libre pensamiento y, testimonia, una vez más, el interés de lo poético llevado con buen pulso a los límites de la creación. Allí va, llevando la palabra hacia otra posibilidad escenográfica. Todo un personaje.


Tomado de la siguiente dirección:

La torre de los pájaros



-José Ramón Medina-


Entre las infinitas posibilidades que la expresión alcanza en el campo de la poesía contemporánea, una de las que más atrae nuestro interés y sólida simpatía quizás sea aquélla por medio de la cual el verso, sin perder los valores de su verdad tradicional, de su esencia perdurable, penetra en el ámbito de una límpida tonalidad de misterio y sugestiones singulares en el que, sin transponer los cerrados límites totales del hermetismo o del puro juego simbólico, el poeta da rienda suelta a un amplio registro de voces ocultas que, cual un persistente río de plásticas imágenes vivenciales, se suceden fílmicamente, afirmándose una tras otra, en una especie de sugerente fábula expresiva que da valor de atmósfera total al canto.

Verso en función de magia, diríamos, donde la misma claridad de la palabra se percibe como una fresca enunciación de agua en rumor, libre de ataduras formales, sólo atenta a aquel interno impulso de historia generosa que fluye limpiamente lográndose en su propia distancia poética, como un cumplimiento natural de germen que progresivamente se desarrolla dando vueltas sobre sí mismo, hasta completar su propio, intransferible, ciclo lírico.

Son poemas los de esta clase donde, a la par que el necesario respaldo técnico -quizás más exigente en la vasta formulación que los distingue-, se justifica un poderoso juego de intuitivas vibraciones, recogidas en elástico acecho para redondo acierto del verso o de la imagen, y en el cual el plano onírico muchas veces -cantera profunda y fecunda- sustituye en perspectiva a la real y objetiva persistencia de los elementos del mundo, que, sin embargo - y sin paradoja alguna- sustentan el esfuerzo que tienta más allá de lo real mismo, con desprendida vivencia subjetiva.

Es aquí donde creo yo que se da más vivo, más palpitante, ese goce de la comunicación lírica que llega por otro conducto distinto al del simple entendimiento o comprensión al uso, y que sólo está reservada a ese ámbito de especialísimas sugerencias en que centra su eficacia verdadera el poema nuevo.

Todas estas consideraciones surgen espontáneas y dentro de su propia medida de análisis hacia afuera, al leer los poemas que Juan Calzadilla, reciente voz de la poesía venezolana, encierra en su hermoso cuaderno La torre de los pájaros, editado en los Cuadernos Cabriales del Ateneo de Valencia.

Juan Calzadilla se nos muestra dueño de un amplio registro temático, destacando fuertemente su acercamiento elemental a las fuerzas telúricas que, en mi sentir, dominan su lenguaje con extraordinaria vitalidad:

"¡Oh la tierra otra vez, a donde vuelve mi pequeño corazón bullicioso! Aquí, bajo la noche que palpita como un inmenso seno maternal, los campesinos en rueda triste, y las cosas rodeadas de un misterio triste en el sitio iluminado por la música..."

El verso, de abierto tono, de espntánea andadura, no requirido por otra limitación que la de la propia consigna que le imponen las exigencias del mismo canto sugiere - como apuntamos al comienzo- un discurso de progresiva sustentación en la sustancia de una historia que se inventa a sí misma, partiendo casi siempre, de un origen mágico intuitivo. ¡Sin embargo, cuánta sensación de cercanía humana, de ambivalencia de hombre-tierra, de afirmación esencial del "ser" de las cosas que rodean la experiencia del mundo y del tiempo!:

"Ahora las tierras sembrados de sombras espigadas, mi sangre va a regarlos tendiendo surcos de alma fluyente, ¡vida palpitante, sangre, savia de amor, desde este entusiasmo húmedo, sin límites"

El lenguaje es despierta vibración, a pesar de un cierto matiz de exigente castigo, que es previo al desarrollo temático. Pero el lenguaje, además, funciona como un valor antirretórico evidente, tal es su sustancioso impulso, su recia vitalidad oral, que alcanza, en determinados momentos de hermosa significación la altura de una meditada plegaria:

Al cielo alcé mis manos por atrapar el sueño que como una granada
de nervios maduró mi desvelo, y sólo palpé el silencio edificado.
¡El cielo no tenía más música que la de mi corazón escondido!
!Oh aire que estás llenando de amistad las cajas de caudales de los
pobres, ¿qué te cuesta ser humano, dime, sino el sacrificio del aliento
hacia una vida de dolor más largo vivos sobre el pecho del mendigo?

La torre de los pájaros- uno de los primeros conjuntos de poemas escritos por Calzadilla inéditos hasta ahora- asegura su disposición lírica con relieves verdaderamente fuera de lo común.



Tomado de la Revista Nacional de Cultura número 335
Marzo 2007

sábado, 1 de mayo de 2010

Prólogo



-Edmundo Aray-


Que vivir, que escribir, que defecar como cabeza opuesta al sueño, como cueva de occiso, ¡terrible empresa para el pánico! No entender que el tiempo es oro (el tiempo una enorme empresa), que la cantidad contiene, que la cantidad supera, que el muro prevalece ante su sombra, y la materia es extraña, un simple accesorio, y extraño es el hombre a lo que funge de categoría o permanece en cuanto es repuesto que se ajusta a la conciencia como el chasis de un caro. Aceptar las leyes, las escritas, las orales, las no orales ni escritas. Prolongar la vida respirando las cosas inertes. Y entender que el poeta o el guachimán, es lo mismo, ha sido convertido en ave de rapiña, arrojado de todas partes, arrojado del sueño, sentado como jonás en un barril de pólvora, reconociendo la producción de cadáveres exageradamente grandes. Hombre tendido para venta pública, con riguroso valor de cambio, hombre vaciado como un ojo bajo una impostura, pues el mercado lo exige así, mientras alrededor, a través de infinitas bocas, el mundo se despelleja, se desgasta, sellado increíblemente con toda suerte de obstáculos y maquinaria pesada. Espectador a quien el muro endurece para siempre, espectador en la selva urbana, espectador con su alegría cifrada por despojos de miseria, funcionario privado del sueño, ¡arma peligrosa!, a quien se le obliga a permanecer amarrado de una bala, envilecido sin ninguna razón, envilecido por nada: los volúmenes de historia, las cartas de derechos humanos, las carnicerías, las asambleas de accionistas, las reuniones de policías internacionales, el orden público, los perros de presa, los señores presidentes. Hombre suplantado, un muñón miserable ha tomado mi sitio, una ráfaga interminable de amnesia, un polodígito en el Debe, y las distancias son demasiado largas para la esperanza. Además, debo ejecutar a diario un número de magia para un público enfermo, un público formado exclusivamente de fieras. Hombre alienado, pregunto :¿Soy la presa o el verdugo? Debería escoger ahora mismo. Reconozco. Mas, definitivamente, no puedo elegir. Y si me denuncio en el salto, la cadena me suspende y me acerca más y más al poste, pues las cosas opinan de otro modo.

Pero Juan, el poeta, que no dice Jimmy Porter, hombre abatido, no dice simplemente ¡Aleluya! ¡Estoy vivo! Poeta que no tiene acuerdos, poeta que no pacta, que no busca lo humano por ser infructuoso, que acepta su condición de espectador, de mercancia o de número, asume también su violencia y aúlla:

mas valdría gacer algo, te digo
dispararlos, remover los escombros para buscar una salida
olvidar todo propósito inconcebible y constituir la felicidad
a cualquier precio y del modo más inmediato
con tablas de toda ley de todo naufragio, de toda ferocidad
para tener sobre qué morir el día venidero
y adaptar esa muerte a un fin necesario
hecho a su propia medida
reducir la dicha a términos humanos como mueble
que entra por casa de pobre
y crearla en nombre de todos
por todos los medios que estén a la vista, por los medios lícitos
e ilícitos por medio del bien y por medio del mal
utilizando todos los métodos,
los métodos pacíficos y los métodos bélicos
por los métodos más violentos incluyendo el suicidio

Aúlla para restablecer al desnudo la materia viviente, exige desde la ventana de su último piso el definitivo desbordamiento, las realidades activas, el definitivo oficio que barra todos los despojos, incluyendo la muerte.
Prólogo del libro Dictado por la jauría,
segunda edición de La Liebre Libre
Maracay, Venezuela, 1994
Páginas: 5-7

Reo de putrefacción. Viaje cenestésico



-Carlos Contramaestre-


Para leer Reo de putrefacción se necesita destruir esa falsa moral vestida con toga y brassieres. Pues se ofrece al lector una poesía que es como la digestión pesada de un rumiante -en plena erección- que nadie puede interrumpir y que en el fondo es casi un proyecto sanguinario. ¡Hasta cuándo la poesía es un modelo de continencia! ¡Hasta cuándo es una dama empolvada de virtud ambigua! No nos asustemos de que aparezca hinchada, cubierta de llagas, tumefacta. No nos asustemos de que los perros merodeen cerca de sus intestinos: ellos obtendrán la peor parte.

Si pretendemos ahondar, en ese ovillo purulento que es la poesía cenestésica de Juan Calzadilla, tendremos que empezar por equipar a nuestra vengativa Ballena con aparatos de alta precisión, que a su vez nos permitirá registrar sus más íntimas y variadas reacciones poético-víscero-vegetativas. Sin lugar a dudas, requerimos de aparatos de una sensibilidad superior a los utilizados por los cosmonautas, para la verificación de nuestro osado experimento. Si queremos asegurar, aún más, el éxito de nuestra investigación en el conocimiento profundo de Reo de putrefacción, será necesaria la aplicación de un método que estará dirigido a estimular en forma segmentaria, mediante un sadismo sistemático, las gónadas purificadas de la Ballena. De este modo estaremos excluyendo, deliberadamente, a los sentidos, y en general al conocido sistema de "vida de relación". Lo cenestésico no traduce aquí un sentido eufórico, deportivo de la existencia. Y mucho menos en Juan Calzadilla, atado en carne viva y salmuera a la siniestra y dramática aventura de la Ballena, quien rechaza a través de su poesía ese bienestar dulzón, esa cenestesia del burgués que alivia su conciencia cuando defeca.

Esta poesía es una invitación a viajar hacia dentro; es una invitación, sin regreso, a conocer a Jonás. Reclama para su mejor conocimiento que se arroje la costra cotidiana sensitiva, que el hombre enseñe sus tripas. Ella por sí sola pretende reducir a polvo cromosómico (naciente o muriente) a la oscuridad, en espera de la señal luminosa que será un grito como de órgano despedazado. Será entonces cuando se pondrá pie en un espacio mucoso que temblará como una bandera rebelde. Una claridad coloidal insólita bañará sus costas y los arponeros recorrerán sus bosques gelatinosos, sus paseos purulentos y la sangre del cetáseo. Reo de putrefacción, adornará su cielo.

Esto será el comienzo y diremos con T.W. Adorno: "la casa, tiene un tumor, de El techo florece una excrecencia carnosa". Y putrefacta.


Tomado de "El techo de la ballena - 1961 ANTOLOGÍA 1969-"
Octubre 2008
Páginas: 307-308