martes, 4 de mayo de 2010

Dictado por la jauría

Poemas de Juan Calzadilla

-Alberto Hernández-
1.

Prohijado por los olores del dadaísmo y el surrealismo, el grupo cultural El techo de la ballena aglutinó todo el magma que el país había escondido en los basureros. Emergen, entonces, los reconocimientos al espíritu burgués nacional a través de las propuestas donde la plástica y la literatura subvirtieron el orden mal establecido: Homenaje a la cursilería (1961) y Homenaje a la necrofilia (1962).

En ese lugar, Caracas, donde la coexistencia pacífica dede interpretarse estríctamente como un acto mortuorio, Juan Calzadilla escribió, entre moles de concreto, Dictado por la jauría (1962), en edición de El techo de la ballena.

De esa posibilidad fulminante de escribir con violencia en respuesta a la violencia, queda muy poco. Libros, fragmentos de vida y anécdotas que conforman el historial de un movimiento artístico que tiene en este libro de Calzadilla uno de sus más resaltantes sobrevivientes.

2.

Entrampado, casi liquidado por el caos y los alaridos de la ciudad, Calzadilla se adentra en los animales que lo acosan, en esa pesadumbre hecha vidriera, reflejo de rostros carcomidos por el eco próximo de mingitorios y balas perdidas.

Dictado por la jauría vigoriza el testimonio de la decadencia, la misma rabia irónica que Allen Ginsberg propusiera en su Howl, en la raya visible de una década que entregó tantas víctimas y silencios.

Una bestia regurgita en medio de la calle. Las paredes renuevan las costras, estos muros de fiesta propicios para toda confesión/ estos muros que se enroscan mudando de corteza como una serpiente. Ciudad bestiario, lucubración de buitre.

Para mirarse, inventado por la urbe. El poeta que es Calzadilla toma carta de identidad, desde los buenos y malos modales de una selva de asfalto y arteria infladas por el ruido, el smog y la derrota. Se reconoce en la infancia y en la muerte. En los gusanos que vierten música fúnebre en los oídos de los desaprensivos, en la carne oscura de las avenidas, en las claraboyas por donde no puede reconocer el rostro de quienes lo tienen en la mira. Máscaras, ciudad córnea y salamandra furiosa.

3.

Calzadilla mira desde su hábito de monje urbano. Destaja sus músculos rellenos de métodos bélicos, porque para sobrevivir a la guerra de la palabra no es el manoseo o la esquila enviada pacientemente. Las costumbres han hecho de mí / un ser abominable, mientras la costra de la realidad lo convierte en su simple funcionario/ privado de sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado / eternamente a su silla.

Otro habita obligadamente la ropa raída de quien alcanzó el paisaje de la desnudez. Otro es el que dice, el que se niega muchas veces desde el crimen cometido. El poeta, el hombre que ha sido urbanizado por la vulgaridad y el humo de los vehículos, es una sonrisa de idiota. La jauría se lanza al abismo. La ciudad se traga la masa informe que grita y muerde. El paraíso ha sido corrado de las colinas. Los disparos y la sangre agreden las páginas en blanco. Para escribir, no son necesarios los buenos modales. Sin embargo, bastaría un trago para chillar aquí abajo/ ebrio de felicidad...

La guerra -ese perro macilento y huérfano- continúa allá afuera, mojada por la lluvia, lista para secar la pólvora en una plaza pública invadida de escorpiones. La jauría aún espera el dictado para que la voz deje la silla y derrame las vísceras.


Tomado del libro "Notas a la liebre" de Alberto Hernández
Editorial La Liebre Libre
Maracay, 1999
páginas: 75-76

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