sábado, 28 de enero de 2012

LA OBRA POÉTICA DE JUAN CALZADILLA: LA FORMA QUE HUYE (Y SE BUSCA)


-Arturo Gutiérrez Plaza-

La poesía venezolana no ha sido innovadora, sino más bien conservadora, desde Andrés Bello hasta nuestros días. Nuestros más calificados poetas se han mantenido dentro del campo de lo tradicional, para el momento en que actuaron. Han perseguido un equilibrio entre las tendencias más nuevas de su hora y los modelos aceptados. Bello era un clásico cuando ya se iniciaba el romanticismo; Pérez Bonalde era un romántico cuando imperaban el simbolismo y el decadentismo; Lazo Martí un neo-clásico cuando la vanguardia estallaba en las letras occidentales; Andrés Eloy Blanco, nunca se pudo adaptar a la vanguardia que ya llevaba una década de cumplida (Muñoz 495) 

Lo dicho anteriormente, es parte de un señalamiento hecho hacia finales de la década de los 60 del pasado siglo, por el intelectual, poeta y escritor venezolano Juan Liscano. Y en efecto, nos parece, se trata de una acotación que se corresponde de modo justo con la verdad. Habría, sin embargo, que precisar que este juicio no supone un demérito ni una desvaloración de logros poéticos, la obra de varios poetas venezolanos a lo largo del siglo 20 como Ana Enriqueta Arvelo, José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez, Ramón Palomares, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla o Eugenio Montejo, entre otros (algunos de ellos, es necesario subrayar, no reconocidos aún en su verdadera dimensión continental), da cuenta de la existencia de una tradición poética sólida y consistente. De lo que se trata, más bien, es de señalar la ausencia de un espíritu de ruptura, de cambios y experimentaciones como elemento consustancial de ella. Se trata de una poesía que en términos generales ha hecho su historia moviéndose dentro de espacios normados, a excepción de algunos pocos episodios donde la pugna por cambios estéticos ha estado directamente ligada a la transición o lucha por cambios políticos. De esos momentos, para los intereses de esta exposición y de la comprensión de la obra de Juan Calzadilla (1931), vale la pena resaltar dos, los correspondientes a los finales de las dictaduras de Juan Vicente Gómez, en 1936 y la de Marcos Pérez Jiménez, en 1958.

El primer momento, fue el promovido por el grupo “Viernes”, fundado en 1936, poco después del fallecimiento del dictador Juan Vicente Gómez, quien durante más de 27 años sometió al país al oprobio y la represión en todos los órdenes de la vida. Este grupo tuvo como principal propósito, a través de su revista y de la obra de sus miembros, colocar a la poesía venezolana al ritmo de la contemporaneidad, quebrando así modos de expresión agotados. Junto a ellos, por los mismos años, otros grupos realizaron una importante tarea de diálogo y difusión poética a lo largo del continente. Basta recordar algunos, como: “Mandrágora” en Chile, “Piedra y Cielo” en Colombia o los de la revista El Hijo Pródigo  en México. En palabras de uno de sus miembros, José Ramón Heredia, “Viernes” tuvo por intención sumar “a Venezuela a la revolución poética mundial, a la modalidad mundial” (Heredia). La cual en parte consistió en la legitimación de procedimientos como: “el aligeramiento de la imagen (…), esa imagen pura sin términos de relación; la metáfora huida [sic] y alígera; el imaginar dentro de la llamada 'cooperación de los sentidos'; la simbología o mayor empleo del símbolo; el sentido de síntesis, la abolición de lo anecdótico; los matices surrealistas; la preponderancia de lo subjetivo; la actitud filosófica; la mayor preocupación por lo profundo del ser (…), así” como señala también, “todo ello se exprese en metros clásicos”. 

El primer libro de Juan Calzadilla, Primeros poemas, data de 1954 y fue publicado en Ediciones Mar Caribe, editorial dirigida por él y Vicente Gerbasi (1913), poeta central y el de mayor proyección y reconocimiento de los que conformó el grupo Viernes. Este libro, hoy excluido o poco considerado por el propio Calzadilla en su bibliografía, más allá de sus posibles logros, nos da noticias de sus iniciales búsquedas poéticas y nos permite establecer correspondencias con las concepciones e inquietudes de las generaciones emergentes en su época.  Es un libro donde predominan poemas con métrica tradicional, versos de arte menor y agrupaciones estróficas fijas, fundamentalmente tercetos y cuartetos, cuyos temas están enmarcados principalmente en la contemplación del mundo campesino. Los títulos de algunos de estos poemas dan fe de ello: “Egloga”, “Árbol nuestro”, “Invernal”,”Lluvia”, “Calma después de la lluvia”,” Día de lluvia sobre el río”, “La luz que desde el alba se menea”, “No ha muerto el cerezo”, “Cocuyo”, ”Primeras cigarras”, “Agua nuestra”, “El grillo”, “Árbol”, entre otros. Para el conocedor de la obra posterior de Calzadilla, esto no puede menos que sorprender, si consideramos las características formales de su obra posterior y el universo temático del cual se ocupará a partir, sobre todo de su cuarto libro, Dictado por la jauría (1962), tentativa poética donde se describe la degradante experiencia anímica y existencial del habitante de la ciudad. Tema que ha llegado a ser, a tal punto, obsesivo y determinante en la obra de Calzadilla, que buena parte de la crítica ha reducido a ello su aporte poético, acuñando su legado bajo la impronta del poeta de la ciudad monstruosa. Sin embargo, y a pesar del predominio temático y formal presente en estos Primeros poemas, es notorio encontrar en el último de los que lo conforma, titulado “Cielo estrellado” algunos de los elementos que vendrán a formar parte luego, con verdadero énfasis, del universo poético de Calzadilla. En ese texto, singular dentro de esta colección, aparecen tres elementos de su poética futura: el verso libre de largo aliento, una visión maldita de la ciudad (en este caso más bien una ciudad celestial y acuática a la vez, de reminiscencias bíblicas) y cierta imaginería surrealista. Veamos algunos extractos:

Cielo carcelero del ansia
cascada en medio de dios, anzuelo de muertos.
Mentira estrellada, mujer de espléndido torso admitida
en ese pasto azul con rebaños de ojillos de peces
(…)
Corona indescriptible de espinas amorosas,
ciudad en el fondo del mar,
mar inservible, idea que el viento saca a relucir
(…)
Testigo sin habla, testigo con gestos de luceros,
testigo culpable, testigo ancho, imposible, sospechoso, neutral:
Reveladora sustancia de puñales fatuos
sobre las ciudades criminales, despabilando
encadenada a sí misma en el fondo
de la más antigua prisión del agua.
(…)
Cascada de muertos, anzuelo general; de dios,
ciudad en donde no hay/!Nada que hacer!

Anteriormente señalamos la importancia del grupo Viernes y de Vicente Gerbasi en la poesía venezolana, así como la relación de éste último con el primer Calzadilla. Y en efecto, no sería aventurado afirmar que el tono general del poema “El cielo estrellado” de Calzadilla, nos remite a cierta simbología de estirpe viernista y particularmente del primer Gerbasi de Vigilia del náufrago (1937) y Bosque doliente (1940), quien luego se distanciaría provisionalmente de la estética cultivada en sus dos primeros libros, marcando una especie de paréntesis en su obra, con la  publicación de su libro Liras (1943), poemario conformado exclusivamente por poemas de dicha forma métrica. Pero
habría que añadir, además, que ya para aquellos años Gerbasi ha publicado los dos libros más importantes de su obra poética: Mi padre, el inmigrante y Los espacios cálidos. En el primero, de 1945, Gerbasi recrea en un lenguaje introspectivo, imaginativo, exuberante y sensorial, cierta tradición poética venezolana que explora en el paisaje elementos identitarios que tocan la cualidad ontológica del habitante de la zona tórrida. Por ello, la crítica ha visto en este libro una línea de continuidad con la “Silva a la agricultura” de Don Andrés Bello y la “Silva criolla” de Francisco Lazo Martí, categorizando la obra de Gerbasi como aquella que ha alcanzado el mayor grado de apropiación y subjetivización de la naturaleza venezolana, en tanto espacio de lo mágico, misterioso y telúrico que da consistencia y entidad al ser que habita en ella. Más significativo aún, resulta observar que para 1952, dos años antes de la publicación de los Primeros poemas de Calzadilla, se publicara en la misma editorial Mar Caribe, el otro libro central de la obra poética de Gerbasi, Los espacios cálidos. Encontramos, así, la existencia de varios puntos de encuentro entre el primer Calzadilla, poeta que se inicia y busca en diversas formas expresivas aquella que se ajuste a su voz y que concentra su primera mirada en su más inmediato entorno natural, y la obra de Gerbasi, el poeta de Canoabo, esa pequeña aldea selvática continuamente recreada en su poesía. Curiosamente entonces, Calzadilla, el futuro poeta de la ciudad, parte del mismo espacio afectivo de Gerbasi, en busca de un decir más cónsono con las urgencias del momento artístico, histórico y político que le ha de corresponder a su generación. De este modo, la primera etapa de la obra de Calzadilla, bien podríamos acotarla entre 1954 y 1958, años donde además de Primeros poemas, publica La torre de los pájaros (1955) y Los herbarios rojos (1958). Si en el primer libro que hemos comentado predominan las formas tradicionales medidas y rimadas, y subyacen las lecturas de poetas como Guillén, Salinas, Aleixandre o Cernuda, según él mismo ha afirmado en alguna entrevista,  ya en la Torres de los pájaros nos encontramos con un verso de mayor aliento y riesgo, heredero de un tono whithmaniano. Por su parte, en Los herbarios rojos, predominan los poemas en prosa y la visión de una naturaleza, más bien degradada y poseída por el mal y la muerte, que no oculta parentescos con el mundo y el tono presentes en la obra de José Antonio Ramos Sucre, poeta descubierto, celebrado y seguido por las jóvenes generaciones de poetas venezolanos de aquellos años.
La segunda etapa en la obra de Calzadilla, se inicia junto al otro momento de irrupción y cambio en la poesía venezolana, al que nos referíamos con anterioridad, después de la experiencia viernista, el cual tiene lugar luego de la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958. En medio de un ambiente convulsionado  política y socialmente, la vida cultural venezolana alcanzará un impulso renovador, producto de una rica, conflictiva y agitada polémica enmarcada por un conjunto de hechos históricos de especial relevancia, tanto en el plano continental como en el nacional . Una significativa respuesta del mundo intelectual venezolano a tal coyuntura fue la conformación de diversos grupos donde se conjugaron intereses ideológicos y estéticos en correspondencia con la naturaleza del debate político y artístico de la época. Estos grupos fueron Sardio (1958), Tabla redonda (1959) y El techo de la ballena (1961). Grupo, éste último, del cual formó parte de modo muy activo Calzadilla. Del conjunto de intelectuales, poetas, narradores y artistas que participaron en estas agrupaciones, varios de ellos vieron en la ciudad un espacio relevante de reflexión e indagación creativa, en busca de modos de expresión más fieles a las circunstancias y connotaciones existenciales que marcaban esta nueva etapa de conflictividad política y acelerados cambios en los patrones sociales, culturales y económicos del país. Basta recordar que en aquellos años verán la luz una serie de obras, como  Los pequeños seres (1959) de Salvador Garmendia, Dictado por la Jauría (1962) de Juan Calzadilla y Asfalto Infierno (1963) de Adriano González León. Obras que hoy forman parte del denso testimonio de la irrupción de la ciudad “macrocefálica” de la que hablara luego Angel Rama (Antología 21) y de un nuevo ser urbano, tan sólo sospechado hasta ese momento en la literatura venezolana.  
Como figura central de este período, Juan Calzadilla es quien hace de la ciudad el espacio privilegiado de su indagatoria poética. Su lenguaje, ya alejado de las formas tradicionales y de los espacios bucólicos, va adoptando distintas dicciones que dan paso a una etapa que abunda en la imaginería de estirpe surrealista que explora, denuncia y explota el mundo degradado y degradante del espacio urbano de un modo agresivo y descarnado que no oculta parentescos con la estética del feísmo y el decadentismo, surgida precisamente un siglo antes tras la aparición de la ciudad moderna en Europa. Este período abarca unos 15 años, desde 1962 hasta 1977, y está conformado por seis libros. Una simple revisión de los títulos, ya nos habla de la preeminencia temática de lo urbano y del ser alienado que vive y sobrevive en ella. Veamos: Dictado por la jauría (1962), Malos modales (1965), Las contradicciones sobrenaturales (1967), Ciudadano sin fin (1970), Manual de extraños (1975) y Oh Smog (1977). Calzadilla, en esta etapa inicia el inventario de las formas de envilecimiento que la ciudad comporta. Crea como personaje poético a un ciudadano que padece, transita y deambula por la ciudad trajeado de funcionario o de transeúnte anónimo, tras el cual se oculta un prolífico bestiario conformado por perros, miriápodos, gusanos, aves de rapiña, larvas, animales todos que se alimentan y son parte de la putrefacción ciudadana. Valgámonos del poema “Me reconozco” de Dictado por la jauría para certificar lo dicho:
Me reconozco en mi infancia en mi madurez
en mi muerte en los términos de mi oficio de espectador a quien el muro
endurece para siempre
me reconozco en mi córnea de salamandra furiosa
me reconozco en la selva urbana que me propone una máscara
para dar los buenos días desde una claraboya demasiado alta
me reconozco en la oscuridad donde dejo de verme y en medio
de mi alegría cifrada por los despojos de miseria que apuñala mi ojo
    me reconozco en el banco de cárcel negra y en la materia que
osifica mis párpados y diluye mi cráneo nuevo
    que no es sino ese fortalecimiento de sábanas
que busca un punto de apoyo en mi rótula,
la súbita aparición del pus que insemina los bellos jardines
de un dispensario nocturno
mis párpados sin venganza mis párpados sin origen mis párpados
sin orificios de salida para cantar para verter loas en témpanos
de dicha interna mis párpados cerrados siempre para ver el lado oscuro
de la carne
a modo de gusanos que pudren mis odios
me reconozco
me reconozco en mi infancia en mi madurez en mi muerte

Esta identificación con la ciudad, supone al mismo tiempo el desdoblamiento de ese ciudadano alienado y la fusión de ese nuevo ser con la ciudad que lo posee y él posee. Asi nos lo dice en el poema ”Ciudad”, de Manual de extraños”

Alrededor te tengo ciudad
me tienes somos el uno en el otro
la partida y el regreso fijos en el centro del camino
el sol blanco que para reconciliarse
graba signos cabalísticos en nuestras sienes
el cordel negro que roe la base de las alcantarillas
el dado de la memoria que gira
soy eres somos el hecho en sí
la cosa que nada en grande
el ir y venir confundidos
en el punto donde nunca se comienza

 La ciudad que Calzadilla registra es una ciudad anónima. En los más de 1500 textos que conforman su obra hasta hoy, no hay uno sólo de ellos donde se le dé nombre. Esto le otorga, como singularidad a su obra, el carácter de atópica, aún cuando subyazcan referentes implícitos en ella, sobre todo mediante la recreación de situaciones históricas o usos de la lengua particulares. A esta atopicidad luego se le ha de sumar una marcada atipicidad, como veremos al comentar la tercera etapa de su obra. En todo caso, volviendo a la ciudad, enmascarada en su anonimato, esta representa en la poesía de Calzadilla la urbe moderna impuesta por la cultura occidental. Esa ciudad denunciada por Baudelaire y que Rimbaud concibió –como nos lo recuerda Calzadilla- como aquella cuyos “humos nos siguen de lejos por todos los caminos”. Es la ciudad en la que el crítico chileno Leonidas Morales Toro ve la “metáfora de la instancia burguesa” y el “nuevo escenario de la vida dominante” (18). Espacio que “se constituye en el ámbito de una experiencia dentro de la cual la palabra se revela como palabra desposeída de sí misma: desquiciada, fuera de sí” (19) y donde: “la conciencia tradicional es desestabilizada, [y] puesta en crisis” (19). Crisis que no es otra que la de la modernidad misma y la de los metarrelatos que la sustentan. Crisis que da paso al derrumbe de las visiones utópicas y los órdenes estables, y exige y da cabida a nuevas formas de expresión artística que se correspondan a los nuevos epistemes de la llamada posmodernidad. Como respuesta a estos cambios, Calzadilla inicia a partir de 1982, la exploración de otras rutas expresivas.
La que podríamos llamar la tercera etapa de esta obra se inicia con el libro Tácticas de vigía (1982) y se profundiza y acentúa cada vez más hasta llegar a su libro más reciente Protofixiones (2005). Los libros que hasta ahora conforman este período son, además de los dos mencionados: Una cáscara de cierto espesor (1985), Diario para una poesía mínima (1986), Agendario (1988), Aproximaciones a un decir siempre aplazado (1990), Grafismos (1991), Curso corriente (1992), Minimales (1993), Principios de urbanidad (1997), El fulgor y la oquedad (1994), Corpolario (1999), Diario sin sujeto (1999), Notario al garete (2000) y Aforemas (2004). La apuesta en la que Calzadilla se afilia es la de la búsqueda de lo minimal, tanto por lo suscinto como por la significación que también le otorga al término, entendido como la crónica de “males mínimos”. Se interesa en alcanzar un texto cada vez más despojado de toda retórica donde se cristalice sintéticamente el sentido sobre la forma. Un texto de corte más bien epigramático y de concisión conceptual, donde a la crítica a la vida urbana y a la modernidad se sume la reflexión sobre el propio objeto donde se enmarca la reflexión, es decir, el poema. Reflexión que haya expresión en un apunte aforístico, tentado por una suerte de automatismo que  no busca impulso tanto en las fuerzas ocultas del inconsciente como en los reflejos condicionados y condicionantes que determinan la inercia caligráfica de la escritura y el trazado rápido del dibujante. Una reflexión que no repara en exhibir la importancia que otorga al proceso mismo de su constitución y que incluso, con frecuencia, hace de él su resultante, mostrando sin reparos las trampas y juegos de lenguaje que encauzan y encarcelan el pensamiento más allá de toda ilusión de autonomía. 
Es necesario recordar en este punto, que la obra de Juan Calzadilla transita por varios derroteros. Tan importante como su obra poética ha sido su labor como artista plástico y crítico de arte, lo cual le valió en el año 1997 el Premio Nacional de Artes Plásticas. En tal sentido, su visión como poeta es la de un artista integral reflexivo y vigilante, pero a la vez impulsivo y experimental. En varios de sus libros el texto dialoga con dibujos o trazos caligráficos de su propia autoría, así como con viñetas, fotos o dibujos de otros artistas. Por ello también, quizás resulta natural a su apuesta literaria una concepción transgenérica que no sólo intenta borrar las a veces débiles fronteras entre la prosa y la poesía, sino que además trata de incorporar las visiones del artista plástico, en el deseo de observar y concebir el texto como objeto estético visual, y las del crítico, en el afán de hacer de la reflexión sobre el texto, objeto mismo de éste. Dejemos entonces que algunos de esos textos nos dejen saber de qué se trata:
Hay que tallar el sentido, no la forma. Hacer gema
de la transparencia del verbo.
Pero que la herramienta no sea el buril o el escoplo,
Sino el escalpelo.

Hay que hacer del lenguaje algo más transparente
Que se pueda mirar a través de su opacidad
como a través de un cuerpo 

(“Gema del sentido” Diario sin sujeto)
Es decir, alguien cuyos esfuerzos teóricos estuvieran dirigidos a destruir la forma y únicamente a destruir la forma. Eso hace falta en nuestra época.
Cuestión que, sin embargo, puede ser rebatida con la idea según la cual destruir una forma conduce a la creación de otra. De manera que de poco sirve postular, por ejemplo, que el verso libre es una antiforma. Pues abordar (y “abordar” no como un acto de piratería) la construcción del poema supone siempre que le estamos proporcionando una forma.
La forma como estructura que el sentido se da a sí mismo

                (“Un anti-Valery”, Diario sin sujeto)


Forma:         Transparencia del sentido.

Transparencia:        Aquello que se manifiesta
            sólo cuando se hace invisible.

Invisible:        El poema. Su cuerpo ni siquiera está
            en la palabra.

La palabra:        Para todos los que quieran saber de mí,
            por favor, no cuenten conmigo.
            Arréglenselas ustedes.

        (“Esquema para encajonar forma y sentido”, Diario sin sujeto)


La reflexión no es un elemento apriorístico en la construcción del poema, ni tampoco es expresión de un saber aprendido por el cual guiarnos para la comprobación o desaprobación del texto. Tampoco la reflexión es inherente al poetizar en la forma en que lo es el lenguaje. Es algo externo a éste como lo es el espejo frente a lo real. Aparece en el poema cuando nos hacemos la pregunta por la forma, y se encuentra inmerso en la operación a través de la cual el poema es pensado como tal durante el trance de escribirlo. La reflexión introduce en la estructura del poema una perturbación de sentido orientada en una dirección que va de la subjetividad a lo real, a través de un movimiento que nos lleva a considerar el poema más como un proceso que como un medio, más como un accidente que como un fin.
Sin entrar en generalizaciones

Y con todos los inconvenientes del cómo

(“Entonces postulo la reflexión”, Diario sin sujeto)

Pero quizás, toda la tentativa poética del último Calzadilla, alcanza su síntesis en la siguiente poética minimal: “Cuando el sentido toma la palabra, la forma oye/ Cuando la forma toma la palabra,/el sentido huye.//(No es la forma lo que corre tras el sentido,/sino todo lo contrario” (Poética). Esta apuesta extrema, única, al menos en la poesía escrita en nuestra lengua ha sabido asumir los riesgos de la incomprensión por parte de una crítica, que si bien celebró los logros del poeta de corte surrealista de los años 60, abocado infatigablemente a inventariar la podredumbre existencial de la realidad urbana, no ha reaccionado con igual entusiasmo ante esta propuesta más cercana a la Ceci n’est une pipe de Magritte pero en el sentido inverso, es decir, para afirmar que esto que no parece un poema sí es un poema; o quizás su tentativa se aproxima a la del pintor venezolano, Armando Reverón, artista profundamente estudiado y admirado por Calzadilla, quien en su intento de pintar la luz del trópico disolvió en dicha luz todos los objetos, todas las formas por ella poseída.
Lo cierto, es que si bien hemos deslindado tres etapas, relativamente diferenciadas,  a lo largo de una obra que alcanza ya los 22 títulos, en realidad en toda ella las miradas del campesino, el ciudadano y el poeta se entrelazan a lo largo del tiempo para indagar continuamente, con mayor o menos énfasis y con variable enfoque, en la naturaleza, la ciudad y el poema. Espacios que cohabitan en el interior del poeta, el artista plástico y el crítico de modo inevitable, pues en definitiva se trata del enfrentamiento de un hombre que como todo hombre, desde su múltiple, cambiante y dubitativa complejidad se enfrenta al mundo y a su mundo siguiendo no sólo los dictados de cualquier posible  jauría sino sobre todo del irrenunciable asombro de existir.  

Obras citadas
Heredia, José Ramón. «'Viernes', sus afijos y sus intérpretes». El Universal (Caracas), 17 de noviembre 1946.
Morales Toro, Leónidas. “La contemporaneidad en la poesía venezolana: Esquema de su proceso.” Revista de crítica literaria latinoamericana 7.13 (1981): 7-21.  
Muñoz, Rafael José. El círculo de los 3 soles. Caracas: Zona Franca, 1969.

martes, 5 de abril de 2011

Sobre Juan Calzadilla y su “Ecólogo de día feriado, antología personal”


-Miguel Antonio Guevara-


Vas por la calle y te encuentras un muro repleto de propaganda distribuida una detrás de otra, afiches que aluden a tiempos de campaña política o la promoción desesperada de un nuevo producto. A un lado, en la avenida, está el semáforo parpadeando, el asfalto caliente, la cola, el sonido de las cornetas y el tráfico figurando un ritmo que aturde en una especie de continuidad serial del caos; es la metrópolis, el señalizado escándalo de lo cotidiano en la ciudad; a eso me saben, me proyectan los versos de Juan Calzadilla.
Es un hablar desde el interior, del empuntado follaje de la materia urbana que nos conduce a la imagen del individuo aturdido que se cruza de brazos en el tráfico, ese personaje que olvidando la naturaleza es autómata respirador, máquina observadora de lo obvio.

Estoy jodido cuando me cruzo de brazos.
y mi mente aturdida frenando mi impulso
no me ordena avanzar ni un sólo paso
para salir lo más pronto del asunto
que me tiene jodido cuando me cruzo de brazos.

Efímera vista, un trance de hastío metafísico que nos orienta a la cavilación instantánea de mediodía.

Pero, ¿de qué sirve que su terquedad flexible,
vibrando en la luz del mediodía
con brilllo relampagueante ventilen?

Hay que recordar, siempre tener presente la mirada plástica del autor, por alguna razón es considerado uno de los grandes críticos del arte venezolano. Su acercamiento, su proximidad es distinta, una otredad de lo simple. Pero es en el acontecer del sujeto lo que atraviesa su visión, su cuadro de composición que comenta, el que clasifica los productos del supermercado según su tamaño, forma y uso. El verso describe lo visible en el poema, las subjetividades, lo invisible junto a un collage de transparencias, de flashes informativos verbalizados allende a la metáfora y la retórica, la imagen cobra vida en una ceremonia de lo común. Miguel Márquez en el prólogo lo asume explosivo y lúcido, fundador lírico, allí está el mensaje bien claro del caos cotidiano, así que olvidémonos de interpretaciones imprecisas, esta poesía tiene más que ver la condición humana.
Encontramos un rechazo a lo que terminamos siendo, una clara alusión a una vida provisional, dolorosa y patética.

Boquear con propiedad es una de las virtudes
que a la hora de morir hacen la diferencia
entre el hombre y el pez.

¿Quién en esta circunstancia
mantiene la compostura?
Por regla general el pez.

Aún en estas circunstancias encontramos un esperanzador ritmo de la imagen que nos rodea, toma muy en serio su papel de traductor de lo impreciso, si no, ¿a qué obedece su laboriosa labor de poeta, pintor y crítico de arte? Además de estar consciente de este asunto, es consciente de inservible que es a otros ojos, mostrando fastidio del resultado del oficio, satirizando al mirón en la galería, al voyeur caracterizado por algún esnob que se encontró por ahí.
Demasiados programas.

Demasiados cocteles reuniones
convenciones congresos ritos festivales
demasiados agentes libres en el mercado
y si a esto tú te sumas
acabarás con que hay
demasiada gente holgazana como tú
bostezando frente a un cuadro
a duras penas soportándose
para rechazarse luego
con un somero apretón de manos
y un hasta luego. Señores,
esta farsa no se detiene
y pese a ella sobrevivimos.

Adentrarse en los textos de Juan Calzadilla en vez de convertirnos en arqueólogos e indagadores de algún aislamiento o refugio de su personalidad, nos llevan más bien a admirar su holgada, cómoda y honesta presentación, olvidarse del que posa al ser fotografiado; es su mirada al continum social existencialista, lúdica visión de la condición humana, observar al peatón de ciudad, la gran metrópolis que se alza cubierta de imágenes sensoriales sublimando al smog, impregnado con su espíritu, su ser del artista – artista del ser.

jueves, 27 de mayo de 2010

Vela de armas, para navegar en el viento

- Luis Alberto Crespo-

Nadie que haya leído la poesía de Juan Calzadilla (más de treinta títulos lo confirman, entre obras nuevas y antologías) observa el mundo de igual manera. Quiero decir que tras abrevar en ella, la realidad y la apariencia con que pretendemos aprehender nuestra idea de ser y de las cosas, nunca serán en adelante las mismas. Pareciera que el poeta más urbano del género entre nosotros quisiera desuadirnos de cierta creencia sobre la captación sensorial o mental que tenemos de nuestra visualización y transfiguración de nuestros vínculos con la tierra. Desde sus orígenes, dicha obra se ha orientado hacia esa determinación: convencernos de que somos unos ilusos en nuestro afán por atribuirle a las formas y a sus sombras, a lo visible y lo impalpable, a la vida misma y su traspatio metafísico, una propiedad personal que no nos merecemos y que, lo que es peor, usurpamos. He aquí, entonces, todo un ars poético, una praxis de la escritura obsesivamente orientada a comprobar tal confusión y semejante engaño. Para evidenciarlo, Calzadilla se vale de la ironía y del humor, sus dos armas más recurrentes. No hay libro suyo que lo distraiga de su propósito. Hoy, después de una existencia consagrada a su muy particular e inimitable labor, admiramos su coherencia.

Maestro de la poesía así entendida y así asumida, compórtase como un artesano de la palabra, a la que trabaja rehaciéndola siempre, retomando bocetos y acabados para recostruirlos de nuevos, sin por ello desbaratar la horma que los hace posibles.

Quienes solemos frecuentar su imaginario vivimos atentos a la aparición de una nueva producción suya porque sabemos que una sorpresiva confidencia nos ha de deparar su lectura, ora en prosa, ora en imágenes, o bien mediante la reflexión o mediante aforismos.

Así ocurre con su libro Vela de armas, publicado en el año 2005 y recientemente relanzado por la colección "Alfabeto del mundo" del sello El Árbol Editores, de la Dirección de Cultura del estado Táchira.

No más abrimos al azar sus páginas, la voz de Calzadilla nos amista con su ya conocida motivación escéptica. Un poema en prosa nos advierte una vez más que debemos desconfiar con lo que ocurre allá afuera o en nosotros. Mantengamos ojo avizor respecto a cierta lógica de la engañosa vividura moral. La escritura llámase"Paradojas". Escuchémosla:

Deberías haber salido antes de partir. Esto te hubiera evitado hacer el trayecto. Y te´habría permitido llegar sin moverte del sitio de partida, justo en el momento en que partías y sin pérdida de tiempo.
No diré pues que yo estaba en mi lugar porque a lo mejor era el lugar el que estaba en mí. Tampoco diré que yo estaba fuera de lugar porque a lo mejor era el lugar el que estaba fuera de mí.

Lector y seguidor de Michaux, asiduo frecuentador de la poesía moderna, de la que es figura descollante, Calzadilla ha sabido apartarse de las influencias logrando la originalidad de un lenguaje que consustancial con su comportamiendo existencial e intelectual.

Vela de armas acaso ilustre mejor que no pocos de los muchos títulos que conforman su obra poética ese lenguaje y esa ética que ha hecho tan propia y, como ya se ha dicho, tan irrepetible. Poesía del descreído, poesía del desconfiado, suerte de antilírica, a la que la lírica debe, paradójicamente, su savia nutricia y su materia, a la cual descarna y reordena con la punza y el escoplo de la desmitificación. De desacralizador lo acusarían los cultores de lo primoroso y el encantamiento. Es esa su autenticidad y es esa su ética. Yo diría que es un lírico por defecto, si por lírico entendemos la representación de lo real mediante su transformación en belleza pura, en orfebrería -en este caso- de la imagen como representación de la realidad real, o la que consideremos tal.

Versátil, o la misma y distinta, en todo caso siempre inventiva, la escritura poética de Calzadilla es por ello impostergable. Vela de armas confirma esa cualidad. A vuelta de página nos reserva un poema inesperado que se aparta de su habitual rumbo al espacio urbano y elige una dirección más bien telúrica, o con rasgos de rusticidad, aunque sin alejarse de la huella que constituye su norte franco. Dice así y es glosa de una frase prestada a Femando Pessoa.

Como hierba crecí y no me arrancaron y no era monte.
-¿Cómo confirmar la nada
si no es entregándosele?
Así he ardido en mi pais.
-¿Como lirio?
-No. Como monte.

La editorial tachirense, de la que es vigía y timón el poeta Ernesto Román, tuvo buen tino en ofrecernos esta nueva lectura de uno de los libros más emblemáticos de Juan Calzadilla. En él hallamos la síntesis de sus motivaciones y su estilo, sus apostasías poéticas. Nunca nos fue tan necesaria, nunca ha sido tan próxima a estos tiempos.


Tomado del libro "La lectura común" de Luis Alberto Crespo
Fundación Editorial El Perro y La Rana
Caracas 2010
Páginas: 173-176


sábado, 22 de mayo de 2010

JUAN CALZADILLA: papel y lienzo

-Daniela Saidman-

Como un lienzo en blanco su voz se hace trazo que va tomando forma y sonido en la medida en que el mundo estalla el papel en blanco. La palabra se vuelve un amasijo de color y de texturas, de tiempos y de fragmentos. Poesía que sabe del lienzo en blanco, de la mañana y de la sombra, de la vida en fin y de todas sus aristas, así es la poética de Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931).

Epigrama y otras irreverencias, publicado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, en 2009, es una antología que da cuenta de los sentipensares de este poeta venezolano de hondo y arraigado imaginario, en el que los ecos y los sueños se funden y se nutren de los días.

“Yo no tengo un delta entero para mí / ni tampoco torres de petróleo. / Sin embargo a eso lo llamaban mi país. / Tuve en cambio deseos de no tenerlos / y sólo esta voz”.
(Dónde explico por qué no llevo a mi país conmigo)

El país con sus bemoles, con sus derrumbes, con sus pequeños y diarios naufragios, y sus largas y profundas esperanzas, nace de la voz y la tinta de este poeta hombre, de este hombre comprometido con lo más humano que nos habita. Cada poema parece un pequeño cuadro, un dibujo trazado y tranzado de tinta china y de grietas, donde está la calle, el cielo, el eco, el grito y el suave pasar de las nubes y las alas. Calzadilla encontró en el papel la dimensión exacta del fuego y del agua, del asfalto y el recuerdo, donde la ciudad se hace y nos deshace en el humor gris de las contradicciones.

“Cuando salgo de casa llevo conmigo a las palabras. / Entonces comienzo a descubrir las cosas, / veo esto y aquello con asombro de neófito / en una ventana. O quizás no veo ni descubro / nada nuevo y asombroso sino que nombro y nombro. / Fue por eso bueno traer conmigo a las palabras. / Fue útil tenerlas a mano, conmigo, en alguna parte / de mi mente para comprobar que todo lo que descubro se reduce a ellas”.
(Nombro, no descubro)

En Calzadilla la cotidianidad es verso y es poema, trazo e imagen. Sus palabras le dan forma a un todo que él hace posible, un lugar que es palabra y a la vez encuentro, un espacio, una tregua… una página donde mirar y mirarse, las dudas y los miedos.

“Desde la terraza del aeropuerto / veo a este avión enorme rodar hacia / la cabecera de la pista. Su lenta y pesada marcha / de gran insecto que con dificultad / arrastra sus gigantescas alas / y su trepidante tabaco que inclinado / sobre los testículos de sus dos ruedas traseras / semeja un miembro en erección / listo para abrir la herida del infinito”.
(Cabecera de pista)

Los versos de Calzadilla se construyen y se erigen como líneas, que en su silencio también dicen y en su disposición también callan e interrogan. Es poeta y es artista, por eso sus poemas tienen algo de imagen infinita. Él, poeta, mago de la palabra, es pintor de los nomeolvides y de las calles y de la historia, la de ahora, la que hay que pronunciar para que no se convierta en desmemoria.

“Si quieres ver, tienes / que quitarte los ojos de encima, / tapártelos e, incluso, / prescindir de ellos / como de un error / para que no estén siempre en el medio / entre tú y las cosas / viéndote mirar / sin otro efecto / que verte a ti mismo mirar. / Piensa que sin ellos / quizás puedas llegar a sentir / que lo que percibes es posible / (Y hasta posiblemente real) / Pero sobre todo Piensa”.
(Pintor)

En sus lecturas andamos pues, extraviados, divinamente humanos. Secretando garabatos y enarbolando dioses y adioses, como quien se va de viaje o llega para quedarse hasta la próxima despedida.

martes, 18 de mayo de 2010

Los poetas de "El Techo de la Ballena"

-Elena Vera-
[...]

Juan Calzadilla, miembro del grupo Sardio y fundador de El Techo de la Ballena, además de poeta es dibujante y crítico de arte. Inicia con su libro Dictado por la jauría (1962), una corriente poética que tenía como norma el desprecio por el lirismo cultista loado en nuestro país en la década anterior. Se impuso como temas: la realidad misma y la alienación del hombre. Su estilo es el monólogo interior en primera persona, lo cual le permitió expresar con mayor propiedad la dolorosa relación del hombre con la ciudad. La frase se constituye en apretada síntesis, la elección de las palabras es rigurosa al igual que la sintaxis:

"Las costumbres han hecho de mí
un ser abominable
impaciente, aguardo todo el día como un funcionario
privado del sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado
eternamente a su silla
el empresario ha cubierto el cielo con un paraguas ha hecho
del mundo
un lugar apto para el crimen..."

De: Dictado por la jauría

Calzadilla canta al hombre común alienado por las costumbres, al hombre solitario y perdido en la gran ciudad. En el plano de la realidad le tocó vivir la transformación de Caracas de amable ciudad en caótica urbe. Es el mismo tema que Adriano González León aborda en Asfalto-Infierno y Salvador Garmendia en sus primeras novelas: Los pequeños seres y Los habitantes.

Poesía de la mirada que pasa y repasa sobre los objetos y la gente. Poesía de la realidad vista con el ojo crítico del dibujante, es decir, historia cotidiana recogida para siempre desde Dictado por la jauría hasta Oh, smog (1977).

[...]

Fragmento extraído del libro "Flor y Canto 25 años de poesía venezolana (1958-1983)"
Autora: Elena Vera
Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia
Caracas/1985
Páginas: 63-64

martes, 11 de mayo de 2010

Escribir con espejos


-Miguel Ángel Hernández-

Para volver sobre una constante de su Ciudadano sin fin (1970), Juan Calzadilla escribe: "Tiemblo de pensar que tengo un doble cuya importancia excede a mi propia estimación" (p.73). La voz del poema se ve acechada por una alteración/alteridad, muchas veces difíciles de discriminar. En este caso particular, se trata de una característica fundamental que recorre toda la obra poética de Calzadilla y que muestra desde sus primeros poemarios, como lo evidencia esta antología. El tratamiento de la voz guía en el poema, además de ser tema, anécdota, es el resultado de una particular conciencia del lenguaje que viene dada por la escritura misma. Podría decirse que es la propia palabra la que tiende al desdoblamiento. Después de todo, el lenguaje no puede aspirar a más de ser metáfora, es decir, ausencia. El conflicto -necesario- surge precisamente cuando esta conciencia de ausencia, por lo mismo, hace presencia del lenguaje, yendo la palabra sobre sí misma. Así, además de signo, de elemento mediador, ésta pasa a ser sujeto, agente; entonces el habla apunta al poema. Luego, en este juego especular en que deviene el objeto literario, es inevitable que los personajes del poema estén en un constante proceso que culmina muchas veces en el desdoblamientos de éstos, cuando no en una alteración, en una metamorfosis.
En el poema "Contradicciones", por ejemplo, leemos: "Cuando tomo la pluma los labios no quieren callarse/ Cuando empiezo a hablar la mano no guarda silencio, / se altera y oscila en otra dirección/ [...] / Cuando camino una mitad del cuerpo avanza conmigo / La otra mitad espera, como muerta, fija en los postes / La sombra aproxima, el deseo aleja/ Mi propio frente me da la espalda/ Son contradicciones" (p.77). Cada verso va dando cuenta de un desdoblamiento del personaje del poema o, al menos, de varias voluntades residentes en aquel. Pero al mismo tiempo reproduce en su estructura las contradicciones que va describiendo: pluma/labios, hablar/silencio, avanzar/esperar, hasta dar con ese verso que desborda el sentido: "Mi propio frente me da la espalda". Así, pues, el texto está elaborado de manera que también él tenga mitades divergentes, mitades que van en sentidos contrarios, simétricos. Siendo así, el texto logra actuar, hace en su propio tejido la contradicción: la crea.
Pero esta escritura de espejos está determinada, en última instancia, por esa temática clave- señalada en más de una ocasión- de la ciudad terrible, que engulle, que moldea al ciudadano sin fin, sin razón de ser, que deambula en la poética de Calzadilla.

Tomado de la revista de poesía venezolana "El Salmón"
Número 6/septiembre-diciembre 2009
Caracas
Página 60

sábado, 8 de mayo de 2010

Notario al garete

-Carlos Etxeba-

NOTARIO AL GARETE es un libro de versos que se asemeja mucho a una pistola o a una metralleta. Los versos se utilizan para disparar, no precisamente balas, sino conceptos, que son más eficaces que las balas.

Al poeta no le interesa integrarse en el statu quo de la poesía académica. Lo que realmente le interesa es sacar a la luz del día todos los trapos sucios en los que se fundamenta, que son todos los conceptos teóricos de la misma, ya que en el fondo todo es convencional y lo mejor es que nos lo demuestra.

"La peor de las tentaciones en contra de la
poesía se cumple cuando es el poeta
mismo el que defecciona..."

Por eso en poesía es segregacionista de hipótesis, iconoclasta de teorías e independentista de apreciaciones en el sentido purista del lenguaje. Nos convence con su singular fuerza expresiva y al final de la lectura de sus poemas, uno acaba sugestionado.

"El problema no es crear una lámpara en el poema,
sino cómo, una vez creada, encenderla..."
"la rosa no es rosa hasta que la mirada la entinta.
Es color el que decide. No la palabra."

Ya conocemos su posición. La expresión en la poesía no tiene significado:

"El poeta es un estorbo, ya lo sé.
Lo mejor que llega a expresar de sí no da pie
para que se le considere un ciudadano de provecho..."

Recibe el eco de Platón y lo vuelve a lanzar con gran vehemencia por los senderos del mundo con su propia voz.

Platón dijo que al poeta había que escucharlo, pero que después había que expulsarlo de la ciudad. Parece que tenía el mismo criterio que Juan Calzadilla. ¿Tan peligrosa puede ser la poesía?

Sólo le consuela la existencia de las palabras, no la preceptiva que las enmaraña:

"...por eso fue bueno traer conmigo a las palabras,
fue útil tenerlas a mano, conmigo,
en alguna parte
de mi mente para combrobar
que todo lo que descubro se reduce a ellas."

Se diferencia de Shakespeare en que el dramaturgo las considera en Hamlet como algo negativo y sin sentido, como una falsa solución a los problemas de la vida ("palabras palabras, palabras"), mientras que Juan Calzadilla las considera como algo positivo, vivo y útil, último sustrato de la realidad.

"No sé si las palabras...viven en su fuero interno
a merced de lo que se espera de ellas,
prestas a confiarnos, cuando lo solicitemos
el poema..."

Propone nuevas ideas para pulir el lenguaje y la actitud vanidosa de los poetas ("El hombre tiene que lucirse", "Gema del sentido") y nos aconseja utilizar el escalpelo para mirar a través de su opacidad, como una norma de trato social.

En CONSEJOS A LOS JÓVENES POETAS no duda en oponer ácidamente los contrarios para resaltar más sus afirmaciones, alcanzando cotas elevadas de expresividad poética.

"Utiliza todo: la tapa de la alcantarilla,
la luna en el agua del retrete, mirándose a solas..."
"...dando manotazos tus desafueros, tus penas
y las coces de este graffiti que blasfema."

En la mayoría de los poemas del libro utiliza el verso libre, ajustándose a las normas de la cadencia y ritmo interno de los versos. En los poemas EL MORIBUNDO y TODO VOLVERÁ A SU SITIO, deja a un lado este estilo y se lanza a una versificación en prosa (mas no prosaica), despreciando toda diferenciación entre ambas formas.

En LAS DOS VENTANAS y en EL MANIQUÍ establece la imposibilidad de comunicación entre el poeta y el mundo que le rodea. La consecuencia lógica sería la falta de deducciones y de conclusiones en el lenguaje, al no poder llegar a ninguna decisión. Se sumerge en una especie de existencialismo poético que le impide contactar con la realidad en todo el libro, aunque esto sea, al parecer, un mero ejercicio estilístico, porque las conclusiones de incomunicación las establece firmemente y está completamente seguro de lo que dice.

Esta incomunicación alcanza su patetismo más agudo cuando exclama:

"...vivo solo, encerrado en mi cuerpo..."
"Ahora sólo trato de oírme a mí mismo
ayudado por una máscara
Y el perverso espejo de la memoria2

El lirismo de Juan Calzadilla es un lirismo artificialmente escéptico, se habla a sí mismo para que le oiga el lector y se establezca una comunicación con él. A pesar de la afirmación de una completa incomunicación, él sabe que el lector queda agradablemente comunicado y agradecido por el grado de exaltación de su expresión poética:

"Estoy jodido, cuando me cruzo de brazos
y paralizado en la horma de mis zapatos
vigilo, sin atreverme a cruzar la calle
para tomar caminos que me dispersen
o que, ay, no me conduzcan a nada..."


Tomado de la revista "Poesía" número 131
Departamento de Literatura
Universidad de Carabobo
Páginas: 96-98
Valencia, 2001