viernes, 30 de abril de 2010

Juan Calzadilla



-Ana Berta López-


Hablar de Juan Calzadilla es hablar de una larga y muy reconocida trayectoria artística. Pintor de la palabra y poeta plástico, Juan ha sabido combinar ambas facetas a la perfección. Investigador, crítico de arte, premio nacional de artes plásticas en 1996. Una de las mentes más lúcidas y brillantes de la literatura venezolana y de destacado reconocimiento en el ámbito internacional. Juan pertenece al equipo de nuestros grandes de las letras. Los reconocimientos que esta condición le ha otorgado, para nada han podido robarle la sencillez y la humildad. Al mirarlo es imposible evitar la asociación casi instantánea con don Quijote. Nos decimos: “¡Así, exactamente así, debió ser el noble hidalgo! Su larga y delgada figura, el gris casi blanco de su cabello, la infinita dulzura de su mirada, los movimientos pausados pero firmes”.
Un ser de inmensa humanidad que se describe a sí mismo como “un sujeto imperfecto, anómalo, que ha pasado más de cincuenta años de su vida jugando. Lo peor aun, que cifra su destino en continuar jugando hasta el final. Muy contradictorio y caprichoso, lleno de defectos y quizás más iluso de lo que está permitido para un hombre de su edad que actúa como un muchacho y que por eso es incorregible y peligroso para las damas que no conocen su pasado”. Y ciertamente, mucho del encanto que emana de su persona es ese aire de muchacho ingenuo, travieso, dulce y pícaro que nos envuelve y embelesa cuando lo miramos a los ojos y su serena voz nos cuenta: “Nunca he pensado en lo que voy a hacer, me faltó un plan y fui demasiado perfeccionista, esto hizo que echara a perder lo que hubiera podido dar por concluido; incluso mi vida misma, que ha nadado en un mar de borrones sin rumbo fijo hasta el momento en que podía darle a todo este naufragio la forma de un libro o de una obra plástica. Mi lema: tú me conoces mejor que yo”.
La energía que de él emana es intensa, vital, contundente y, al mismo tiempo, llena de armonía, ternura y sensibilidad, se siente uno ante un autentico ser humano, transparente y soñador. De sus comienzos en las letras nos contó una anécdota inolvidable: “Cuando supe que me habían dado el premio de poesía de la Asociación Venezolana de Periodistas. Héctor Mujica me lo comunicó personalmente desde el diario El Nacional. Corrí a Caracas, pero encontré que no había retribución concreta ni el prometido viaje a Moscú por cuenta del Festival Mundial de la Paz, que había convocado el concurso. De todos modos el poema ganador apareció publicado en 1953 en el Papel Literario de El Nacional, que dirigía entonces Arturo Úslar Pietri. Fue el primer texto que escribía y publicaba. Imagínate la alegría”. Más de veinte libros conforman su vasta obra poética. En Aforemas encontramos estas líneas:

Las palabras no conocen el estado sólido
La dureza no es un estado propio
De la voz y sin embargo la gente pide
Que hable más duro, más duro.
También es inoportuno el
Concepto de fortaleza, como
Cuando alguien me ordena que
Hable más fuerte, más fuerte
En general lo que quieren decir
Con esto es que hable más alto.
¿Pero quién puede elevar tanto su
Voz para volverla reconocible en medio
Del bullicio ensordecedor que hacen los
Que compiten por hablar más duro y más
Fuerte?
Lo mismo sucede con el estado sólido
¿juicios sólidos? Yo prefiero que sean
Líquidos. Los juicios sólidos son más
Difíciles de tragar.

Sólo él, sólo Juan Calzadilla, aun sin que sea ésta su intención, puede elevar tanto su voz para volverla reconocible en medio del bullicio ensordecedor que hacen quienes compiten por hablar más duro y más fuerte; pero no bajo el tono rústico y hermético de su garganta, sino de la armonía poética que caracteriza su pausado hablar; él, taciturno y profundo, tímido y humilde.
Un hombre que ha transitado infinidad de caminos en la vida, cuyos ojos han mirado lo hermoso y lo triste. Que viene de regreso de tantas cosas. Describe el amor: “Básicamente es una operación de los sentidos, donde interviene en bastante proporción la imaginación y el deseo y cuya finalidad es mantener viva la ilusión de que no estás solo, cuando en efecto lo estás, de modo incurable. El músico Israel Peña decía a propósito: El hombre es el animal que no puede vivir ni solo ni acompañado. No sé si se refería también a la mujer. Pero en ésta, podría ser”. Y a Dios: “Es como pensaba Marx un hueco siempre futuro llenado por la necesidad que experimenta el hombre de encontrarle explicación a la vida cuando no se tienen razones científicas para comprobar de dónde realmente procede. Es decir de la nada”. Visto así su mundo místico viene a ser más bien sensorial. Aunque puede existir en él una cierta voluntad mística. Pero sería una mística de las cosas en las cuales cree o con las que cohabita. Una mística de los sentidos es contraria a toda idea de metafísica. Está convencido que vinimos a celebrar este instante ya que después no pasa más nada.
Con una evidente y jamás oculta tendencia izquierdista, nos cuenta con tristeza que su peor de los últimos años es: “Ver cómo los antiguos compañeros de El Techo de la Ballena se pasaron a la derecha. Y peor aun, el giro de 180 grados experimentado por El Nacional hacia la posición más reaccionaria que cabe tomar. Sumo la crítica porque, ay, fue el diario donde yo y muchos de mi generación nos formamos”.
Sobre si la poesía está en crisis o no, dice: “Si no estuviera en crisis no habría necesidad de ocuparnos de ella. Eso la vuelve interesante y nos impulsa al reto de escribirla de forma tal que cuando lo hacemos es porque siempre estamos enfrentándonos a una crítica de la poesía. Por esto, entiendo que lo que llamo mi poesía, no es sino una crítica de ella. El pintor Piet Mondrian decía que si las necesidades de la sociedad estuvieran satisfechas por el progreso, no habría necesidad de hacer arte. Esto mismo puede decirse de la poesía. Lo que quiere decir que el poeta es un ser insatisfecho y que el arte es un producto de la insatisfacción”.
De la musa inspiradora piensa que primeramente viene, espontáneamente. Luego se agota y hay que invocarla y reconstruirla en el interior del inconsciente. Pues la inspiración no depende de la conciencia. Si dependiera sólo de ésta no tendríamos necesidad de escribir o de crear, pues justamente el instinto creador es una proyección de nuestras carencias e insatisfacciones. Dice que el camino se acorta pero que siente que su extensión depende más de la manera en que le sacamos provecho, que de su longitud en términos de tiempo y espacio. Es cuestión de intensidad y de deseos de vivir. Aunque también hay que contar con el azar y la fuerza de lo imprevisto, para lo que no siempre estamos preparados debido al optimismo inherente al deseo de vivir que finalmente nos mata.
Actualmente trabaja en varios proyectos. Uno de ellos es reunir toda su obra dispersa, inconclusa e inédita y dales un formato apropiado para su publicación o exhibición, según sea el caso. Cometido que espera concluir lo antes posible. Quiere ver finalizado este trabajo ahora y no luego de su muerte, ya que considera estar en el último tramo de su vida, y tener mucho más pasado por detrás que futuro por delante, siendo ésta una realidad que acepta. También trabaja en un volumen consagrado a Reverón, donde reúne todo lo que ha publicado sobre nuestro gran pintor. Y éste año, bajo el sello editorial El Perro y La Rana, debe aparecer la compilación con todas las poéticas y reflexiones sobre poesía y arte de naturaleza aforística o fragmentaria que ha escrito. En igual forma se dedica a otras actividades, como talleres de escritura creativa y el diseño de un nuevo museo de ates plásticas con características ambientales e integrales para la ciudad de Coro; asiste a encuentros de literatura en el país y especialmente en el exterior, a la vez que asesora a la editorial del Ministerio de Cultura en el ramo de las artes plásticas. No tiene planes ni a mediano ni a largo plazo: “Sólo me queda tiempo para lo que hago. Lo que planeo hacer ya está en marcha, es la continuidad de lo que venía haciendo antes y continúo haciendo hoy: En otras palabras, me ocupo de ponerme al día con mi propia obra, actualizarla, aunque esto me quite tiempo para escribir. No hay remedio”.
En cuanto a la relación de su vida y el trabajo, dice que a veces puede deslindarlos y otras veces se confunden, en particular cuado lee, escribe y trabaja, logrando entonces una completa compenetración entre una y otra: “Últimamente experimento más placer escribiendo o pensando que en otras actividades como la vida social, las celebraciones, los convites y tertulias; abandonar la casa para salir a pasear, así sea para ver el crepúsculo sobre el mar, todo eso tiende a aburrirme si al mismo tiempo esas cosas no tienen una finalidad práctica como pensar o realizar obra... a eso he llegado”. Se las ha ingeniado para estar al servicio de sí mismo y hacer lo que siempre ha querido hacer, aunque sin tiempo libre ni vacaciones.
Quizá si las condiciones hubiesen sido otras en el pueblo donde nació, Altagracia de Orituco, allá por el año 1931, hoy en día Juan Calzadilla sería un serio compositor de música académica, pues de muchacho tenía grandes dotes para la música. Pero en el pueblo no había una escuela de música, nadie sabía nada de solfeo y hasta en la banda musical tocaban por el oído. Nunca podrá saberse si estuvo bien lo que pasó o lo que no ocurrió.
Un artista completo, integral, cuya primera virtud es no haber perdido su humanidad, no haberse permitido que el reconocimiento de su obra y talento obnubilara su corazón, un hombre cuya filosofía de vida es: “Hacer lo que pueda sin que importe el tiempo que me lleve, y dejar a los otros hacer lo que quieran, con tal que no sea lo mismo que yo quiero”. A quien le gustaría volver a las montañas de Guatopo, donde pasó gran parte de su infancia, tomar cocuy de Pecaya, no sólo por sus virtudes curativas, sino por lo que simbolizan en el renglón nuestros productos ancestrales asociados a la identidad profunda, que la parte que más le gusta de su cuerpo son las manos porque son la extensión del pensamiento y de los sentidos, con ellas tocas y sientes, pero también piensas. Su sincronía perfecta con la mente es lo que hace que puedas dibujar y construir los artefactos más sofisticados. En fin, un hombre sencillo, profundo, creativo. Un ser humano en toda la inmensa extensión de la palabra.
Tomado de la siguiente dirección:

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