martes, 5 de abril de 2011

Sobre Juan Calzadilla y su “Ecólogo de día feriado, antología personal”


-Miguel Antonio Guevara-


Vas por la calle y te encuentras un muro repleto de propaganda distribuida una detrás de otra, afiches que aluden a tiempos de campaña política o la promoción desesperada de un nuevo producto. A un lado, en la avenida, está el semáforo parpadeando, el asfalto caliente, la cola, el sonido de las cornetas y el tráfico figurando un ritmo que aturde en una especie de continuidad serial del caos; es la metrópolis, el señalizado escándalo de lo cotidiano en la ciudad; a eso me saben, me proyectan los versos de Juan Calzadilla.
Es un hablar desde el interior, del empuntado follaje de la materia urbana que nos conduce a la imagen del individuo aturdido que se cruza de brazos en el tráfico, ese personaje que olvidando la naturaleza es autómata respirador, máquina observadora de lo obvio.

Estoy jodido cuando me cruzo de brazos.
y mi mente aturdida frenando mi impulso
no me ordena avanzar ni un sólo paso
para salir lo más pronto del asunto
que me tiene jodido cuando me cruzo de brazos.

Efímera vista, un trance de hastío metafísico que nos orienta a la cavilación instantánea de mediodía.

Pero, ¿de qué sirve que su terquedad flexible,
vibrando en la luz del mediodía
con brilllo relampagueante ventilen?

Hay que recordar, siempre tener presente la mirada plástica del autor, por alguna razón es considerado uno de los grandes críticos del arte venezolano. Su acercamiento, su proximidad es distinta, una otredad de lo simple. Pero es en el acontecer del sujeto lo que atraviesa su visión, su cuadro de composición que comenta, el que clasifica los productos del supermercado según su tamaño, forma y uso. El verso describe lo visible en el poema, las subjetividades, lo invisible junto a un collage de transparencias, de flashes informativos verbalizados allende a la metáfora y la retórica, la imagen cobra vida en una ceremonia de lo común. Miguel Márquez en el prólogo lo asume explosivo y lúcido, fundador lírico, allí está el mensaje bien claro del caos cotidiano, así que olvidémonos de interpretaciones imprecisas, esta poesía tiene más que ver la condición humana.
Encontramos un rechazo a lo que terminamos siendo, una clara alusión a una vida provisional, dolorosa y patética.

Boquear con propiedad es una de las virtudes
que a la hora de morir hacen la diferencia
entre el hombre y el pez.

¿Quién en esta circunstancia
mantiene la compostura?
Por regla general el pez.

Aún en estas circunstancias encontramos un esperanzador ritmo de la imagen que nos rodea, toma muy en serio su papel de traductor de lo impreciso, si no, ¿a qué obedece su laboriosa labor de poeta, pintor y crítico de arte? Además de estar consciente de este asunto, es consciente de inservible que es a otros ojos, mostrando fastidio del resultado del oficio, satirizando al mirón en la galería, al voyeur caracterizado por algún esnob que se encontró por ahí.
Demasiados programas.

Demasiados cocteles reuniones
convenciones congresos ritos festivales
demasiados agentes libres en el mercado
y si a esto tú te sumas
acabarás con que hay
demasiada gente holgazana como tú
bostezando frente a un cuadro
a duras penas soportándose
para rechazarse luego
con un somero apretón de manos
y un hasta luego. Señores,
esta farsa no se detiene
y pese a ella sobrevivimos.

Adentrarse en los textos de Juan Calzadilla en vez de convertirnos en arqueólogos e indagadores de algún aislamiento o refugio de su personalidad, nos llevan más bien a admirar su holgada, cómoda y honesta presentación, olvidarse del que posa al ser fotografiado; es su mirada al continum social existencialista, lúdica visión de la condición humana, observar al peatón de ciudad, la gran metrópolis que se alza cubierta de imágenes sensoriales sublimando al smog, impregnado con su espíritu, su ser del artista – artista del ser.

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