viernes, 30 de abril de 2010

Juan Calzadilla



-Juan Liscano-

Juan Calzadilla (1931) se adelantó a su generación, como Silva Estrada, en eso de publicar poemas que señalaban nuevas búsquedas y una actitud más suelta ante el hecho creativo. Primeros poemas (1954), La torre de los pájaros (1955), Los herbarios rojos (1958), versos y prosas que indicaban una aproximación vacilante a un lirismo más audaz, a un lenguaje surrealizante, a una liberación de las imágenes, a una incipiente rebelión existencial. Hasta ese momento la poética de Calzadilla parece aceptar aún la estética, como valor fundamental. En realidad será siempre un excelente escritor de poesía.
Las rupturas de diversas índole - políticas, culturales, ideológicas, artísticas, generacionales- que se agudizarán desde 1958, moverán a Calzadilla a precisar su tónica poética,a definir su escritura afin al surrealismo, pero también a una versión o interpretación suya del existencialismo materialista, de la rebelión. Su gestión en El techo de la ballena fue muy destacada y textos suyos como Abraham lanza miradas terribles, El gran Público y Una asamblea en la hierba, mezcla de humor, disparate e imaginación, dan la medida de su desenvoltura y gran facilidad de escritura. Pero Dictado por la jauría (1962), culminación de un proceso intelectual y literario tendiente a poner en tela de juicio la realidad social, las inseguridades y el sentido mismo de la acción humana, evoluciona hacia un humor negro incisivo, hacia una denuncia implícita, hacia una insurgencia psicológica de corte nihilista, convirtiendo en metáfora fundamental la exposición del hombre contemporáneo como preso, como reo condenado de antemano y sin saber por qué. Por eso, imaginando la situación de lo que él califica de "prisionero de su conciencia", escribe:

"Un muro muy alto lo sustrae por completp de esa ciudad en la ha vivido y por la cual tan sólo experimenta ahora una gran repugnancia. La ocupación principal que hemos dado al pricionero consiste en obligarlo a pasearse sin descanso a través de lo que, visto de más cerca, resulta ser un laberinto cuyo espacio interno imita exactamente las circunvalaciones de su cerebro.

Un condenado a quien hemos dado muerte..."

A lo largo de otros libros, entre los que se destacan Malos modales (1965) y Ciudadano sin fin (1969) - del que forma parte el poema citado- reiteró su reto a la realidad, su exposición del hombre alienado de las oficinas, del hombre acosado por el absurdo - su obra tiene toques kafkianos- y el automatismo psicológico. Calzadilla rehusa el optimismo humanitario, la evación y la trascendencia. Hay una velada ferocidad, en su obra, contra la salud psíquica, la euforia del triunfo. Siente la vida en sociedad como una incurable enfermedad de dependencias, rechazos y enajenaciones.Con la frialdad aséptica de un cirujano de Gran Guiñol, procede a mutilaciones y vivisecciones aterradoras. Pero rehusa para esas operaciones cerebrales los efectos verbales truculentos. Su lenguaje es de una fluidez admirable, de una precisión expresiva envidiable. Si bien no le asustan prosaísmos, feísmos y hasta algún que otro tremendismo ajustado, dista mucho de los discursivo - que tiene por ejemplo Víctor Valera Mora- o de las faltas de gusto y los miserabilismos propios de poetas que siguen la misma orientación suya. Si alcanza a irritar, a quedar mal, a chocar, ello es obra de una calculada y segura técnica literaria, de un lenguaje que se propone ser impersonal, coloquial, hablado, narrativo, no obstante reforzado por una gran habilidad metafórica, por una indiscutible capacidad de invertida surreal, absurda, mítica, fantasmal.
Una de las líneas de desarrollo de la actual poesía, como ya se dijo, es ésa que Calzadilla trazó en Dictado por la jauría. Se impone señalar, en ese caso, que los textos de este poeta constituyen, quizás, el más apreciable logro literario, en el entendido de que su proposición no consiste en una simple comunicación lírica, sino en un ir más allá del lenguaje, para tomar partido contra una realidad repudiada. Pero ese partido tomado por Calzadilla, no tiene color político, ni parcialidad ideológica. Es una rebelión anárquica en el mejor sentido de esta palabra: una negación, un desembocar en la nada. Saludable ejercicio de ascesis en una era de abundancia tecnológica y de bienes de consumo como la nuestra.


Tomado del libro Panorama de la literatura venezolana actual
Editorial Alfadil
Caracas, 1995
Páginas: 198-200

Juan Calzadilla



-Ana Berta López-


Hablar de Juan Calzadilla es hablar de una larga y muy reconocida trayectoria artística. Pintor de la palabra y poeta plástico, Juan ha sabido combinar ambas facetas a la perfección. Investigador, crítico de arte, premio nacional de artes plásticas en 1996. Una de las mentes más lúcidas y brillantes de la literatura venezolana y de destacado reconocimiento en el ámbito internacional. Juan pertenece al equipo de nuestros grandes de las letras. Los reconocimientos que esta condición le ha otorgado, para nada han podido robarle la sencillez y la humildad. Al mirarlo es imposible evitar la asociación casi instantánea con don Quijote. Nos decimos: “¡Así, exactamente así, debió ser el noble hidalgo! Su larga y delgada figura, el gris casi blanco de su cabello, la infinita dulzura de su mirada, los movimientos pausados pero firmes”.
Un ser de inmensa humanidad que se describe a sí mismo como “un sujeto imperfecto, anómalo, que ha pasado más de cincuenta años de su vida jugando. Lo peor aun, que cifra su destino en continuar jugando hasta el final. Muy contradictorio y caprichoso, lleno de defectos y quizás más iluso de lo que está permitido para un hombre de su edad que actúa como un muchacho y que por eso es incorregible y peligroso para las damas que no conocen su pasado”. Y ciertamente, mucho del encanto que emana de su persona es ese aire de muchacho ingenuo, travieso, dulce y pícaro que nos envuelve y embelesa cuando lo miramos a los ojos y su serena voz nos cuenta: “Nunca he pensado en lo que voy a hacer, me faltó un plan y fui demasiado perfeccionista, esto hizo que echara a perder lo que hubiera podido dar por concluido; incluso mi vida misma, que ha nadado en un mar de borrones sin rumbo fijo hasta el momento en que podía darle a todo este naufragio la forma de un libro o de una obra plástica. Mi lema: tú me conoces mejor que yo”.
La energía que de él emana es intensa, vital, contundente y, al mismo tiempo, llena de armonía, ternura y sensibilidad, se siente uno ante un autentico ser humano, transparente y soñador. De sus comienzos en las letras nos contó una anécdota inolvidable: “Cuando supe que me habían dado el premio de poesía de la Asociación Venezolana de Periodistas. Héctor Mujica me lo comunicó personalmente desde el diario El Nacional. Corrí a Caracas, pero encontré que no había retribución concreta ni el prometido viaje a Moscú por cuenta del Festival Mundial de la Paz, que había convocado el concurso. De todos modos el poema ganador apareció publicado en 1953 en el Papel Literario de El Nacional, que dirigía entonces Arturo Úslar Pietri. Fue el primer texto que escribía y publicaba. Imagínate la alegría”. Más de veinte libros conforman su vasta obra poética. En Aforemas encontramos estas líneas:

Las palabras no conocen el estado sólido
La dureza no es un estado propio
De la voz y sin embargo la gente pide
Que hable más duro, más duro.
También es inoportuno el
Concepto de fortaleza, como
Cuando alguien me ordena que
Hable más fuerte, más fuerte
En general lo que quieren decir
Con esto es que hable más alto.
¿Pero quién puede elevar tanto su
Voz para volverla reconocible en medio
Del bullicio ensordecedor que hacen los
Que compiten por hablar más duro y más
Fuerte?
Lo mismo sucede con el estado sólido
¿juicios sólidos? Yo prefiero que sean
Líquidos. Los juicios sólidos son más
Difíciles de tragar.

Sólo él, sólo Juan Calzadilla, aun sin que sea ésta su intención, puede elevar tanto su voz para volverla reconocible en medio del bullicio ensordecedor que hacen quienes compiten por hablar más duro y más fuerte; pero no bajo el tono rústico y hermético de su garganta, sino de la armonía poética que caracteriza su pausado hablar; él, taciturno y profundo, tímido y humilde.
Un hombre que ha transitado infinidad de caminos en la vida, cuyos ojos han mirado lo hermoso y lo triste. Que viene de regreso de tantas cosas. Describe el amor: “Básicamente es una operación de los sentidos, donde interviene en bastante proporción la imaginación y el deseo y cuya finalidad es mantener viva la ilusión de que no estás solo, cuando en efecto lo estás, de modo incurable. El músico Israel Peña decía a propósito: El hombre es el animal que no puede vivir ni solo ni acompañado. No sé si se refería también a la mujer. Pero en ésta, podría ser”. Y a Dios: “Es como pensaba Marx un hueco siempre futuro llenado por la necesidad que experimenta el hombre de encontrarle explicación a la vida cuando no se tienen razones científicas para comprobar de dónde realmente procede. Es decir de la nada”. Visto así su mundo místico viene a ser más bien sensorial. Aunque puede existir en él una cierta voluntad mística. Pero sería una mística de las cosas en las cuales cree o con las que cohabita. Una mística de los sentidos es contraria a toda idea de metafísica. Está convencido que vinimos a celebrar este instante ya que después no pasa más nada.
Con una evidente y jamás oculta tendencia izquierdista, nos cuenta con tristeza que su peor de los últimos años es: “Ver cómo los antiguos compañeros de El Techo de la Ballena se pasaron a la derecha. Y peor aun, el giro de 180 grados experimentado por El Nacional hacia la posición más reaccionaria que cabe tomar. Sumo la crítica porque, ay, fue el diario donde yo y muchos de mi generación nos formamos”.
Sobre si la poesía está en crisis o no, dice: “Si no estuviera en crisis no habría necesidad de ocuparnos de ella. Eso la vuelve interesante y nos impulsa al reto de escribirla de forma tal que cuando lo hacemos es porque siempre estamos enfrentándonos a una crítica de la poesía. Por esto, entiendo que lo que llamo mi poesía, no es sino una crítica de ella. El pintor Piet Mondrian decía que si las necesidades de la sociedad estuvieran satisfechas por el progreso, no habría necesidad de hacer arte. Esto mismo puede decirse de la poesía. Lo que quiere decir que el poeta es un ser insatisfecho y que el arte es un producto de la insatisfacción”.
De la musa inspiradora piensa que primeramente viene, espontáneamente. Luego se agota y hay que invocarla y reconstruirla en el interior del inconsciente. Pues la inspiración no depende de la conciencia. Si dependiera sólo de ésta no tendríamos necesidad de escribir o de crear, pues justamente el instinto creador es una proyección de nuestras carencias e insatisfacciones. Dice que el camino se acorta pero que siente que su extensión depende más de la manera en que le sacamos provecho, que de su longitud en términos de tiempo y espacio. Es cuestión de intensidad y de deseos de vivir. Aunque también hay que contar con el azar y la fuerza de lo imprevisto, para lo que no siempre estamos preparados debido al optimismo inherente al deseo de vivir que finalmente nos mata.
Actualmente trabaja en varios proyectos. Uno de ellos es reunir toda su obra dispersa, inconclusa e inédita y dales un formato apropiado para su publicación o exhibición, según sea el caso. Cometido que espera concluir lo antes posible. Quiere ver finalizado este trabajo ahora y no luego de su muerte, ya que considera estar en el último tramo de su vida, y tener mucho más pasado por detrás que futuro por delante, siendo ésta una realidad que acepta. También trabaja en un volumen consagrado a Reverón, donde reúne todo lo que ha publicado sobre nuestro gran pintor. Y éste año, bajo el sello editorial El Perro y La Rana, debe aparecer la compilación con todas las poéticas y reflexiones sobre poesía y arte de naturaleza aforística o fragmentaria que ha escrito. En igual forma se dedica a otras actividades, como talleres de escritura creativa y el diseño de un nuevo museo de ates plásticas con características ambientales e integrales para la ciudad de Coro; asiste a encuentros de literatura en el país y especialmente en el exterior, a la vez que asesora a la editorial del Ministerio de Cultura en el ramo de las artes plásticas. No tiene planes ni a mediano ni a largo plazo: “Sólo me queda tiempo para lo que hago. Lo que planeo hacer ya está en marcha, es la continuidad de lo que venía haciendo antes y continúo haciendo hoy: En otras palabras, me ocupo de ponerme al día con mi propia obra, actualizarla, aunque esto me quite tiempo para escribir. No hay remedio”.
En cuanto a la relación de su vida y el trabajo, dice que a veces puede deslindarlos y otras veces se confunden, en particular cuado lee, escribe y trabaja, logrando entonces una completa compenetración entre una y otra: “Últimamente experimento más placer escribiendo o pensando que en otras actividades como la vida social, las celebraciones, los convites y tertulias; abandonar la casa para salir a pasear, así sea para ver el crepúsculo sobre el mar, todo eso tiende a aburrirme si al mismo tiempo esas cosas no tienen una finalidad práctica como pensar o realizar obra... a eso he llegado”. Se las ha ingeniado para estar al servicio de sí mismo y hacer lo que siempre ha querido hacer, aunque sin tiempo libre ni vacaciones.
Quizá si las condiciones hubiesen sido otras en el pueblo donde nació, Altagracia de Orituco, allá por el año 1931, hoy en día Juan Calzadilla sería un serio compositor de música académica, pues de muchacho tenía grandes dotes para la música. Pero en el pueblo no había una escuela de música, nadie sabía nada de solfeo y hasta en la banda musical tocaban por el oído. Nunca podrá saberse si estuvo bien lo que pasó o lo que no ocurrió.
Un artista completo, integral, cuya primera virtud es no haber perdido su humanidad, no haberse permitido que el reconocimiento de su obra y talento obnubilara su corazón, un hombre cuya filosofía de vida es: “Hacer lo que pueda sin que importe el tiempo que me lleve, y dejar a los otros hacer lo que quieran, con tal que no sea lo mismo que yo quiero”. A quien le gustaría volver a las montañas de Guatopo, donde pasó gran parte de su infancia, tomar cocuy de Pecaya, no sólo por sus virtudes curativas, sino por lo que simbolizan en el renglón nuestros productos ancestrales asociados a la identidad profunda, que la parte que más le gusta de su cuerpo son las manos porque son la extensión del pensamiento y de los sentidos, con ellas tocas y sientes, pero también piensas. Su sincronía perfecta con la mente es lo que hace que puedas dibujar y construir los artefactos más sofisticados. En fin, un hombre sencillo, profundo, creativo. Un ser humano en toda la inmensa extensión de la palabra.
Tomado de la siguiente dirección:

Velas de armas: Entrando por el espejo de Juan Calzadilla



-Milagro Haack-


“ El arma sobrehumana de múltiples filos no admite que la entreguen.”
Henri Michaux
De: “El infinito turbulento” (1957)

Cuando se encuentra a un artista coronando los diálogos entre las artes, su palabra es visual, dibuja lo poético con acertado ojo hacia la fusión llamativa de mirar ese más allá de lo cotidiano, ese otro espacio que respira por el instante captado en el otro santiamén futurista, esperándolo con la genialidad de un creador, plasmándolo con acento de afinado mundo, dando luz a lo no palpable, transformando sus peldaños en altozano campaneo, conurbano al acorde en avenencia como signo de referencia para las nuevas generaciones, sobre todo en la poesía visual, que nos va dando ese despojar lo que dices. Entonces, el lector regresa a sus escritos anteriores, a su pasión por las artes de su país, para luego verlo entrar en distintos espacios con la misma propiedad, y se -los- unifica con maestría al saberse un -ser integral-.
Su línea, su trazo, nos llevan a la vela de armas: Sólo tengo ojos para lo que no existe/ Pues todo lo visible es lo que ya ha sido creado, con aplomo nos da tallo de la raíz habitable: meditación precisa del paso imperceptible, de un pensador, Sin resistencia, sin necesidad de nombrarlo/ Nuevamente por las palabras/. Juan Calzadilla, sólo le importa iluminar la torre del propio ser, reanudarlo, grabando al hombre en concordancia natural con su esencia creativa desde médula del universo como parte del mismo, Y que, por eso, persiste / bajo una forma evidente, que es presencia/ Ajena a todo esfuerzo, / A toda entrega, a toda dádiva. Por ello, la observación del entorno, verse a si mismo en espejos iguales atento al pensamiento integral, nos conduce en esta lectura hacia La página :

El pensamiento más trivial se torna necesario
cuando sabes prescindir de la rutina del diálogo
y vuelves al estado en que hallas,
concentrado para suponer
que ahora mismo podrás escribir un poema.
Con más razón si frente a ti la página
su blancura extiende sobre esta mesa pobre
ante la que una silla confortable
alarga sus dos brazos para dar más empuje
al gesto con que tomas la pluma.
Dispones de la calma inocente del tiempo
que, sin prisa, aguarda a que elijas
la primera palabra
cuando el dictado tenue y laborioso
de la luz que entra por la ventana
arroje un foco de azar sobre la página
donde no has escrito nada
Arte hacia el arte, saber comunicar con tono propio sobre el quehacer escritural, del cómo y hacia dónde el creador debe rodar su mirada, la observación retorna por la hebra del contexto acompañante del instante, cuando los habituales objetos pasan desapercibidos, en este texto se hacen visuales, cobran vida, pasan a ser entes, son parte del escritor, y los toma como un miembro más de su cuerpo, notorio en pensamiento y acción del intervalo.
La página es el reto, es lo blanco que va tomando el signo de la mesa y más allá de ella, lo infinito de la silla con sus -dos brazos para dar más empuje -; la humanización del desvelo marcando la diferencia entre un estilo del vacío presente y el vaso del vacío futuro, para luego llenarlo desde el mismo dibujo donde se inicia el bosquejo en claroscuro cuando el pensamiento cambia la mesa: la mesa escribe con las manos de la silla, la mesa y la silla universal en diálogo con la vela de Juan disertando sobre arte -integral- desde el marco de su umbral con la abertura en Consejos a los jóvenes poetas
No digas todo de un golpe,Dilo poco a poco.Manda al diablo la versificación y la métrica.La impostación y la retórica.Promedia tus necesidades de verbalizaciónde modo que tu discurso no resulte largo ni torpe.El poema como el aliento debe ser corto,y las palabras no demasiado enfáticaspara que, cuando te sientes a escribirdigas con exactitud todo lo que nuncaLlegarás a saber de las cosas.
Se deja correr el velo de las iniciaciones, todo lo exacto deja de serlo, en las búsquedas se les llega con ese poco a poco , descalzando los cumplidos convenios, para entrar en el aliento , con su respirado ritmo, distinto en cada ser creativo y las palabras brotan de la oscuridad donde se encuentran, sin adorno, ella misma se nombran cuando es brasa de lo – que nunca llegarás a saber de las cosas -, tus iguales, al observarte como parte de un entorno creado y alimentado de naturas, seres desenterrados del polvo de lo cotidiano con su rapidez entre los dominios del palpitante universo literario, vaciando el igual vaso con visitados espejismos dentro todas las artes hasta que, efímero pueda someterse, anudarse, al original molde: una voz descubriéndose entre las cosas de todas las voces.



II
“ Adquiero la huella de la vida y de la muerte
En el aire líquido”
André Breton
De "El aire del agua" 1934
Sobrevuelo, en este medito dejado recientemente en mis manos por Juan Calzadilla, me voy un poco más, voy hacia la biblioteca, me encuentro con el “Compendio visual de las artes plásticas de Venezuela”, lo ojeo de nuevo, observo las ilustraciones como cuando estudiaba, marcando una etapa de encuentros. Su palabra fluye del génesis con la claridad que acoge lo investigativo, su ojo velador del arte, el cual cultiva en todas sus manifestaciones hasta restaurar el hallazgo. Retorno, soy pequeña ante su sabio pensamiento, no nada más de la literatura venezolana sino de la totalidad donde se reconoce, un poco más allá, dialogar en lectura es voltear, buscar otros obras sin prisa para volver al recorrido cuando dice Yo es otro
Lo que el espejo dice de mí
no crean que me reconforta.
Cuando me veo en él me veo perdido
como si, más que un espejo,
se tratara de mi fosa.
Ya quisiera yo verme en él de cuerpo entero,
libre de edad y de los estragos del tiempo
sin recibir amenazas
de una sustancia extraña y lisa
que tomándose atribuciones
y hablando en mi nombre
se empeña en demostrar que
ese que veo en el espejo no es yo
sino otro.
Mágico desdoblamiento frente al objeto en reflejo. Se dialoga, se entra por lo profundo de sus aguas, navegando hasta percibirse lo transparentemente humano. La voz no divaga, se enfrenta a la sombra del otro , dentro de una sustancia extraña y lisa , que se parece o refleja al yo, lejos del vital pensamiento, de lo atrapado despacio, sólo mirándose.
En este poema lo anímico redobla al portavoz, lo esculpe como el otro, con tono de voz como bebiéndose al ese yo, que no es el reflejo del espejo, sino el espejo en su reflejo, manifestándose fuera de él con el jugo dando un toque de puerta, sólo en si mismo, desnudo con verbo limpio, con ese pálpito irónico que conmueve, ese otro, eres tú o yo, que nos espera al voltear la lúcida esquina de una gran conciencia del otro – yo, ese que veo en el espejo no es yo / sino otro.
Entrando por el espejo – el doble- asumiendo hasta su nombre: Juan Calzadilla en este libro, siento muy apropiado destacar la conciencia poética, mostrándose cuando concentra la agudeza de la palabra dando al acto creativo distintas visiones, hechos y sobre todo la experiencia muy marcada por las otras artes dentro del tiempo- espacio, por ello, el deseo dador se percibe, como también la parte humana, el sello personal de su diálogo muy desprendido de las cánones estéticos hacia un discurso muy lúcido con vela de armas , dentro de las percepciones latentes en conexión con lo palpitante de esta época, sin olvidar el origen dando al círculo de andar todos, y desde allí, se pronuncia La máscara
Vano ha sido mi esfuerzode encontrar en ti oh rostroalgo que no sea mi máscara .Que la encuentre en mi caminocada vez que inquiero sobre mi vidasólo significa que la llevo conmigoy que es mi fantasma y mi delirio.Por más que intento arrancármelano logro desprenderla de mímás que como lo que elladecidió hacer con mi vida:un trozo sin historia,una mueca, una huella atribulada.Un gesto perdido de un suicida.
La táctica de reproducir La máscara siendo un símbolo hasta ritualista; aquí, por su palabra se confiesa el escritor, real, auténtico, por la aceptación del ser y el oh rostro, que puede ser el de todos. Entramos, a lo paralelo, a lo que se une en un instante para dar manifestación del válido convenio de un trozo sin historia , y la vez, haciéndola con el peso de lo significativo del verbo, sobre la rama cayendo de lo poético esa máscara, sintiéndola como una mueca, una huella atribulada ., la cual lo identifica como pertenencia y permanencia en este oficio, a través de su realidad de espejo, dándonos la llave hacia dentro en la confección de una máscara devuelta al arte, por el movimiento, por lo pictórico que rodea esta gran pintura poética. El ser de adentra, construye, se mira, crea propia presencia para encarnar muchos escuchas sólo mudándose de máscara. Así es el arte, así, es la palabra que parte de un signo depurado hasta volverlo otra vez universal junto a Un gesto perdido de un suicida. Esta imagen, recoge la esencia del idioma, un gesto , una línea en el horizonte mostrando el reflejo de lo ilusorio, tocándonos la real puerta por todos junto a ese saber darle líquido al entorno que rodearnos al mismo tiempo. Siento, que mediante saber -ser- reflejo, la Sabiduría del poeta va tras aceptación del verbo.

III


- Yo soy el universo - eso dice la rana en su canto. Y el primero que se lo cree es su canto. Por eso ella se dirige a éste, inflando el vientre, convencida de que le canta al universo, yde que en su canto le dice:
-Yo soy tú.
Juan Calzadilla

Se entabla desde el reflejo, enmascarado del otro que sin duda puede ser el poeta o el recorrido de muchos –otros- por este laberinto literario, transitando la urbe sintiéndose un personaje de la misma, para llegar a ser vertiente de un arma en vela de la poesía. Juan es el peregrino por todos cuando la palabra es palabra sostenida en el tiempo – espacio, todo va hacia la esencia misma en la afirmación “soy un artista integral”, así, su igual fluye del río, brota y se mueve hacia un océano reflexivo sin un punto final en la Poesía
Un día te encontré en la escritura.
y ya no será un camino torcido
sino sencillamente el que conduce a ti…
yo confío en que por esa vía,
llegue a rozar un día la posteridad.
sé que no será un viaje corto
que garantizará después de todo
que el prodigio que me negó esta vida
será recomenzado en la otra
puesto que como se ha dicho
nadie es poeta antes de morir.

En parentesco futurista hurga su propia realidad. El poeta no los muestra, lo asume, proyectándose a lo que será, así, -sencillamente-, un todo por el todo por la poesía, la aceptación del notorio viaje, dicta desde el presente la visión con su perspectiva visual el lo escrito, trascendiendo lo físico sin un cierre al ramificarse escrito y así, no los deja con el agua del resurgido río sabiendo, desde un ya ese- nadie es poeta antes de morir -. El reconocimiento del oficio, esa otra realidad que nos trae desde su yo más abierto, más genuino como el viaje del encuentro en vela. Calzadilla, nos muestra su rostro, siendo crítico de si mismo, con la agudeza que lo caracteriza con los signos vanguardistas, sin embargo, las entrelíneas expresan la sensibilidad que dialoga con la poesía en su él de todos entrando lo mágico como un susurro recordándonos la genialidad – será recomenzando el la otra -, la otra vida, el instante futuro en un presente tangible como lo es el arte en su totalidad para Juan Calzadilla: su espejo en el reflejo de todos volcando el Lector de poesía :
¡Qué clase de individuo es éste que por mucho tiempono ha leído un poema y que a lo mejor ni siquieraa lo largo de toda la vidaha leído aunque sea un poema?Y que no cree que leer un poema tenga importanciani mucho menos resulte decisivopara influir en el curso de los acontecimientosde una vida que también hubiera continuado vacíaasí hubiese leído todos los poemas.
Con tal lucidez, nos quedará alguna duda, que Juan nos lleva en vela de armas , hacia la evidente encrucijada habitual de cualquier sociedad, de su cualidad de enfrentarla desde la realidad misma, -ser o no ser- pensamiento artístico de ese si o no podría ser lo mismo, pero quién eres; serás ese enlace, sobrevolando el sentido sensorial que desnuda la paradoja donde se funde el ser y la sociedad de un Juan penetrante, fiel al diálogo observado, trasmutado del individuo creando para la humanidad sin haber leído un poema y que pudo leérselos, igual hay vacío, sin alejarse de la auténtica poesía, incluso, Juan nos conduce hacia la búsqueda de lo esencial en pleno, con el –sencillamente- más allá – nadie es poeta antes de morir y con luego –así hubiese leído todos los poemas-, nos vuelca una y otra vez a la página con su reflexiva perseverancia por el lenguaje visual, lenguaje que escucha lo expresivo humano, y nos reintegra una vez más hacia lo interno del símbolo propio como un gran universo recobrando su único cuerpo. Esto es un privilegio para un lector y el escucha, incluyéndome en esta indispensable lectura entre vela de armas y otros libros de Juan Calzadilla, buscando, buscándolo, buscándome el lo infinito, allá, en el vigilo de si mismo, siendo reflejo - espejo muy consciente de su contexto, del futuro entrando por la página del libre pensador en su época, manifestando lo poético cargado del círculo emanado por la fusión del arte; aunque, muchas veces tanta luz ciega, por ello, su escritura dibuja la palabra, expresándola abierta por el recorrido del libro, el cual tiene otras visiones, sólo intento este rozo la poética, el desdoblamiento, la intuición de un doble personaje que nos da esa arma poética, llevándola hacia otro y otro ambiente siendo el protagonista cuando se escribe su propio Epitafio
Todos los que han muerto, murieron por mí.
Todos los que mueren, mueren por mí.
Si no murieron por mí, yo no estaría vivo
Ni siquiera yo llenando por ellos
el lugar que dejaron vacío para mí.
Ni estaría yo ocupado
de escribir en este momento
el poema con que termino
Tomado de la siguiente dirección:

Juan Calzadilla escucha a la jauría



-Juan Manuel Roca-


La poesía de Juan Calzadilla oye lo que le dicta la jauría, para decirlo en evocación de uno de sus más célebres títulos, pero presta oídos sordos al llamado de una realidad gregaria. Mantiene una pugna, un expediente que le sigue a la estrechez del mundo. Ve las cosas por ese lado del catalejo que distancia los sentimentalismos pero también por el lado del catalejo que aproxima los acontecimientos menos visibles. Como el Lautréamont descrito por Ramón Gómez de la Serna, "desdeña la pereza, la hipocresía, la vanidad tonta, la bruta impudicia de un talante necio y bronco".Juan Calzadilla centra su vigor y alista su martillo en el taller de las paradojas, armado de un humor lacerante que hace las veces de escudo para acorazarse y desmontar la realidad de quien se "ha quedado ciego",no tanto por "accidente de la visión, sino a causa de un exceso de paisajes".Calzadilla no ama las buenas costumbres sino lo que se oculta tras de ellas, los ademanes secretos del otros que nos habita y que a la vez habitamos. Para tan demoledores efectos se vale de una suerte de bisturí con el que busca en nuestra piel, como en una fruta madura, la semilla de nuestra gran tontería, de nuestra presuntuosa seguridad y deseo de trascendencia.No hay tema, asunto, por cotidiano y ya visto que resulte, que no suscite el interés del autor de "¡Oh Smog!" y de "Tácticas del Vigía".Despojado de afeites innecesarios y de las pompas del lenguaje épico, Juan Calzadilla busca el hueso, la sustancia, la esencia de los acontecimientos.Sus intereses van desde la burla a la gramática hasta el registro de la historia clínica del hombre contemporáneo y nuestra vida en común, desde las agudas pesquisas por la derrota del hombre sin heroísmos ni dignidad ni grandezas en las ciudades modernas, hasta las imposiciones del arte pensado como el único coto de caza para la falsa respetabilidad y la gloria, así sean fraudulentos, como expresa en su poema satírico sobre Salvador Dalí:
Un reloj ablandado sobre un desierto duro.
Una jirafa en llamas bajo el cielo macerado.
Sólo falta en este escenario surrealista
Un bufón con los bolsillos llenos.
Pero entonces, quién va a ocuparse
De pintar el cuadro?
El devenir, el tiempo como espejismo que se escapa sin nuestra mediación, las grandes verdades inamovibles puestas en solfa por la mirada de Juan Calzadilla son un alegato moral que se vale del lenguaje para señalar, por paradoja, la precariedad de la lengua. Es, de nuevo, la mirada por el lado menos trajinado del catalejo.El procedimiento de la fragmentación, tan caro a Guillaume Apollinaire en un ámbito lírico y a E.M.Cioran en un ámbito filosófico, esa manera de separar o de hacer esquirlas las partes para mirar un todo, se pone de presente en buena parte de los escritos de Juan Calzadilla y nos hace ver su obra como un gran fresco de las penurias del único animal que ríe. Es una risa un tanto dolorosa que a veces cae al piso entre papeles arrugados y entre hojas secas de árboles y calendarios. El poeta sabe, según sus propias palabras, y no creo que el blanco de sus diatribas sean Nicolás Gómez Dávila o algún otro creador de naderías, que "el aforismo es la forma gramatical más acabada del lugar común". Por tal motvo sus definiciones y su aparato conceptual se cuestionan a sí mismos.No es corriente ni es propio de los nuevos usos del lenguaje, que un poeta haga de las dudas casi su única certeza, por lo menos en Latinoamérica, donde somos tan afectos a las definiciones.Como Henri Michaux, Juan Calzadilla convoca una asamblea de sus otros, a un "ciudadano sin fin" o al que sabe que el camino minimalista está hecho de muchas palabras no escritas o tachadas, como esas esculturas que hay escondidas en todas las grandes piedras del mundo.Escribo esta corta presentación para la lectura de poemas de Juan Calzadilla, amigo y paisano de una misma irrealidad, tras llegar a una luminosa habitación y tras haber cruzado una calle de Estocolmo que tiene en el piso, y escritas de manera permanente, frases de August Strimberg. Algunas de ellas, las que atañen a seguirle un prontuario a la estupidez humana, parecen un diálogo fantasma del escritor sueco con el escritor venezolano. Como si fueran "huéspedes invisibles" de una misma, vaga y sospechosa, realidad.Es que la poesía de Juan, qué duda cabe, nos hace sospechar de lo que vemos, como lo hace siempre el buen emisario de la duda que es el auténtico poeta.
Estocolmo, mayo 23 de 2006

Tomado de la siguiente dirección:

http://www.casadepoesiasilva.com/calzadilla.htm

Juan Calzadilla: la compresión del arte como poética



-Camilo Morón-


Ocurre que ocasionalmente los caminos se encuentran, lo que no suele ocurrir tan frecuentemente es que se encuentren los reflejos. La obra de Juan Calzadilla es plural, generosa, y ha seguido rumbos que para los ojos no habituados a los paisajes inagotables, pueden resultar contradictorios o, cuanto menos, divergentes. En la tienda de libros usados del recordado J. Santos di por pura casualidad con un libro desnudo, como si le hubiesen arrancado la piel al quitársele la portada, un libro de páginas amarillas, de bordes roídos por la humedad, el tiempo, los grillos y los ratones andinos... Entonces, al abrirlo, me enteré con sobresalto de que Juan Calzadilla, el atinado crítico de arte, el historiador escrupuloso, el ensayista de prosa amonedada, me enteré entonces, enfatizo, de que era Poeta. Y fue un descubrimiento como si un rayo cayese de un cielo despejado. Pero este era un secreto a voces: lo sabían los abogados que trasnochaban madrigales, los contados estudiantes de medicina con una pátina superficial de lecturas ajenas a sus gruesos y espantosos volúmenes de anatomía, los hongueros entusiastas de la bohemia merideña, los artistas en ciernes y los artistas consagrados. Y sobre todo lo sabían mis profesores, quienes le habían conocido en los años de la juventud en que quería tomar por asalto el cielo, en los años de las décadas prodigiosas de los 60 y 70.
Estas líneas están pensadas para los poetas que desconocen que Juan Calzadilla es historiador. Espigaré en este campo algunos pasajes que ilustren al Calzadilla que entonces conocí y a quien el descubrimiento de aquel libro despellejado casi me lo pinta infinito. En
Reverón, el Mito y el Mono, escribe Juan —me permito la confianza porque un poeta debe ser considerado antes que nada como un amigo, y un historiador y crítico de arte como un amigo un poco más severo—: “De algún modo se hubiera podido pensar que más que un pintor Reverón era un gran actor. Era ante todo un hombre de teatro, conforme nos lo presentaba la leyenda y, mejor aun, esa existencia real que las monografías inútilmente se empeñan en aclarar. En principio, observamos la farsa que él ha montado alrededor suyo, en medio de la espuma del mar que baña sus barbas, mientras trata de aproximarse a sí mismo construyendo su caparazón de caracol para escapar a los charlatanes, los turistas y los comerciantes de cuadros, de cuya presencia, sin embargo, no podrá librarse jamás su miseria. Se respira en torno un aire de tragedia, a donde ha venido a dar ese inofensivo juego de duendes que comenzó cuando Reverón era un niño y jugaba con los pomos de maquillaje de su madre neurótica, que era también actriz fracasada. Encontramos el humor propio del comediante y, por sobre todo, la voluntad de restituir el mundo a su origen, que es la actitud firme del que decide ser protagonista de su obra, aunque se sacrifique a ella en una impersonalidad que en Reverón se funde con la claridad soberana del mar”. Con trazo ágil e impresionista pinta el universo imaginario y hermético que el artista ha elegido como morada; una mirada sobre la sociedad burguesa muerde con ironía. El crítico se hace cómplice de la farsa y su mirada expectante se conjuga con la puesta en escena, decodificándola.
Y más adelante, haciendo cita de la referencia, leemos: “Contramaestre imagina a Reverón como ese gentleman que en su poema dispone de un yate privado para ir los domingos ‘a tomar el aire de las gaviotas’. Reverón es asediado por las bellas visitantes del Macuto Sheraton que le piden autógrafos, mientras él, con aire fingidamente huraño, como si estuviese representando, sin quitarse las gafas, da los últimos toques a un paisaje submarino, vendido de antemano. Frente a cada gesto del pintor deberá oírse el consabido coro de ‘¡oh!’ de las bañistas que admiran en él menos el cuadro que está pintando que el torso de Burt Lancaster (es el actor elegido en este momento para la reconstrucción histórica del pintor). Frente a esos ademanes sueltos sólo faltaría la cámara de TV, porque en el fondo (Contramaestre lo deja entrever) Reverón hubiese podido ser un animador genial”. El hipotético ensayo de Carlos Contramaestre de convertir en héroe de la farándula a “un miserable pintor para poner de acuerdo la fama de su obra con las tristes peripecias de su vida descalabrada”
—Armando Reverón. El Hombre Mono—, es dispuesto como un barroco juego de espejos en el que Calzadilla, cual Velázquez en unas Meninas modernas y tropicales, dispone el decorado y la trama: en primer plano, una imagen desplazada de Reverón desde su miseria original a los panteones de una fama ornamental, ceremoniosa y acartonada; en segundo plano, el juez y guía de la sociedad de masas: la TV, sacerdotisa de la cultura del espectáculo, omnímoda, omnipresente, omnipotente; y, finalmente, todos nosotros, espectadores de un show de Renny Ottolina ahistórico e intemporal.
Juan, reincidente de la vigilia y visitante desde el ensueño, volverá, con el paso de tiempo, una y otra vez, a la casa de Reverón. En Castillete, un protagonista silencioso, escribe: “Los restos de la estructura arquitectónica desarrollada por Armando Reverón para vivir y crear en una morada cosida al cuerpo, según las necesidades de su desplazamiento frente al lienzo y la vida, constituyen hoy [1997] un hito de nuestro patrimonio cultural. La casa de Macuto donde resultara la eclosión de esta obra fundamental es la representación objetivada del mundo interior del artista... Concebido en principio como vivienda y taller, el Castillete de Macuto transcendió esas meras formulaciones vitales para convertirse con el tiempo en la representación física del universo de Armando Reverón. Testamento, morada y reino de su utopía, albergue de sus múltiples objetos, circo para el juego y plataforma teatral, el Castillete recupera para nosotros la imagen de una arquitectura orgánica desde cuyo ámbito solar la obra del artista concentra e irradia hacia el exterior la energía que le comunica una sabia, constante y metódica interacción con la naturaleza”. Y páginas más adelante, precisa en un juego de reiteraciones: “Reverón se movió en este espacio como si su casa fuera de la naturaleza. El Castillete en pleno era para él parte de la naturaleza. Pues no establecía límites entre él y lo que lo rodeaba. Lo que rodeaba, la naturaleza, era también parte de él. Y se esforzaba en comprenderla”.


II
Decía Wilde que una manera de vencer sobre la tentación es sucumbir a ella. Venzo la tentación que supone para mí escribir sobre el momento en que supe que Juan Calzadilla era poeta y hablo de aquel libro desollado: Ciudadano sin fin es un libro dos veranos mayor que yo, fue publicado por Monte Ávila en 1970; es una antología que reúne poemas de Dictado con la jauría (1962), Malos modales (1965), Las contradicciones naturales (1967) y Ciudadano sin fin (1969). En la misma tienda de libros usados encontré suelta la contraportada donde leo: “Fue una poesía donde la palabra quiso ella misma testimoniar sobre la violencia social encarnándola en las condiciones en que el creador aceptó el reto de la realidad para hacerla objeto de su lenguaje primordial. Escrita casi siempre en forma de monólogo, en primera persona, la poesía de Calzadilla describe acciones absurdas e irreversibles atribuidas a un personaje mítico, oscuro, sin papel en la sociedad, el ciudadano sin fin del título del libro, sujeto alienado por sus relaciones monstruosas con la ciudad, privado de convivencia y destino”.
El ciudadano sin fin de lo cotidiano, ficha anónima, peón en el ajedrez urbano, es pintado en una galería de retratos sin rostros: “diariamente soy empujado a ser otro / y el papel me va bien / Los modales de reptil con que cubro las apariencias abruman la soledad de mis trajes desmedidos, arruinan el efecto de mis máscaras”. En Los métodos necesarios: “las costumbres han hecho de mí un ser abominable / impaciente, aguardo todo el día como un funcionario privado del sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado eternamente a su silla”. Y allí, en ese retrato erosionado por la rutina, florece la violencia: “...me reconozco en mi córnea de salamandra furiosa / me reconozco en la selva urbana que me propone una máscara / para dar los buenos días desde una claraboya demasiado alta / me reconozco en la oscuridad donde dejo de verme y en medio de mi alegría cifrada por los despojos de miseria que apuñala mi ojo”.

Por las noticias que nos da este libro, al mismo tiempo que nos enteramos de que Calzadilla fue uno de los miembros fundadores de El Techo de la Ballena, se nos descubre que nació en Altagracia de Orituco; y este dato aparentemente vano, es clave: explica el deambular de Juan por Venezuela como si estuviese a la caza de una casa. Su silueta delgada se le ha visto llevada por los vientos en La Vela de Coro, proyectar su sombra puntual en mitad de los rigores solares de Curiana, la antañona Santa Ana de Coro. Los cabellos de otoño y plata riman con el perfil de la Cordillera Andina, la plaza Bolívar de Mérida atestigua su peregrinar bohemio en el frío purpura de la noche constelada.
Fue en Mérida donde firmamos un Manifiesto que Calzadilla nos propuso en defensa de la poesía como expresión de la condición humana, “...de lo que se trata ahora es de encontrar poetas que sepan decir presente, poetas que deseen juntarse al resto de los mortales para luchar por sus causas...”.
El nacimiento en un pueblo también explica —o cuanto menos ayuda a entender— un rasgo constante en los poemas reunidos en Ciudadano sin fin: un como antagonismo ante la ciudad. La ciudad es un leviatán: “como Jonás lleno de incertidumbre / moré en el vientre de la cuidad / esto sucedió una vez y siempre / en las cuatro estaciones de mi vida”. En Vivo a diario, la ciudad se perfila como el apetito insatisfecho de una deidad pagana: “...y río primero sin llegar a ser el último / y río de último siendo el primero / río de miedo-pánico y de hambre canina cuando la ciudad hace la digestión de sus víctimas / que sueñan sin poder dormir / y que duermen sin poder soñar”. En Ciudad sola: “Al llegar, el viajero busca alojarse en el más antiguo hotel, sin siquiera percatarse de que la ciudad fue abandonada desde hace mucho tiempo. Y es que esa impresión de ruina y soledad que descubre por todas partes resulta apenas comparable con su tristeza de visitante”. Una ciudad abandonada en la que “el viajero ha tomado la determinación de instalarse”. Pero la ciudad es acechada desde sus entrañas por este ciudadano infinito: “Espléndida ciudad bendice las alcantarillas / y las cicatrices de tus muertos acércame el cuchillo / soy reo que empuja una piedra de centella / demasiado grande hacia el borde inalcanzable de un abismo / y espero que ésta no sea mi única oportunidad / y espero que ésta no sea mi última oportunidad”.

Desde aquellos días en que la juventud quería tomar el cielo por asalto y el ciudadano sin fin acechaba desde las entrañas de la ciudad caníbal, han transcurrido muchos desvelos y muchos sueños; aquellos sueños de los que el poeta, crítico e historiador del arte, Juan Calzadilla escribiera en Dualidades: “Si duermo ya no soy culpable, excepto si sueño”.


Tomado de la siguiente dirección:



En torno a las PROTOFIXIONES de JUAN CALZADILLA



-Rafael Rattia-



De tantos libros que leemos, y que se alojan para toda la eternidad en nuestra caja craneana, ya uno no sabe a ciencia cierta, con el perdón de la tautología, en cuál de tantos fue que leímos tal o cual frase. Traigo a esto colación porque un libro Protofixiones. Ediciones "El Mar Arado, 2005. Caracas, Venezuela, 79 páginas. del egregio poeta, ensayista y artista plástico Juan Calzadilla, (Estado Guárico, 1931) comienza su último libro de “ficciones mínimas” con una historia que tienen como protagonistas al padre del surrealismo francés André Bretón y su inseparable Nadja titulada, parafrásticamente: “La venda en los ojos y el corazón en el abismo”. ¿No fue Bretón quien dijo que iba por el mundo con “una flor en la solapa y el ojo en el vértigo”? A propósito de esta cita que temerariamente le atribuyo a Bretón, creo recordar que el gran Michel Foucault decía que: qué podía importar de quién es esta frase o aquella si lo dicho fue dicho y escapa a su autor para pertenecer al patrimonio cultural de la humanidad. Pues bien, leyendo estos poco más de sesenta cuentos cortísimos advertimos que la aristocrática estirpe a la que se encuentra afiliado Juan Calzadilla es la misma que cobijó al Maestro del relato corto, el guatemalteco universal Augusto Monterroso. Se trata de una materia verbal que configura su anecdotario fundándose en inevitables experiencias íntimas de irreductible índole literario como son las arrebatadas lecturas del poeta, o en su defecto anécdotas basadas en las intransferibles vivencias, valga decirlo de una vez con prontitud, vividas por el extraordinario artista plástico que ex aequo exhibe nuestro Rodin de la palabra. Los cuentos reunidos por el propio Calzadilla y ordenados según su única voluntad, ostentan ambientes tenues y, simultáneamente fulgurantes; parecidos a un tapiz de su rica y compleja existencia de creador de universos radicalmente ficticios y no por ello menos legítimos. Realidades signadas por la impronta de lo que el gran Borges gustó llamar “el Otro el Mismo”. Esa realidad alterada por singulares registros de percepción sensibles como los del poeta es catalogada por la definición del narrador como “el reino de los otros”. Y el lector piensa luego de leer un cuento como “El reino de los otros” (pág 7) si cuando morimos ya no somos nosotros sino Otros, ¿acaso no es la coronación plena de la libertad como Absoluto?
Fiel a la marca distintiva de toda su vasta Obra literaria, el Maestro realiza un noble gesto para con sus lectores salvando de entre las infinidades de cuartillas perdidas entre sus libros literalmente inhallables textos memorables que de otro modo serían recordados los lectores como ejemplares incunables. En este extraño libro el diálogo interior es más que un simple ejercicio monologante; la mismidad del ser, eso que Hegel quiso dar a entender como el ser siendo él sin ser otro sino él mismo en su íntima y radical mismidad es lo que este escritor nos trasmite de una singular forma expresiva. Esta escritura de Calzadilla es una voluntad grafemática que parte de circunstancias particulares pero decididamente volcada hacia su propia autotrascendencia: hay en este libro esa intencionalidad que los alemanes quieren distinguir con la palabra Aufebauung y que alude a la autosuperación positiva de lo real por el sujeto. En este sentido nuestro escritor es un dialéctico que se inscribe en las sagradas ramas del árbol de la cultura universal enalteciendo la tradición y, al mismo tiempo, rompiendo formas y moldes anquilosados que se petrificaron de tanta vacua repetición y de tanto ritornello academicista al uso. Este libro patentiza el drama irresoluto de una conciencia del yo que se problematiza en toda su magnífica incongruencia. En estas páginas el yo sabe de su intrínseca y constitutiva escisión ontológica y eso es lo peor de todo: el escritor lanza a los cuatro vientos su desgarrada certeza de saberse presa de esa disyunción irreductible propia de todo lo que lleva la huella del humano ser.
Leo con singular fruición estos cuentos que el escritor quiso denominar “Protofixiones” en un plausible intento por no dejarle la guinda del catálogo a la crítica literaria ni a los estudiosos de la cuentística (narratólogos) el impertinente adjetivo y me conmuevo de nuevo en el solazamiento del escritor por los fueros de su martilleo nietzscheano quien decía, mutatis mutandis, “cuando vayas con el lector no olvides el látigo”. Me gusta esa negativa de Calzadilla, ese particular modo de aguarle la fiesta al lector. Sus audaces juegos de palabras (en toda su Obra es una constante) lo convierten en el portaestandarte de los incendios líricos que no encaja en los almidonados corsés de la Academia venezolana. Juan Calzadilla utiliza las palabras para, de alguna manera, sabotear el falso prestigio de la Palabra instituida; tal vez eso le venga de sus zozobrantes travesías por la guerrilla semiótica de la contestación al lenguaje oficial cuando abrevó en El Techo de la Ballena y en otras incursiones colaterales del compromiso histórico de la poesía con el sueño de Rimbaud de querer “cambiar el mundo, transformar la vida”. Se dice que “de aquellos polvos vienen estos barriales”. Hoy el código está invertido. El que quiera entender que entienda.
El discurso, la significación de la palabra que instituye y legitima un orden y una racionalidad; la materia verbal con que se moldea y da formato a un singular orden del mundo y de la vida es objeto de cuestionamiento por nuestro escritor a través de pretextos o, mejor dicho, de textos literarios capaces de darnos “la daga y la herida” como quería el autor de “Les fleurs du mal”. Hay mucha irreverencia en estos cuentos de Calzadilla y por ello no se traiciona en este libro. Como lo dice el mismo escritor, al menos así lo interpreto yo: no hay nada mejor para el poeta que su inalterable condición de forastero. Hay que ir más allá poeta: más que un eterno exiliado, sin patria ni documentación, el poeta es el meteco de la lengua que se ensaña en deshabitarle. Cómo no suscribir esa radical ausencia, ese no-lugar, ese espejo alterado que es el poeta respecto del tiempo y la Historia que se empeña en eviccionarlo de su natural topos, es decir de su lengua. La diversidad psíquica del yo; la dúplice condición del alter ego que incesantemente nos increpa y reclama sus fueros, son materias temáticas que el escritor hace suyas con una solvencia pasmosa y esto también el lector lo agradece. Sólo un espíritu heterodoxo, que toda una vida ha sostenido una doxa diferente a la opinión institucionalizada por el logos dominante, como Calzadilla puede tener la osadía de salir a la calle gritando: “¡Soy invisible, soy invisible!”. Es uno entre tantos aciertos y maravillas que el rico y matizado anecdotario calzadillano se permite obsequiar al lector que tiene el privilegio de beberse estas magistrales e impecables “Protofixiones”. Estos cuentos están destinados a sobrevivir a los avatares consubstanciales a la época histórica que los vio cobrar vida propia, autónoma e independiente de su creador. Aquí está, pese al propósito del autor, la prosa virulenta y sanguínea que hacía falta a la narrativa venezolana; he aquí, señores de la discordia literaria, una escritura santificada por las aguas bautismales de una praxiología estética que nunca se desdijo y que por encima de toda adversidad supo llevar con inmarcesible pulcritud el estandarte de la poesía hasta cimas inimaginadas en Venezuela y en Hispanoamérica.


Tomado de la siguiente dirección:


Los AFOREMAS de Juan Calzadilla




-Rafael Rattia-


Los lectores de Hispanoamérica siempre esperamos con ansiedad un nuevo libro de este autor venezolano convertido ya en imprescindible de la literatura en lengua castellana. Es una de las pocas voces nacidas en los años treinta del siglo pasado que mantiene una absoluta fidelidad al raro oficio de “francotirador” de las letras nacionales. Obviamente, es un ARTISTA integral e íntegro. Poeta por sobre todas las cosas, dibujante, crítico de arte destacadísimo (fue reconocido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1996) y, repito, una de las escrituras más heterodoxas e irreverentes de la tradición poética venezolana de la última centuria.
Es un libro compuesto por cuatro cuadernillos de impecable factura literaria; un tetrálogo de bellísimas joyas poéticas que, como el resto de su obra lírica está destinado a concitar la polémica y la discusión sobre el arte de la creación verbal.
El Prólogo a estos AFOREMAS está escrito con lúcida enjundia por el también escritor J.A. Calzadilla Arreaza y en cuyas líneas se pueden leer ciertas advertencias sobre esta asombrosa poética combinatoria que postula el Maestro Juan Calzadilla con esta fusión magistral de aforismos/poemas. Un humor incisivo y cortante, muchas veces rayano en el sarcasmo se deja leer en estos poemas-telegramas que llevan la inevitable impronta de la crítica mordaz de la prosa poética calzadillana. Las ideas se suceden con una fluidez casi sobrenatural en este hermoso libro del autor de Dictado por la jauría (1962); ideas que piensan el lenguaje desde su propia interioridad. ¿Acaso se podría pensar el lenguaje desde una instancia distinta a su propia naturaleza plástica y mutable? Podría decir, eso sí, que este es el libro más reflexivo del autor; pues entre la veintena de libros que ha publicado hasta ahora es el que toma la escritura y sus corolarios como eje temático de análisis e interpretación. No espere el lector encontrar verdades en este libro y sí mucho denuedo y afán de búsqueda. Mucha provocación aforemática –como reza el Prólogo- y nada de verdades apodícticas. Esta poesía está más cerca del milagro contenido en las cosas y los seres que en la pretensión omniabarcante que fachendosamente quisieran las palabras otorgarle a las cosas mismas.
Y es que la arrebatada lucidez poética de este autor viene sellada con una huella escéptica y ello le impide radicalmente buscar feligreses y prosélitos entre los lectores. La lucidez es incompatible con la catequesis; en consecuencia no espere el lector encontrar en este libro verdades pontificiales ni dogmas absolutos. Hay sentencias epigramáticas que me hacen recordar a Pirronne, a Diógenes el cínico, a Protágoras de Gorgias y al mismo Heráclito de Efeso por su manejo dialéctico de la idea y la elegancia de su ironía, por el preeminente lugar que ocupa el matiz, el giro imperceptible del lenguaje en el poema-objeto. Además, hay tres elementos que acompañan estos Aforemas: musicalidad, imágenes e intelecto. Siempre destaca el logos, la idea, el pensamiento en el enunciado sintáctico pero nunca en detrimento de la cadencia y la musicalidad de los poemas. La imagen irrumpe con inusual fuerza persuasiva desde el texto produciendo insólitas asociaciones de contextos históricos y culturales. Las estructuras del lenguaje poético postuladas por Calzadilla en este libro aluden más a la dirección del sentido que a la formalidad del mismo. El empleo de los recursos expresivos paradojales, la sintaxis conscientemente contradictoria, la premeditada subversión de la lógica semántica tradicional, el fatalismo incrustado en la esencia de sus proclamas verbales convierten a este escritor en aristócrata clochard de la literatura venezolana. Los Aforemas de Calzadilla logran lo que pocos poetas han alcanzado en la sisífica tarea de nombrar el mundo: resemantizar el ser y las cosas proponiéndole al lector un metálogo que problematiza la existencia en vez de simplificarla. Los textos poéticos y aforísticos aquí vertidos forman una poliédrica coreografía de voces que se escriben en forma de palimpsestos.
Con respecto a los ejes temáticos que atraviesan este casi centenar de poemas: no son muy distintos de los que distinguen a los tratados por el escritor en su obra poética anterior. El afán denodado por explicar la madeja inextricable del mundo y la vida, la duda dudante que se interroga y problematiza en incesante autorecusación, el yo cotidiano y por ello mismo trascendente del sujeto lírico que admira el gesto suicida de un portero y desdeña las poses vanidosas del poeta, la naturaleza humanizada y la humanidad naturalizada en su forma de réplica mental, la mismidad del otro implícita en la singularidad del nosotros, los enseres y corotos personales del poeta, la urbe con todos sus atavíos de progreso, modernidad y desolación; forman una intrincada red de íconos y temáticas susceptibles de explicitación teorética en el poema como maximización de la belleza del mundo.


Texto tomado de la siguiente dirección:


Oh, Smog, una poesía diferente



-Basilia Papastamatíu-

Quizás uno de los más recientes aciertos de la editorial Arte y Literatura ha sido publicar una antología de la obra de uno de los mayores poetas venezolanos contemporáneos, Juan Calzadilla. La investigadora norteamericana Catherine Hedeen y el escritor cubano Víctor Rodríguez, autores del prólogo y de la selección, le dieron el mismo título, que el de uno de sus conjuntos poéticos, Oh, smog.
A Calzadilla se le conoce no sólo como poeta, tuvo la especial virtud de desplegar su creatividad en otros campos con igual talento y brillantez, por lo que aparece destacado unas veces como artista plástico –fue Premio Nacional de Artes Plásticas en 1996-, otras como crítico de arte, editor o periodista.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en todas sus facetas, podemos agregar que Calzadilla es además un ser humano que, en vez de encerrarse en su éxitos individuales, ha sabido asumir los compromisos existenciales y sociales que estos tiempos requieren. Y aun cuando cuenta con más de sesenta años de vida, no sólo se mantiene activo como autor sino que, como tal, continúa demostrando y reafirmando esa rebeldía anticanónica y anticonvencional de sus tiempos juveniles. Su poesía nace de la trasgresión, de la desacralización de los modelos establecidos y venerados. Para Calzadilla no hay más reglas que las que él mismo quiere crearse, y por única vez, no para establecer pautas y normas estéticas a seguir, sino para contribuir a la transformación permanente de la palabra, del discurso y del arte.
Es por eso que en su obra encontramos constantemente “poéticas” para que los lectores entiendan y compartan esta voluntad de hacer-deshaciendo o, apartándose de lo anteriormente creado, para inquietarlos y remover su pensamiento con algo estimulantemente nuevo. “Llegar a hacer sólo las cosas en que se es celebrado –ha escrito Calzadilla-, expone al peligro de la rutina del éxito, entendiendo por éxito lo que para los demás está bien que usted siga haciendo, pero actuando así se hace el ridículo ante uno mismo”.

No le interesa ser apacible y conformista. Sus inéditos “cruces”, las inesperadas asociaciones que generan las articulaciones de su escritura nos recuerdan cuánto nos queda aún por descubrir de las posibilidades del lenguaje y del arte. Juan Calzadilla nació en 1931 en Altagracia de Orituco, del Estado Guárico. Fue uno de los principales protagonistas del proyecto cultural-revolucionario que promovió la revista El Techo de la Ballena, entre 1961 y 1968. Luego fue editor de otra prestigiosa publicación cultural, Imagen. Entre sus libros de poesía figuran Dictado por la jauría (1969), Malos modales (1965), Las condiciones sobrenaturales (1967), Ciudadano sin fin (1969), Oh smog (1978), Antología paralela (1988), Minimales (1993), Principios de Urbanidad (1997), Corpolario (1998), Diario sin sujeto (1999) y Aforemas (2004).
Debemos señalar que Juan Calzadilla, junto con otro miembro de El Techo de la Ballena, Edmundo Aray, han sido quienes han mantenido hasta ahora con más fuerza y coherencia el espíritu de este grupo de fértiles y muy imaginativos creadores, fundamentalmente escritores y artistas plásticos -algunos ya lamentablemente fallecidos-. Lo integraron, entre otros, Salvador Garmendia, Francisco Pérez Perdomo, Adriano González León, Perán Erminy, Efraín Hurtado, Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles, Daniel González y Dámaso Ogaz. Calzadilla ha permanecido, en efecto, activo y fiel a su vocación renovadora tanto en la vida como en la obra. Se nutrió de lo mejor de las vanguardias literarias, en particular la escritura surrealista y, al mismo tiempo, como ya dije, se comprometió con las luchas políticas y sociales que se desarrollaron en nuestro región latinoamericana a partir de los sesenta.
Los autores de esta buena antología señalan en su introducción que: “Con su espléndida poesía, que logra unir la radicalidad política y estética, consigue no sólo representar sino participar en el mundo, Calzadilla reestablece la fe en la poesía. En el pórtico de su más reciente poemario, significativamente titulado
Libro de las poéticas (2006), concluye que en la actualidad asistimos a la reconstrucción de la esperanza en que la poesía y todo lo que la acompaña, incluido el que la hace, están obligados también a perseverar”.
Y para terminar quiero destacar algunas expresiones claves de este gran poeta venezolano que tanto nos perturba; y que nos estimula, al mismo tiempo, a ser siempre inconformes, siempre diferentes, y a hacer (y esperar) de la poesía que también sea siempre sorprendentemente aportadora e inquietante:
“Quiero que la poesía reine (…) Que deje abierta a la duda la puerta del entendimiento / Y que excluida de la voluble trama metafísica / de la versificación pura / ponga las cartas sobre la mesa.” ("Quiero que la poesía reine").
“¡Por qué tienen que ser las palabras las que den la cara por el sentido! Arréglatelas para entender, / tal es lo que el poeta dice. / Y tiene razón, porque él tampoco entiende.” ("Entrelíneas").
“La forma métrica en nuestra época es una de las fórmulas concretas que se tienen a mano para justificar que todavía se puede escribir poesía sin tener nada que decir. O sea acudiendo a las formas y presentándolas como a la poesía misma…” ("La forma como subterfugio").
“No hay que dejar de reconocer que la poesía se volvió problemática, incluso para los que la hacen. Y en este sentido son más las preguntas que las respuestas que ofrece. Su espacio actual es la provisionalidad, y su frontera, la desconfianza. Su estructura, la falta de forma. Su resultado, la incertidumbre…” ("Todo lo que no cabe en la página").
Oh smog es una antología que sin duda merece ser leída. La recomiendo con énfasis.


Texto tomado de la siguiente dirección:

Juan Calzadilla, camarada del amanecer



El perdedor es su universo
aunque desea ser feliz
y aun quien dice que está cuerdo
pongamos que hablo de Joaquín.
L.E. Aute.


A Alexander y Eva, quienes comparten con nosotros la bella simiente de la vida.
A los trabajadores del Ateneo: Pongamos patas arriba las fotos de Urosa y Uribe, pa’que se prenda la rumba.


-José Carlos De Nóbrega-


No me canso de decir que Juan Calzadilla es el poeta más joven del país. A sus setenta y ocho años, sigue obsequiándonos libros y dibujos asombrosos. Su actitud crítica y traviesa ante la vida persiste con terquedad: Su propuesta plástica, Poética visiva y continua, vincula el dibujo y la poesía con absoluta impunidad; es caligrafía que recrea en el museo un maravilloso circo que complacería a Mateo Martán, atenuando así el dolor de su alma escindida y astillada.

El poeta abre el cuerpo del poema para escrutar las almas resbaladizas de los espectadores; dialogamos con nuestro amigo en el vouyerismo de la ranura que nos invita a dar el gran salto. Los libros de Juan tienen un indudable carácter objetual, pues son tocables y nos tocan de la única manera posible, esto es por vía de la Poesía del Decir. Tomamos estos cuerpos escritos con una dosis de simpatía, complicidad y sumo placer: Agendario (1988) nos demuestra una vez más su visión cruda, irónica pero amorosa de la ciudad; el estrecho e inútil formato de la agenda se convierte en la cama sobre la cual se revuelcan cuerpos desnudos, bestias y versos insólitos. El discurso transgenérico no es pose intelectual ni diletante experimentalismo vacuo, sino la encarnación deliciosa del juego de la línea y la palabra: “En nuestra ciudad hay muchas variedades / de perros y una sola especie / de ciudadano: el perro”. Si bien un guariqueño, Enrique Mujica, nos enseñó a escuchar y saborear el habla llanera en tanto trapiche –almacén, inventario y alambique-, este muchacho de Altagracia de Orituco hace otro tanto en el abordaje lúdico y combativo de la ciudad: “como jonás lleno de incertidumbre / moré en el vientre de la ciudad”. No hay una preocupación compulsiva por el estilo, pues las flores de papel de seda no son más que un triste remedo de la realidad circundante; se trata de decir las cosas con la propiedad y la soltura que necesita el coito de la voz poética con el mundo, no importa si el tenor es dramático o sardónico. Nos complacen hoy dos nuevas manifestaciones del espíritu juvenil e incansable de Juan Calzadilla: Nieve de los Trópicos / Sobrantes y El Techo de la Ballena 1961 Antología 1969, de la cual es coautor y prologuista.
Nieve de los Trópicos / Sobrantes (2009) es un precioso libro-objeto editado por el Instituto de las Artes, de la Imagen y el Espacio. Su cuerpo contiene reflexiones sentidas y desenfadadas en torno a las artes plásticas y a la poesía, teniendo como telón de fondo más de veinte dibujos plenos de trazado mágico y juguetón. El texto en prosa mata la sed en el lamedero que integra diversos afluentes: la poesía, la filosofía, la crítica de arte, el aforismo comentado. Podría afirmarse que es un antimanual estético hecho a retazos, al igual que el disonante concierto de múltiples voces que estalla en nuestra cabeza, paseándose burlonas en la vigilia, la modorra y el sueño. Nos toca su fácil acceso e inmediatez, no en balde las numerosas sugerencias y lecturas que se derivan de este ready made o cadáver apetitoso: “Sin embargo, uno escribe para el que sabe tanto o más que uno, pero está obligado a hacerlo como si se dirigiera al que está apenas enterado”. Reivindica entonces la transparencia del acto escritural, pues la simplicidad de la forma es el mejor recipiente para la profundidad conceptual. En “Reverón” tenemos una aproximación al hombre y al personaje, exenta –eso sí- del discurso académico que encandila al ojo caníbal en la comilona del objeto artístico: “- Inventé un personaje que interiormente se identificaba con mi verdadero yo. Como no supe mantener la distancia entre mi persona real y el personaje inventado, terminé loco. Pues me tomé por aquel”. La conversación es inevitable y significativa, pues responde Vicente Gerbasi con sapiencia y elegancia: “La playa es un cristal de mediodía / que anula los colores. / Solo en el fondo del espejo / se hunde el fantasma / de una acacia en flor. / Esta es la bahía / pintada en su casa de palmas. / Los ojos de sus muñecas / me miran como girasoles”. También ambos poetas se refieren a Manuel Cabré: Juan dice que “En sus mejores momentos el gran amor continuaba siendo para este paisajista el cuadro, no el paisaje. Sería absurdo que como pintor hubiese amado a la naturaleza más que a la pintura”; en tanto que Vicente canta al cerro El Ávila, “La montaña / cambia / con la pesadumbre del mundo. / En la penumbra / se vuelve una violeta oscura. / Por la noche se alumbra con astros / y murciélagos”. Este pequeño libro es el ancla del diálogo intertextual y multidisciplinario que alimentó la obra de Leonardo Da Vinci y Michelle de Montaigne; el ejercicio del arte y la crítica que lo celebra, no separa en compartimientos estancos lo culto y lo popular. Por el contrario, este bello objeto –nevado y tropical- los abarca en un abrazo harto conciliatorio. Juan apuesta por la libertad artística en el combate a la subvención de proyectos egocéntricos y no personales que no involucran a nadie, así como también la privatización de los espacios culturales para excluir de golpe y porrazo la participación del pueblo de a pie.
El Techo de la Ballena 1961 Antología 1969 (2009) es otro libro afectuoso que se nos antoja un álbum familiar que Monte Ávila Editores Latinoamericana nos obsequia, cumplidos sus cuarenta años de edad. Juan Calzadilla es coautor, prologuista y acucioso anotador o recensionista de esta estupenda colección transgenérica. A pesar de que ha pasado más de cuatro décadas, El Techo de la Ballena mantiene vigente –en la memoria y la imaginación- sus atrevidas propuestas estéticas y políticas, sin importar la intermitencia de las modas artísticas ni el despropósito ontológico y ético de las patotas políticas. Es pertinente revisitar los manifiestos, los textos literarios y las exposiciones de arte de este irreverente cetáceo que en su momento sacudió al país nacional y escandalizó al país político (incluimos aquí a los aparatos ideológicos del estado con sus maestros idiotas, curas cabrones y periodistas tarifados). He aquí un ejemplo zahiriente: “Demostrar que la Ballena, para vivir, no necesita saber de zoología, pues toda costilla tiene su riesgo, y ese riesgo, que todo acto creador incita, será la única aspiración de la Ballena. Percibimos, a riesgo de asfixia, cómo los museos, las academias y las instituciones de cultura nos roban el pobre ozono y nos entregan a cambio un aire enrarecido y putrefacto. La Ballena quiere restituir la atmósfera”. Se abandonan las asépticas instalaciones museísticas, para exhibir las reses tasajeadas de un necrofílico Contramaestre y los tótems petroleros de Daniel González en los garages que constituyeron las basílicas del rock y el arte contestatario. La obra individual y en colectivo de sus integrantes descansaba en el compromiso artístico y político sin medias tintas ni eufemismos: “Como los hombres que a esta hora se juegan a fusilazo limpio su destino en la Sierra, nosotros insistimos en jugarnos nuestra existencia de escritores y artistas a coletazos y mordiscos”. Caupolicán Ovalles, Carlos Contramaestre, Edmundo Aray, Adriano González León, Efraín Hurtado, Salvador Garmendia, Daniel González, Jacobo Borges, Dámaso Ogaz y, por supuesto, Juan Calzadilla son conspicuos cófrades de nuestro aprecio y respeto. Sin duda este libro, magníficamente diagramado y diseñado, se leerá con morbosidad y goce sensual; es una edición imprescindible y amable como las dos ediciones de Las Celestiales de Miguel Otero Silva, las cuales evidencian la hipocresía y la falsedad de políticos, obispos y palangristas hermanados en el desprecio del Otro, nuestro semejante, espejo único en el que nuestra humanidad se refleja en la transparencia y la solidaridad.
En Valencia de San Simeón el Estilita, ciudad amante de Juan Calzadilla que lo aguarda en la erótica contemplación de los huesos de San Desiderio, viernes 27 de noviembre de 2009.



Tomado de la siguiente dirección:


Notas para NIEVE DE LOS TRÓPICOS / SOBRANTES



-Juan Antonio Calzadilla Arreaza-


Juan Calzadilla tiene un axioma que le permite accionar y moverse, simultánea y transversalmente, en todos los terrenos expresivos. Éste es: “Toda expresión es poesía” (entendiendo que expresión es toda materialización de un sentido). Este axioma lo acompaña con un viejo corolario surreal, de raigambre democrática en el interior de una estética posible: “La poesía debe ser hecha por todos”.

Aunque pudiera verse una ironía de tono nostálgico en el texto “El arte somos todos”, en él se nos arrojan los postulados de este teorema panpoético:

“Queríamos que todo individuo materializara su presencia en el mundo como una forma de arte que consistiera en él mismo.”

“Dispusimos que cada quien llevara puesto un marco a fin de transmitirle con él nuestra fe en el arte, demostrándole la conveniencia, y hasta la necesidad, de transformarle, por efecto de su enmarcamiento, no en un receptor sino en un sujeto artístico.”

“Esta concepción bajo la cual se consideraba a los individuos como portadores de una forma artística que consistía en ellos mismos, la extendíamos también a los objetos, a los animales, a los árboles…”

“Concebíamos la ciudad como un gran marco en cuyo interior, como bajo una carpa, cabía justamente nuestra convicción de que ustedes y nosotros, todos, absolutamente todos, todos éramos el arte.”

[El arte somos todos, p. 8]


II.
Jorge Luis Borges llegó a expresar la idea de que el género de una pieza literaria lo determina el lector según sus expectativas. Juan Calzadilla comparte con creces este concepto. Así, más que como un conjunto de anotaciones dispersas (aunque también lo sea), el volumen NIEVE DE LOS TRÓPICOS / SOBRANTES puede, y quizás debe, ser leído como un tratado aforístico sobre estética y poética contemporáneas, signado él mismo por la interrupción, la discontinuidad, la repetición y el simulacro, como las condiciones de producción y de posibilidad de la obra de arte en nuestros días.

Calzadilla sólo sigue la norma ética-estética nietzscheana que descarta la voluntad de sistematización como un falseamiento y una falta de honestidad. Así, nos dice:

“La prosa continua y corrida está preñada de la ilusión de un saber único, unitario y global…”

“Lo que estos escribas olvidan –o tratan de olvidar- es que el pensamiento y la vida misma se presentan como una secuencia de fragmentos interrumpidos cuya síntesis pareciera ser la conciencia de que ese saber en apariencia orgánico y tautológico es un amasijo intertextual de espacios unívocos y amorfos…”

“Olvidan también que el lector unitario, global y sistémico es una entelequia del texto.”

[Prosa y verso, p. 56]


III.
Calzadilla ha querido obviar en este libro, desde las primeras páginas (aunque luego las retome, una vez que la intensidad se vea fundada en sus conceptos), toda la estilística y la retórica tipográfica del poema, como si quisiera facilitar la lectura del neófito, para presentar lo más prosaicamente posible las vicisitudes de un pensamiento estético, y de una estética del pensamiento, deslindando un doble o una máscara de filósofo que calza al ras de su propia piel. Un ejercicio de no-estilo conquistado por su propia madurez, sus amplios recorridos por la poesía, la crítica y la propia creación plástica.

“Quiero que la poesía reine pero que actúe como la prosa. Informal y campechanamente. ¡Que no abrigue en sí tanta pretensión de obra maestra! Que esté escrita principalmente en prosa, prosódicamente…”

“Que extraída de la voluble trama metafísica de la versificación pura ponga el sentido sobre la mesa.”

[Quiero que la poesía reine, “Libro de las poéticas”, p. 61]


IV.
Poco le importa al autor que este gran boceto estético sea llamado “moderno” o “posmoderno”. Su urgencia es la actualidad, su vínculo de intensidad (de sentido) con el presente, sobre el fondo de una crisis global del arte de la que Calzadilla se percata abismalmente, testimoniando, sin lamentarse, la muerte de la pintura de caballete o de la poesía objetualista.

Lo que debe quedar vivo, entre los mil pedazos del espejo roto del arte, es la afirmación de vida del sujeto del arte, es decir, el género humano, en el entendido de que el arte (y la poesía) es puro sujeto.

Por eso las grandes interrogantes que rondan y se circunscriben a sí mimas en estas series abiertas atañen a nuestras actuales, remanentes necesidades estéticas, a lo que, todavía, nuestra época espera de la belleza.


V.
Entre los principios, numerosos y dispersos, de esta estética contemporánea, surgidos en el destello de cada hallazgo aforístico material y concreto, como recordando aquella sentencia de Simón Rodríguez según la cual los principios están en las cosas, señalemos tres de los más insistentes:


La obra es la mirada:

Entendiendo que la mirada es un acto conjunto, interpenetrado y simultáneo de Pensamiento y Sensibilidad. Que es la conjunción de estos dos procesos lo que constituye el Sentido en general, y en especial ese fogonazo que debe ser la manifestación del Sentido como efecto de la obra de arte.

Si hemos perdido el arte es porque hemos perdido esta mirada simultánea. Con lo que no es de extrañar que hayamos perdido la crítica.

La crítica no antecede a la obra de arte pero es una de sus secuelas necesarias, y en su ausencia la obra fracasa, perdiendo su carácter universal y necesario que la hace emerger de la indiferencia o el inmediato olvido. La crítica es una metáfora de la obra, pero revela que la obra es una metáfora de la metáfora.

Cuando Calzadilla coloca todo el libro NIEVE DE LOS TRÓPICOS bajo el signo del lema contenido en su epígrafe, apunta a esta bilateralidad indisociable del Concepto y del Goce presente en el Sentido. Crítica y Obra representan la interacción, y la síntesis, de Pensamiento y Sensibilidad. Dice:

“Así como el fin práctico del arte es producir la necesidad de él, el fin práctico de la crítica es volverse tan necesaria como la obra de arte.”

De este criticismo radical, que trae por consecuencia una desfetichización del objeto artístico para convertirlo en un continuo proceso existencial humano y social que va mucho más allá del marco y del soporte, dan testimonio numerosos textos.

En “La obra de arte es lo que se dice de ella” (p. 19), se plantea claramente el problema complejo de la relación entre el Gusto y la Idea:

“Es ingenuo pretender que el individuo va a encontrar bella una obra, y por lo tanto loable y/o estéticamente justificable, sencillamente por el hecho de que, a primera vista, estando preparado para recibirla, su sensibilidad lo decida. De nada valdría esta predisposición si en su fuero íntimo, la considerara desagradable o fea, en su conjunto o en sus partes, si fuera incapaz de superar esta impresión negativa que a primera vista recibe. Su impresión negativa es también una manifestación estética de su sensibilidad. Por eso, si se buscara un argumento para que entienda la obra, habría por lo menos que explicársela. Y entonces el individuo no es el que decide sobre lo que es bello; ni la obra de arte lo sería más que por lo que se dice acerca de ella.”


El paisaje está en la mente:

No quiere decir en absoluto que la naturaleza o la materia no existan, sino que el arte es una naturaleza, una materia por sí misma, y que merece el reconocimiento de ese mérito.

Cezanne no pinta el paisaje sino el cuadro del paisaje. No es el viento, es su mano la que bambolea el follaje.

“El tema del cuadro era el cuadro. No veía los árboles (ya los conocía), veía el movimiento de su mano. O mejor: la dirección que ésta imprimía a las hojas y ramas para que se viera como si un viento telúrico, surgido de lo más hondo de su mirada, las agitara, diagonalmente, en la misma dirección que les comunicaba, no el viento, sino el movimiento de su mano.”
[Pág. 26]

Cabré, como pintor, ama la pintura más que la naturaleza (así como se ama una mujer entre muchas), porque la confección del cuadro es su manera de ser naturaleza.

“En sus mejores momentos el gran amor continuaba siendo para este paisajista el cuadro, no el paisaje. Sería absurdo que como pintor hubiese amado a la naturaleza más que a la pintura.”
[Pág. 33]

Así, para hacer pintura realista basta asomarse a la ventana y dejar al paisaje mismo expresarse. Entendida así, la ventana supera al cuadro tal como la realidad supera la ficción.

“La escuela realista está representada en mi estudio por una ventana. Asomándome descubro todo lo que se puede ver por ella. Es decir, mucho más que a través de un cuadro.”
[Pág. 33]

El arte no reproduce la naturaleza como su objeto, él es otro objeto, físico y mental, de la naturaleza, que posee sus claves en sí mismo.

“Muy hermoso debe ser el paisaje
que elogias tomándote el trabajo de señalármelo
con la mano para que lo vea. Pero
yo sólo estoy viendo
aquello en lo cual pienso.
Bastante ocupado me tiene mi propio paisaje:
no un paisaje propiamente
sino un lugar en mi mente.”

[En: “Ecólogo de día feriado”, p. 27]


Finalmente:
El arte es el artista:

Pero no concebido como el individuo solipsista y narcisista que en muchos casos llega a ser, sino en tanto que elige como suya la vida del arte (¿al fin y al cabo una ética?). La obra como gran “juego incesante” que cubre todos los actos, físicos y mentales.
“Se va viendo cada vez más que lo importante es la decisión que el hombre tome acerca de la libertad de considerarse lo que a él le dé la gana. Si él decide que es artista, hay que creérselo; después de todo, con respecto al arte, él no tiene otra opción.”

“Ya no se trata de que el individuo decida que lo que hace es arte (Duchamp), sino de que, antes que todo, decida que antes que todo, él es artista. De modo que si no hay obra que no sea de arte tampoco puede haber individuo que no sea artista.”
[Pág. 20]

“Lo que más veo en la obra de Reverón son los procesos, la forma en que trabajaba, su relación con el entorno y con la naturaleza, su pathos de artista, su manera de llevar máscara, de hacer música del silencio, y de la obra juego incesante. Su apuesta permanente, su sentido del espectáculo.”
[Pág. 12]

Desde estas coordenadas al menos, me parece, lanza Calzadilla su observación filosófica dotada, más que de un cincel y un escoplo, de un escalpelo que haga del cuerpo abierto de lo real el verdadero soporte del arte, apoyado en la flexibilidad de su procedimiento, que concibe no como una simple mirada sino como “un método de visión”, es decir, una estética, en medio de la disolvente anarquía sensorial de nuestro tiempo, que no quiere más que hacernos rotundamente obtusos y, por lo tanto, insensibles.
Texto cedido por Juan Calzadilla

miércoles, 28 de abril de 2010

SOBRE LOS AFOREMAS*



-Juan Antonio Calzadilla Arreaza-



El aforismo es un entorno cerrado que acota una pieza de saber. Por eso la raíz etimológica de los Aforemas de Juan Calzadilla desvirtúa su noción de espacio circunscrito con el amplio sufijo ontológico-ema, cualidad de cosa, en estado de fluida indefinición. Aunque podría decirse también que aforema es una palabra-valija que expresa la combinación de unos objetos, aforismos-poemas, cerrados como los primeros, pero con la apertura de los segundos.
Pero es innegable que estos aforemas andan tras una idea, que no siempre los antecede, como patrón noético a copiar por la escritura, sino que muy a menudo la escritura misma ayuda a hilvanar, como en un gesto que utiliza la articulación del lenguaje para generar efectos conceptuales, paradójicos, irónicos, humorísticos, de un constante sabor crítico. Queda desconcertada la poesía objetualista ante este fluir ideacional en que el lenguaje piensa a través de sus propios movimientos, sesgos y escorzos. Pues todo el mérito pensador, analítico y constructor, pertenece sólo al lenguaje, opacando al inflado sujeto lírico de la poesía objetualista, ausentándolo ("Diario sin sujeto") o dejándolo arrastrar por elm discurso que lo lleva ("Notario al garete").
¿Poesía entonces qué? Tal vez meramente aforemática (si nos atreviéramos a ensayar en los géneros). Esta vestimenta de versos, meros pies tipográficos que persiguen núcleos ideativos, no hace sino retrotraer aún más los aforemas añ epigrama antiguo, añadiendo un hiperobjetivismo femomenológico que desecha todo lirismo que no posea algún matiz irónico. Una post-poesía encuentra circularmente la poesía menor de los antiguos, en una prosa de renglones secos aguisa de versos, cuya función es menos sonora que de apoyatura óptica para la invención sintáctica.

Un ejemplo de la Antología Palatina
Páladas de Alejandría (s.IV d. C.)

La ira de Aquiles también fue para mí motivo
de funesta miseria: soy profesor de letras.
!Ojalá con los Dánaos me hundiera la ira famosa
antes de que me mate del magisterio el hambre fiera!
Para que otra vez raptara Agamenón a Briseida
y "a Helena a su Paris", yop me he hecho mendigo.


II

Se recordará que Ezra Pound distinguía como tres grandes procedimientos poéticos la MELOPOEIA, la PHAINOPOEIA, y la LOGOPOEIA: respectivamente se trataba de la musicalidad (melopeya), la proyección verbal de imágenes sensoriales (fenopeya) y , como dice el mismo Pound: "la danza del intelecto entre las palabras" (logopeya). La que puede desconcertar al lector habitual de poesía en los Aforemas es su grado cero y cercano al cero de fenopeya, y sobretodo de melopeya, a favor de una hegemonía de la logopeya. El aforema exige el rigor de la lectura del sentido, encriptado en construcciones sintácticas que constituyen en sí mismas el hallazgo plástico de los textos, y que se libera, casi como un eigma que lo entraña, en un efecto intelectual o lógico (paradójico, irónico, humorístico, político, ético, etc.). A este fin, el lector debe asumir, como hace el autor, una ascética de los recursos melódicos e imaginarios del poema tradicional. Curiosa-mente Pound atestaba que a mayor madurez más se acercaba el poeta a la melopeya en su forma más cantante. En Calzadilla y sus Aforemas presenciamos más bien una casi exclusiva atención, acuciosa y ansiosa, hacia los mecanismos del sentido y los juegos de constitución de lo real mediante estructuras del lenguaje.


III

Anti-platonismo urbano, que asume los malos modales de los cínicos y su identificación con los perros, las paradojas con que los estoicos se burlaban de las esencias unívocas, o el sereno, viril, fatalismo escéptico, la filosofía de los Aforemas marcha, inmóvilmente, sobre el doble filo del signo o del poema que es como el puñal de la muerte que hiende el cuerpo con el sentido. El sentido debería existir como Ser, más allá del signo, ese bagaje irrisorio de las palabras que carga el poeta desnudado y desmitificado por el asfalto, pero no en el cielo de las ideas, sino tatuado por la muerte en el cuerpo vivo.
La palabra entonces se yergue contra la palabra, desenmascara su pretensión y su fatuidad: el poema desnuda la imposibilidad del poema; los montones de libros sirven de pedestal a los vasos de whisky. No por ello sale a relucir el hecho puro, en una especie de silencio expresivo. Para el homo poeticus, ese ser precario de un día, con su deleznable maleta de palabras y la contabilidad de sus haberes existenciales, en bancarrota perenne, homo caninus en que el asfacto intercambia las especies, que hace el poema como hace un ladrido, la realidad está en su mirada, el hecho ocurre en la mente, el sentido se inscribe en el cuerpo.
?Pero cómo puede haber sentido fuera de las palabras que lo expresan?
¿Será el sentido otra vez esencia platónica, exterior y superior a los cuerpos?
El sentido radical es inexplicable (y ante él, el poeta pedante queda en ridículo) porque es el flujo incesante de la vida, en el que cada instante tiene la precaridad, la preciosidad y la necesidad del Azar. La fe es el amor del azar, saber su exactitud sin falla.
La palabra, y el poema, alcanza el sentido cuando se libera de la lógica finalista, ideal (que presupone esencias imnutables y trascendentales), y el poeta produce en su mente el devenir cósmico, con su gratuidad, su precisión, su infalibilidad, su fe en el absurdo. El lenguaje así liberado, fiel a las mutaciones, re-logiciza la mirada sobre un mundo en el que la vida y la muerte son simultáneas.
La herramienta retórica y filosófica, ya explorada por los griegos, es la paradoja: la opinión contraria a la opinión, la inversión de las relaciones lógicas, la afirmación simultánea de términos contradictorios. La paradoja refleja la multivocidad del devenir. Para alcanzar el sentido fuera de las palabras lleva las palabras al afuera.
Dos paradojas clásicas de Crisipo, maestro estoico, que aparecen salidas de esa historia que en los Aforemas nos resulta más bien la desesperada fantasía de un prisionero urbano, se repiten en Calzadilla, y quizás den un cierto pedigrí irreverente a su existencialismo beckettiano:
Si dices algo, ello pasa por tu boca;
luego, dices carro, entonces un carro
pasa por tu boca.
Si no perdiste una cosa, la tienes;
luego, no perdiste los cuernos, entonces los tienes.
*Prólogo del libro Aforemas
Monte Ávila Editores Latinoamericana
Colección ALTAZOR
Caracas, 2004